Por: Segisfredo Infante
No tengo la menor idea cómo surgieron las primeras aproximaciones entre la poeta Maya Islas y nosotros. Apenas recuerdo que ella, desde Nueva York, comenzó a escribirme y a enviarme una pequeña revista llamada “Cuadernos y Papel”, creo que en los primeros años de la década del ochenta del siglo pasado. Me parece que al comienzo la revista era de cuatro páginas engrapadas, con papel bond coloreado de tamaño carta, en donde se publicaban poemas de autores cubanos instalados en Nueva York, y quizás de otros autores. Tengo la impresión que con sus obras literarias aquellos jóvenes pretendían diferenciarse de los cubanos de Miami, y asimismo de los cubanos de La Habana. Sus poemas, que a veces colindaban con lo místico, se alejaban, en ciento ochenta grados, de cualquier controversia ideológica. Ahí me enteré que se trataba de personas humanas sin apodos “políticos” de coyuntura.
Maya Islas me invitó, vía correo normal, a que le enviara algunos poemitas míos, de juventud incierta, y meses más tarde se los envié. Me dijo que le gustaban mucho; y luego publicó algunos en la mencionada revista. Después comenzaron a llegar poemarios de distintos autores del grupo neoyorkino aludido. Creo que algunos de esos textos fueron reproducidos en el “Boletín Literario-Informativo 18-Conejo”. Habría que revisar las hemerotecas y los archivos, en caso que subsistan ejemplares.
También a comienzos de la década del ochenta llegaron a mis manos los primeros números de la “Revista Andrómeda”, de un grupo de poetas, narradores y promotores de arte, de San José, Costa Rica. Debo imaginar que aquello ocurrió por iniciativa de Oscar Soriano, José Luis Quesada y Fausto Maradiaga, quienes, en aquellos años, estaban estudiando por allá. Creo haber publicado un artículo en diario “El Cronista” anunciando la llegada de la “Revista Andrómeda”, dirigida por Alfonso Peña, con el auxilio de Rodolfo Cerdeño. Alfonso me solicitó que le enviara algún ensayo para publicarlo casi inmediatamente. Le hice llegar uno, sobre una novela de Augusto Roa Bastos, bajo el título preliminar de “Historia Literaria de un Perpetuo”. Me parece que los amigos costarricenses me publicaron otro ensayo de contenido literario. Igualmente, habría que revisar la colección subsistente de “Andrómeda” que espontáneamente le obsequié a un colega. Recuerdo, además, que en una visita a la ciudad de San José (en el año 1992), Alfonso Peña me entregó una antología de narradores que al volver a Tegucigalpa puse en manos de Roberto Castillo, en tanto que en la misma habían incluido uno de sus textos narrativos. Recuerdo que Roberto se puso muy contento.
Volviendo a Maya Islas: Se trata de un nombre brahmánico y budista que es sinónimo de “Ilusión” o “Irrealidad”. Pero “Maya” también pertenece al panteón greco-romano como diosa de la primavera. Los significados de esta palabra son múltiples según la perspectiva de cada cultura, hasta llegar a los mayas mesoamericanos. O tal vez empalme con el nombre de la madre del príncipe Siddhartha o Gautama (convertido en Buda), que también se llamaba Maya, seis siglos antes de la era occidental. La vida de Siddhartha se mueve entre la leyenda oral, la ficción y la historia. Según Jorge Luis Borges el budismo zen japonés niega la historicidad de Gautama en tanto que para los seguidores de esta tendencia religiosa, lo más importante es la “Doctrina”.
Desde mi ángulo personal es preferible el budismo tibetano, siempre y cuando sus monjes sean coherentes con la tolerancia que predican, pues tengo comprendido que en una zona fronteriza o imprecisa de la India, algunos budistas han perseguido a los cristianos misioneros que se han cruzado por ahí; o que se han instalado por aquellas lejanas tierras. Habría que comprobar estas versiones “inverosímiles” que han circulado desde hace varios años, en detrimento de la imagen de una religión pacífica, que admite la coexistencia con otros credos diferenciados.
En este punto cabe destacar la novela “Siddhartha” de Hermann Hesse. Una obra con desenvoltura estilística y cierta respiración metafísica. Más bien se trata de una novela contemporánea con ingredientes hinduistas y budistas, en una trama en que se presentan diversas perspectivas de un mismo personaje, el cual ha aprendido a pensar, a rezar y a esperar, en una época en que el novelista se mueve entre las circunstancias desesperantes de una Europa convulsionada.
Quizás nunca sepamos la razón misteriosa del nombre de la poeta neoyorkina Maya Islas. Pues desconocemos incluso el paradero de su grupo de escritores. Perdimos el contacto postal desde hace treinta años, más o menos. Lo mismo ha ocurrido con el buen amigo Alfonso Peña, a quien estreché sus manos en 1992, y desde entonces he extraviado el contacto. Pienso que por aquellos tiempos se multiplicaron mis actividades administrativas en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, y que delegué a otra persona la recepción y el despacho de la correspondencia mensual.