LOS rebrotes pandémicos recientes, en distintos países del continente europeo y del continente americano obedecen, principalmente, a la desinformación caudalosa que circula en las redes sociales, y al drástico desnivel cultural de las personas en estas últimas décadas, por causa de unos sistemas educativos y “operativos” que les dan preferencia a las tecnologías volátiles de cada momento, en desmedro de las ciencias humanas. Las famosas “Fake News”, que son mentiras exageradas presentadas como si fuesen verdades, en vez de disminuir tienden a crecer, porque para la gente de diversos estratos sociales es más fácil creer en la simplificación y vulgarización de las cosas, que buscar la verdad profunda, como era lo usual, tal vez, en la segunda mitad del siglo pasado.
No se trata de los “universos paralelos” de los cuales hablan algunos teóricos de la ciencia contemporánea. Sino de un universo entrelazado ahora, y aquí mismo, entre nosotros, con personas de carne y hueso, que se dejan arrastrar por las desinformaciones diarias que circulan en algunas redes sociales, y que no exhiben ningún interés por indagar la realidad de las cosas. Lo primero que hicieron circular el año pasado es que el nuevo virus era “inexistente”, de tal suerte que no había que prestarles la más mínima atención a las recomendaciones de los médicos y expertos en virología. Simultáneamente a lo anterior, circuló en las redes una desinformación exagerando la enfermedad, con múltiples sugerencias para tratarla y neutralizarla. Además de los dos fenómenos señalados, creció el contingente de personas que evitaba las precauciones de distanciamiento físico y las medidas de bioseguridad, por el simple afán de llevar la contraria.
Con las reaperturas económicas en los meses próximos a la temporada de Navidad (y en la Navidad misma), la gente imaginó que por arte de magia el virus había sido controlado y en consecuencia había desaparecido. Los hondureños, los europeos y los estadounidenses, se descuidaron del todo. Salieron a las calles sin mascarillas como si nada hubiese ocurrido o estuviese por ocurrir. Con el agravante que en el caso de Honduras los dos huracanes continuos durante el mes de noviembre del 2020, condujeron a miles de personas a los albergues en la capital del país, pero, sobre todo, en San Pedro Sula. De modo que las medidas de bioseguridad fueron estropeadas, masivamente, por dos fenómenos naturales ajenos a la voluntad humana, con los contagios exponenciales de los cuales estamos hablando.
Pero los dos huracanes no exoneran de responsabilidad, en ningún instante, a los que colocaron y siguen colocando las “Fake News” en las redes sociales, que han conducido a la muerte a decenas de miles de personas que jamás aceptaron la existencia y la peligrosidad del coronavirus. Todo por llevarle la contraria a las informaciones auténticas, a las personas juiciosas o a los gobernantes de turno en cada país.
Debieran comprender que no se trata de simpatías o antipatías políticas, sino de verdades científicas a partir de las cuales se desprende un destino de vida o muerte en los conglomerados sociales. Muchos inconscientes e irresponsables han preferido, con las reaperturas, ir a bailar a las discotecas; a beber a los expendios de aguardiente; viajar para todas partes sin ninguna precaución; organizar cumpleaños y toda clase de francachelas a deshoras de la noche, en donde se contagian los unos y los otros.
En el mundo paralelo de falsas noticias e “informaciones” en el cual habitamos, es normal que las distorsiones y las grandes mentiras se presenten como verdades. Y que los hechos fidedignos se exhiban como mentiras, encegueciendo las miradas de personas inocentes de diversos estratos sociales. Algún día, con el discurrir de los años, la gente se dará cuenta de esas distorsiones, y volveremos a una auténtica normalidad.