CONTAGIOS, PROSELITISMO Y CAMPAÑAS

EL CONTAGIO Y LAS ALARMAS

HASTA donde se palpa en el ambiente, las clases presenciales tanto en colegios como en universidades, van a tener que esperar. Los contagios no se detienen provocando congestión en centros de triaje y hospitales. La aglomeración adicional de personas solo complicaría la propagación de la peste. Muchos países con rebrotes inmanejables han tenido que regresar a los confinamientos. Sigue el sistema educativo dependiendo de la virtualidad. Solo que CONATEL nunca pudo facilitar los servicios de conexión en lugares remotos. Una telefónica a la que le dieron billetera electrónica –como si fuera institución del sistema financiero nacional– en compensación, debió brindar el servicio gratuito a nivel nacional al alcance de todos los necesitados. Sin embargo, poco dio a cambio del gran cambalache que le hicieron. A medio palo quedó la prestación de esos servicios de transmisión en escuelas alejadas y colegios de la ruralidad.

En la medida que aprenden de la experiencia y se readaptan a la nueva realidad, los centros privados de enseñanza han mejorado sus portales digitales, como sus sistemas de impartición de clases a los estudiantes. Pero –como nunca hubo mediación de autoridad competente– jamás dieron descuentos de colegiatura, o rebaja por servicios que ya no prestan o facilidad de pagos a los padres de familia. No debería cobrarse el mismo precio por clases impartidas en las instalaciones físicas, con profesores de carne y hueso, en el ambiente escolar regular, que aquello transmitido en forma virtual desde portales tecnológicos, haciendo uso de aparatos digitales y computadoras. El otro día que obligadamente fuimos a un centro asistencial, pudimos apreciar el hormiguero en las calles. Muchos con mascarillas, siguiendo adecuadamente las medidas de bioseguridad recomendadas. Lo que denota cierto éxito en las campañas de concientización a la población. Sin embargo, la falta de cultura y disciplina –o lo aburrido de cumplir disposiciones por mucho tiempo– impide que sea una práctica universal. Imposible determinar el nivel de contagio y propensión a contagiar de los boca abierta sin mascarillas, o de indolentes con el antifaz desprendido, colgando, como adorno, de una oreja, o alrededor del cuello como si fuera bufanda. Las campañas políticas vinieron a agregar otro factor de riesgo a la infestación. Arrancó el proselitismo y los movimientos políticos de los tres partidos que van a elecciones primarias e internas, recurren a la práctica tradicional de medir fuerza acorde con el bulto que llega a sus mítines políticos.

Las concentraciones de inicio de campaña son indicación de lo que se puede esperar de ahora en adelante. Sí, muchos de los concurrentes con sus mascarillas puestas, otros destapados, aparte de las inevitables aglomeraciones. Como llaman a la gente que acuda a las plazas públicas, los organizadores no arreglan los espacios para evitar el contagio de sus simpatizantes. Es decir, con sillas separadas a distancia prudencial en acatamiento de las medidas de bioseguridad. Ayuda que sean al aire libre. Pero siempre queda el riesgo de contacto entre correligionarios y mirones. Pero como el aluvión político es imparable, hay que buscar maneras de amortiguar los riesgos. Seguir lidiando con la pandemia, con las herramientas disponibles, mientras no lleguen las vacunas encargadas por la lenta burocracia internacional de la OMS, OPS, Covax, Gavi, (un puño de siglas para que se las memoricen). Desde ya deben ir preparando la estrategia de comunicación con la ciudadanía, para la vacunación masiva. ¿Ya gestionaron con las multilaterales financieras que suelten los recursos para financiar parte de ese tipo de campañas informativas y educativas que ocupa el país?