UN reportaje gráfico de La Tribuna muestra la desidia de la ciudadanía hacia las recomendaciones sanitarias formuladas por su propio bien. Para evitar que se contagien de la peste y infecten a otros miembros de la comunidad. Ilustrado con varias fotografías tomadas al azar. Como si se tratase de manadas sueltas en un potrero. La pertinaz negligencia es la causante que tantos triaje como hospitales estén atestados de pacientes. El otro día que obligadamente fuimos a un centro asistencial, pudimos apreciar el hormiguero en las calles. Muchos con mascarillas, siguiendo adecuadamente las medidas de bioseguridad recomendadas. Lo que denota cierto éxito en las campañas de concientización a la población. Sin embargo, la falta de cultura y disciplina –o lo aburrido de cumplir disposiciones por mucho tiempo– impide que sea una práctica universal.
Imposible determinar el nivel de contagio y propensión a contagiar de los boca abiertas sin mascarillas, o de indolentes con el antifaz desprendido, colgando, como adorno, de una oreja, o guindado alrededor del cuello como si fuera bufanda. Cada día que pasa, enfermos llegan a los triajes, no al mínimo signo de los primeros síntomas, sino cuando ya están en las últimas, con la cruz encima. Como decíamos ayer. ¿Qué hacer para crear mayor conciencia en la población sobre la práctica que debe observar en el cuidado propio, de su familia y personas cercanas? Muchos andan en la calle exponiéndose y contagiando, con la jeta pelada. Reacios a cumplir las recomendaciones de bioseguridad. Las más divulgadas: “el uso de mascarilla, el lavado de las manos y demás hábitos de buena higiene y el distanciamiento social”. Desgraciadamente todo ello es una deplorable extensión de las mismas actitudes irreverentes de siempre. De contrariar disposiciones de las autoridades, irrespetar la ley y de convivir a la diabla en anárquico desorden. Más que invertir en paliativos materiales lo que hay que cambiar es conductas equivocadas y actitudes nocivas. Solo a punta de martillar hasta desgastarle la cabeza al clavo. Mediante el patrocinio de campañas masivas de comunicación que eduquen. Que orienten y que compitan con tanta desinformación propagada por las redes sociales. Que hagan mella en los tercos comportamientos colectivos. Si no se tiene la disciplina que experimentan otras naciones que lidian mejor con la peste, hay que recalcar en forma reiterada hasta que los sordos oigan y los ciegos vean. Para revertir esos procederes enrevesados. Esta no solo es vergüenza tercermundista.
No es casualidad que los Estados Unidos sea el país que más contagios y más muertes reporta, consecuencia de la pandemia. ¿A qué obedece esa desgracia en el país más poderoso del mundo, que cuenta con laboratorios científicos, universidades de prestigio, medicina estelar y la tecnología más avanzada del mundo? Obvio. –La narrativa oficial mentirosa– burlándose del uso de mascarillas y desafiando recomendaciones de expertos y de sus propios asesores sanitarios. Las redes sociales han sido instrumentales no solo en propagar falsa información –total desorientación promoviendo curas inservibles y una pilastra de datos para confundir ingenuos e ignorantes– sino en impulsar esa equivocada conducta. ¿Qué hacer ahora? Lo que antes dijimos. Usar racionalmente los escasos recursos disponibles en la efectiva atención al público. Pero sin descuidar el estado de ánimo. Hacer conciencia en la población, para que se proteja. Ello solo se logra a través de la comunicación masiva en los medios convencionales. Las redes sociales sirven para difundir desde información equivocada hasta basura lesiva al bienestar general. Cuando toque el período de la vacunación, el proceso y los operativos requerirán de mucha orientación. Como aquí los empresarios que ponen recursos para estos menesteres son los mismos pocos de siempre –ya que en su inmensa mayoría, atentando contra su interés propio de mantener la economía activa, se hacen los papos– hay que encontrar fuente alternativa de patrocinio. Tampoco se puede contar con las transnacionales que vienen a explotar el mercado nacional porque lastimosamente, muchas de estas compañías operan con mentalidad de enclaves. Cero solidaridad. Ni para que haya clases virtuales en sitios remotos. Ejemplo, una telefónica a la que le dieron billetera electrónica –como si fuera institución del sistema financiero nacional– en compensación, debió brindar el servicio gratuito a nivel nacional al alcance de todos los necesitados. Sin embargo, poco dio a cambio del gran cambalache que le hicieron. No queda de otras que gestionar que bancos internacionales aporten parte de estos recursos. Hasta hoy las multilaterales no han respondido ni con la prontitud ni con la suficiencia debida a la crisis. Así que todavía tienen chance de reivindicarse.