Se fue

Por: Edmundo Orellana

Y con él se alejó de la presidencia de Estados Unidos, el lenguaje vulgar, la retórica racista, el odio bilioso hacia el latino, la amenaza al medio ambiente y el miedo de que un exabrupto provoque una tragedia nuclear.

«Una posible reelección de Trump sería una crisis final, terminal, que puede tener consecuencias muy serias”, advirtió Chomsky. Se fue, pero ahora toca lidiar con su siniestro legado.

Dividió la sociedad estadounidense, atizando los prejuicios y supersticiones de la “América profunda” y los delirios de la “supremacía blanca”, lo que pretendió institucionalizar mediante una radical revisión del sistema educativo, inspirado en el famoso informe 1776, que publicó antes de su partida, y, a su vez, activó un proceso de degradación de las instituciones democráticas y del Estado de Derecho, que se acentuó peligrosamente, a última hora, con su reiterada negativa de aceptar la derrota, lo que ya había denunciado Chomsky cuando dijo que «en ausencia de una victoria de Trump muy clara, hay riesgos inminentes de guerra civil”. Circunstancias que, seguramente, provocaron que el general Mark Milley, el presidente del Estado Mayor Conjunto, dijera con firmeza: «No hacemos un juramento a un rey o a una reina, a un tirano o a un dictador. No hacemos un juramento a un individuo»; «hicimos un juramento a la Constitución», aclaró, y añadió que cada miembro del servicio «protegerá y defenderá ese documento sin importar el precio personal».

El asalto al Capitolio por turbas animadas por la encendida retórica retorcida de Trump y la sospecha de que ese día estaba en proceso un golpe de Estado con el apoyo de importantes figuras estratégicamente ubicadas en instituciones claves, provocaron que se tomasen medidas extremas para proteger la toma de posesión de Biden, por temor a un atentado terrorista, principalmente, de la extrema derecha gringa, cuyo apoyo motivó a Trump para, en actitud desafiante, amenazar con volver “de alguna manera”.

Que a la derrota de Trump, por el vicepresidente de Obama, se sumara la investidura como vicepresidenta de Estados Unidos una hija de inmigrantes, negra y sudasiática, poco tiempo después de la presidencia de un negro, es una afrenta inaceptable para la extrema derecha y, especialmente, para los supremacistas blancos, a los que tocará observar furiosos cómo Biden, durante su primer período, andará “enderezando tuertos y desfaciendo agravios”, legado de su trastornado líder en sus cuatro años de presidencia.

Los hondureños resentimos varias cosas de Trump; la MACCIH no se habría expulsado sin el consentimiento de su gobierno. Fue, pues, factor importante de la conspiración de las redes de corrupción para convertir a Honduras en el paraíso de la impunidad.

Muchos abrigan la esperanza de que con Biden las cosas cambiarán en nuestro país. No soy tan optimista. De sus promesas, la reforma migratoria favorecerá, con efectos muy positivos en nuestro país, a nuestros hermanos en espera de resolver su situación migratoria en Estados Unidos, pero las que se refieren a la lucha contra la corrupción en el Triángulo Norte de Centroamérica, particularmente en Honduras, dudo, por la expulsión de la MACCIH, que venzan la resistencia de las instituciones nacionales encargadas de perseguir y castigar a los corruptos, sometidas al férreo control del gobernante, y que penetren la coraza con la que blindaron la corrupción las leyes emitidas y los precedentes contenidos en las sentencias judiciales proferidas por nuestros tribunales a favor de los corruptos. De revocar visas no pasará esa iniciativa de Biden.

Por otra parte, no ignoremos que en Washington mucho se logra mediante el lobby, medio al que, supuestamente, recurre el gobierno frecuentemente y con éxito. La expulsión de la MACCIH es un ejemplo. Otro obstáculo que habrá de superar la iniciativa Biden.

No todo está perdido. Las pretensiones continuistas podrían encontrar un nuevo obstáculo en la administración Biden si toma en serio los señalamientos de la justicia gringa en contra de JOH, siendo que no se trata de simple corrupción sino de narcotráfico, en cuyo caso ningún esfuerzo lobista washingtoniano tendría éxito. Es muy probable, entonces, que Biden no apoye esas pretensiones, al menos en la persona del gobernante.

En todo caso, persistirá el problema medular en las relaciones Honduras-Estados Unidos durante este último año de gobierno. Difícilmente, los señalamientos contra el gobernante y altos funcionarios del gobierno serán ignorados en esta relación, porque para la justicia gringa el gobierno hondureño es enemigo del suyo por lo que ha trascendido en los juicios contra los capos del narcotráfico.

Para que no se siga manchando la imagen del país y la ignominia no cubra nuestras relaciones internacionales, urge la renuncia del gobernante. Animémoslo para que le haga compañía a Trump, diciéndole: ¡BASTA YA!

Y usted, distinguido lector, ¿ya se decidió por el ¡BASTA YA!?

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