La población, lo básico

Juan Ramón Martínez

Hasta los más duros de cabeza, sabemos que el estado –en minúscula– lo constituyen, la población, el gobierno y el territorio. El estado puede existir sin territorio en donde ubique su población y ejerza el imperio de sus instituciones. Sin gobierno; pero nunca sin población. En los tres últimos siglos, por lo menos hasta 1945, los estados se interesaban en preservar y en algunos casos, la expresión de su superioridad era aumentar su territorio e incluso tener colonias. Algunos historiadores ven, en parte, el inicio de la Gran Guerra Europea, después conocida como Primera Guerra Mundial, el afán incumplido de Alemania por tener colonias, en vista que, el imperio Austrohúngaro, había llegado tarde al momento en que, las potencias se distribuyeron el mundo.

Varios años antes, las potencias en ciernes, compraban terrarios (Luisiana y Alaska, por Estados Unidos) o extendían sus fronteras despojando a los indios de los mismos, como fue el caso de Estados Unidos con los indígenas originales; o la apropiación violenta, de la mitad del territorio de México. Pero lo que no se puede pasar por alto, es que lo más importante para la existencia del estado, cuya presencia no puede imaginarse siquiera, es sin población. De allí que, podemos establecer de entrada que sin población el estado es, inexistente. El estado judío, era teóricamente posible para los sionistas, porque había un pueblo judío, esperando el regreso a lo que ellos consideran, “la tierra prometida” por Dios. Sin testigos, documentos o pruebas arqueológicas. Su imaginario, construido con mucha sabiduría, hace de esa población algo singular: la elegida, como favorita por Dios. Con exclusión de cualquiera otra del pasado y, por supuesto, del futuro.

Los estadistas más lúcidos, se interesan entonces, primero por la existencia de los vínculos emocionales entre la población, para después buscar dónde, unificados, establecerse. Israel es un ejemplo. Antes, el argentino Alberti, supo que su país, solo era posible, si poblaba su vasto territorio. Por ello, decía que “gobernar era poblar”. En los casos de los pueblos atrapados en territorios ajenos: los chechenos, los kurdos y los armenios, la lucha de sus estadistas en ciernes, es el logro de la independencia en los territorios donde están instalados, frente a la resistencia de los estados que no quieren desmembrar sus áreas espaciales; ni otorgarles la independencia.
Pero la siguiente cuestión es, el mejoramiento de la calidad de la población, mediante acciones culturales directas –Honduras en el caso de La Mosquitia, en los años cincuenta– la universalidad de los sistemas formativos, y el mejoramiento de la población por medio de la selectiva animación de la inmigración.

En Honduras no conocemos, después de Valle, el más grande estadista que hemos producido, Luis Bográn, Soto y Rosa a ningún político que se haya interesado en la emigración como fuente de enriquecimiento de la población nacional. Tanto Soto como Bográn, con una visión instrumentalizadora; su interés era en sus conocimientos, sus vinculaciones a los mercados, y sus capitales, sin pensar realmente en un mejoramiento de la población nacional. La idea elemental, que hizo que desperdiciáramos el auge bananero, en que los extranjeros llegaron, produjeran y le dejaran al gobierno y a la élite parasitaria, los recursos económicos suficientes para el progreso, sin que ellos hicieran más que intermediar, otorgar concesiones o adquirir algunas participaciones accionarias, olvidando la de aprovechar tales coyunturas, para la formación de una nueva clase empresarial. O, una burguesía nacional, potente e imaginativa. Más bien rechazamos a los extranjeros.

Lo anterior, pudiera parecer una fantasía propia del Bicentenario. Sin embargo, en una mirada a las leyes de migración emitidas por Honduras, se observa la falta de claridad sobre este asunto. Y se resume más bien, evidentes oleadas de racismo. La ley de migración de los veinte del siglo pasado, era discriminatoria. Fascista y por ello racista: no admite los negros, los chinos, los culíes; ni tampoco a los turcos, gitanos y otras minorías europeas. Y cuando los salvadoreños se integraron con nosotros, los expulsamos para darle gusto a los pequeños egoísmos de los cabos cantonales, empobreciéndonos su ausencia. Y, sin que, se hayan reparado los daños inferidos, como lo hicimos forzados, con los alemanes y sus bienes.

Ahora, de cara al inicio del año escolar, el tema es importante. Hay que reflexionar sobre la calidad de la población, vía el mestizaje.