YA ven que en todos lados –hasta las potencias mundiales– están dando prioridad a la producción interna y al consumo de lo propio. Biden acaba de firmar un decreto que da prioridad a las empresas y productos estadounidenses en los contratos con el gobierno federal. A manera de revitalizar disposiciones ya en existencia. Ello es un relanzamiento de “Buy America Act”, una Ley de Compra de Productos Estadounidenses de 1933 todavía en vigor. La ley vigente “requiere que las agencias federales den prioridad a la compra de bienes producidos en suelo estadounidense, pero existen numerosas excepciones y oportunidades de exención, como denuncian desde hace tiempo pequeñas y medianas empresas”. Su orden ejecutiva rotulada bajo el sello “Made in America”, busca cerrar esas escapatorias a la regulación y cortar las exoneraciones.
Una noticia como esta –objeto de emulación en estos pintorescos paisajes acabados– y de la mayor divulgación en la prensa para que sea del conocimiento del público en general, siquiera para despabilar a la amable afición, sobre lo que hacen otros países mientras aquí seguimos a la zaga, apareció en este rotativo allá escondida en las páginas internacionales; cuando una redacción más despierta hubiese considerado colocarla como noticia de portada. Así que aquí en esta columna de opinión vamos a dar más espacio a la necedad: “prefiera y consuma lo hecho en casa”. Aprovechando la reculada aislacionista de la pasada administración, –y su guerra comercial– a finales del año pasado los países asiáticos se aglomeraron en un solo bloque para proteger sus propias capacidades productivas. Suscribieron un megatratado, conocido como RCEP, (siglas en inglés de Regional Comprehensive Economic Partnership), o Alianza Integradora Económica Regional. Es un acuerdo de libre comercio que integra a los diez miembros de la Asociación de Países del Sudeste Asiático (Asean), además de China, Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelandia. Los miembros suman un tercio de la población mundial –2,200 millones de personas– y representan en conjunto el 29% del PIB del planeta. Aquí, presumiblemente, por publicaciones en este mismo espacio editorial, por fin este año –a instancias del Ejecutivo– incorporaron a las disposiciones generales del presupuesto una disposición que nunca se supo por qué razones poderosas, habían quitado. Obligando al sector público, en sus compras –en vez de arrebiatarse mercando en el exterior cosas que aquí se consiguen– privilegiar la producción nacional.
Solo que la disposición no ha tenido mayor divulgación y varias oficinas continúan en su vieja práctica de buscar proveedores extranjeros en detrimento de los nacionales. Seguiremos machacando. Como decíamos ayer: A preferir lo hecho en el país. A estimular la producción nacional. Con miras a cuidar del empleo local, de proteger la industria doméstica, por encima de favorecer empresas extranjeras que emplean trabajadores de sus propios países. Para evitar la fuga de divisas en compras innecesarias al exterior, cuando hay oferta de esos mismos servicios y artículos localmente. Para reducir los abultados déficits comerciales que el país tiene tanto con la región como por las compras que realiza a otros suplidores del mundo. La idea era que las importaciones fueran insumos, esencialidades, materia prima inexistente en el mercado local. Para abastecer la demanda lugareña. Pero no debía comprarse afuera aquello que el mercado casero abastece. Como una muestra de confianza en lo hondureño. De aprecio por el esfuerzo de hondureños. Como demostración de autoestima. Aunque ese disminuido patriótico proceder también lo hay en el sector privado. Un abuso de las franquicias que solo debiesen darse a la importación de lo esencial. Muchos empresarios, en vez de ser solidarios con sus colegas nacionales, prefieren comprar afuera y meter dispensado los artículos. O por centavos que se economizan, mandan a comprar a la vecindad. Sucede que muchas transnacionales aquí solo tienen tiendas y sucursales para explotar el mercado local. Para venderle a los consumidores. Pero todo lo que ocupan para operar lo mandan de sus matrices en otro lado. País más dejado. Un sistema que no protege lo hecho con sudor propio ni sus haberes. Ni obliga a aquellas transnacionales a las que les abre las puertas para comerciar aquí, que en vez de actuar como enclaves, tengan una conducta de asimilación al país y de mayor compromiso a la sociedad. Si esta desgracia por la que se pasa, donde hay cientos de miles de hondureños en la calle, no obliga a arreglar este sistema pando y carcomido, ya no habrá nada peor que logre activar la creatividad.