CON todo el santo interés que este proceso electoral funcione, ya que no hay ninguna otra ventana de salida –para la alternancia y la esperanza de cambio– a la crisis. Cuesta entender la contumaz ignorancia de la clase política de las nuevas realidades. Como estatuas de sal por ver hacia atrás cuando les recomendaron que el futuro es adelante, no al revés. La que –con la indignación que sus conductas pasadas provocan en una buena parte del imaginario colectivo– debiese ser la primera interesada en cuidar, como si se tratase de un delicado cristal, que no se rompa esta frágil coyuntura política. Esta podría ser la última oportunidad que tienen los partidos de reivindicación con un público escéptico respecto a su utilidad en la solución de los terribles problemas que golpean la sociedad. Triste reconocer lo anterior, cuando los partidos han sido factor consustancial de la continuidad democrática. Hoy los nuevos electores, la multitud de jóvenes, de indecisos, de inodoros e incoloros que deciden las elecciones, dan nota negativa a la partidocracia.
Es suicida no asimilar estos altos niveles de desencanto. Sin ir muy lejos. La abstención en las últimas elecciones guatemaltecas alcanzó índices del 62%. No hay gobierno fuerte ni efectivo con tan poco respaldo de la opinión pública. Bien podría ser que la incultura política no perciba el peligro. Como poco leen y nada estudian, pasan por alto la enorme cantidad de países en la región donde el sistema de partidos sencillamente se desintegró. De la noche a la mañana desaparecieron, reemplazados por liderazgos populistas, antisistema y aventureros. Aquí, la crisis electoral pasada casi lleva al despeñadero. Era urgente insuflar confianza en la ciudadanía que esta próxima vez el proceso no sería repetición de lo mismo sino algo de mayor credibilidad. Ese fue el afán –por la vía de reformas constitucionales– de reestructurar organismos electorales. Para de allí remozar el sistema electoral haciéndolo más confiable. Pero no basta colocar en la cúpula de esos entes electorales funcionarios con perfiles de mayor calidad e idoneidad. Sin habilitarlos de las herramientas que les permitan darle vuelta de calcetín a lo indeseable. Los recursos necesarios –que no han tenido– para desmontar las viejas estructuras que siguen respondiendo a sus antiguos jefes. Leyes claras y completas –no el limbo entre una vieja y nueva legislación– arreglando, con remiendos, los bultos en el camino. (Ello no es culpa de una sola persona, sino del bulto).
Tener conciencia que a los mortales que colocan en esos cargos, por mucho ahínco que pongan, no pueden producir resultados milagrosos con una pandemia encima. Intentar montar una nueva base registral, limpia de toda impureza, en tiempo récord y con enroladores –muchos de ellos activistas impuestos por los diputados que no cumplían ni las mínimas calificaciones–entre otros valladares. U obligar al CNE a cumplir atropelladamente un calendario electoral, peleando anticipos presupuestarios, o implorando que publiquen en La Gaceta el último pedazo de ley aprobada. Que cuando finalmente les devuelven una parte de las instalaciones del Infop deben trabajar con un triaje al lado. O esperando que se echen el trompo a la uña de recurrir, en emergencia, a las cuestionadas compras directas para adquirir insumos. Porque nunca tuvieron tiempo suficiente de ir a licitación. Montar todo un proceso para primarias e internas confiables –tolerando regaños precisamente de los mismos políticos culpables que las cosas no funcionen debidamente– sin haberles dado los fondos para desmontar el sistema subalterno interno repleto de los viejos resabios. Ejemplo. Metidos a que haya TREP –por contratación directa a empresas descalificadas que cobran una millonada por colocar sus aparatos transmisores– que lejos de producir datos seguros, la última vez que hubo, ocurrió el desparpajo. Porque no hay forma de colocar escáneres en todas partes, ni llamadas que no puedan ser intervenidas, ni sistemas electrónicos que no sean susceptibles de jaqueo o de manipulación. Todo es montaje inútil, para tener una tendencia mentirosa a la hora que cierra la urna. Y los que no salgan favorecidos aleguen que les hicieron fraude. Si en todos lados que operan esas máquinas de algoritmos manipulables, han tenido que ir al sistema más fiable. Con papeletas contadas y recontadas. Certificadas. Transmitidos los resultados en el tiempo prudencial que permita no confundir o desorientar al público. De allí que no son necias las preguntas: ¿Cuál es el hambre con esos contratos directos? Vayan a indagar ¿quiénes manejan esas empresas? ¿Ya averiguaron qué hay detrás de esos arreglos y a quiénes subcontratan? ¿Cuáles “call centers” quieren utilizar? Aquí, el tufo se percibe a leguas, pareciera no hay manera de desenraizar las mañas del pasado. Corríjanse. No echen a perder el único rayito de luz que alumbra la fe que Honduras saldrá airosa de su trance.