“AJÁ, y qué es lo que quieren esos pícaros”, narra la historia que pregunta el dictador al emisario que envía a indagar los términos demandados por la oposición. “Pues, mire jefe, –responde el mandadero– el cinismo de esos bandidos”. “Dicen –prosigue– que quieren elecciones; pero eso no es toda la desfachatez, es que también dicen que las quieren limpias”. Pareciera, a veces, que nada cambia. Y como nada leen, tampoco aprenden. Ni después de haber vivido el desbarajuste pasado que llevó al país a una crisis postelectoral. Los políticos, en acto de contrición y profundo arrepentimiento, se pumpunearon el pecho. Ofrecieron al desencantado auditorio que algo tan feo, no volvería a suceder. Entonces, después de mucho cabecear, se pusieron de acuerdo en reformas constitucionales para recomponer los cuestionados organismos electorales. La vaina es que, para devolver credibilidad a algo tan maltratado, debe haber voluntad real de entrar a corregir errores como Dios manda.
No basta –decíamos ayer– colocar en la cúpula de esos entes electorales funcionarios con perfiles de mayor calidad e idoneidad. Sin habilitarlos de las herramientas que les permitan darle vuelta de calcetín a lo indeseable. Los recursos necesarios –que no han tenido– para desmontar las viejas estructuras que siguen respondiendo a sus antiguos jefes. Leyes claras y completas –no el limbo entre una vieja y nueva legislación– arreglando, con remiendos, los bultos en el camino. (Ello no es culpa de una sola persona, sino del bulto). Tener conciencia que a los mortales que colocan en esos cargos, por mucho ahínco que pongan, no pueden producir resultados milagrosos con una pandemia encima. Intentar montar una nueva base registral, limpia de toda impureza, en tiempo récord y con enroladores –muchos de ellos activistas impuestos por los diputados que no cumplían ni las mínimas calificaciones– entre otros valladares. U obligar al CNE a cumplir atropelladamente un calendario electoral, peleando anticipos presupuestarios, o implorando que publiquen en La Gaceta el último pedazo de ley aprobada. Que cuando finalmente les devuelven una parte de las instalaciones del Infop deben trabajar con un triaje al lado. O esperando que se echen el trompo a la uña de recurrir, en emergencia, a las cuestionadas compras directas para adquirir insumos. Porque nunca tuvieron tiempo suficiente de ir a licitación. Montar todo un proceso para primarias e internas confiables –tolerando regaños precisamente de los mismos políticos culpables que las cosas no funcionen debidamente– sin haberles dado los fondos para desmontar el sistema subalterno interno repleto de los viejos resabios.
Quizás ese sea el nudo gordiano. Muchos excabecillas de esos entes electorales –unos capaces pero otros malos– ahora son asesores de los movimientos políticos. Así que inducen a que las cosas sigan igual. Que sean como cuando las manejaban ellos. Si lo que querían era repetición de lo mismo ¿para qué se molestaron, entonces, con tanta maroma? Para hacer pantomima hubieran dejado lo mismo que estaba. Cuesta entender el corcoveo. Insistiendo en el TREP, la fuente de toda discordia la vez pasada. Pero peor aún, queriendo obligar a recurrir a la contratación directa, en otras palabras, a la manzana prohibida de las transacciones amañadas. Les ofrecen credenciales con nombre y apellido para asegurar limpieza, evitar trasiego, la venta y compra dolosa de credenciales dadas antes en blanco para hacer jarana en las mesas electorales. Y las rechazan. Se quejan de lo mal que eran las cosas antes, pero quieren repetición de lo mismo. Doblar la ley, con tal que encaje a capricho de cada cliente. Sugerimos la segunda vuelta –no como fórmula divina inmune a las crisis– sino porque esa fórmula novedosa podría despertar aliento fresco de promesa al desgastado sistema político. Como renovada fe de un auditorio desencantado, incrédulo y hasta indignado que habrá alternancia en el ejercicio del poder. También como justa aspiración –ahora que hay tantos partidos– que la nación saldrá fortalecida de la consulta comicial, dando sentido real a las alianzas, con un gobierno fuerte, respaldado por una mayoría contundente de los hondureños y con mayor solvencia para conjuntarlo. Pero no. No hubo forma de convencer a la herrumbrosa mentalidad política sobre el peligroso nivel de irritación contra la partidocracia. De los sectores jóvenes, antisistema que deciden la elección. Porque no ven nada que cautive, o anime esperanza ni nada que indique genuino compromiso de cambiar el statu quo. Corríjanse. Los partidos han sido hasta ahora factor útil de continuidad democrática. Sin embargo, allá afuera hay una afición desilusionada. Harta de estancamiento y retrocesos. Proclive –a altos abstencionismos– a ser arrastrada por liderazgos populistas, “outsiders” y aventureros. El sistema de partidos se ha desmoronado en todos lados. Esta podría ser la última coyuntura política de los partidos. Y el proceso electoral la única pequeña hendidura que le queda a Honduras, como esperanza de cambio, para salir de la crisis.