Por: Carolina Alduvín
Este 20 de enero finaliza en los Estados Unidos, el controversial mandato de Trump y comienza un nuevo período para el Partido Demócrata, justo después de que su sistema democrático pasara de panzazo una dura prueba, al enfrentar a una turba armada dispuesta a todo con tal de impedir la ratificación de la voluntad popular, expresada en las urnas. La mayoría de los cambios generan grandes esperanzas, lo que es positivo; sin embargo, cabe preguntarnos hasta qué punto los cambios, de hecho, son tales, y no solo un discurso para concitar ilusiones y obtener los ansiados votos para permanecer en, o acceder al poder. La misma toma de posesión es atípica, dado el enorme despliegue de fuerzas del orden en la capital del país.
El nuevo presidente asume aun dentro del marco de la pandemia y sus efectos económicos, lo acompaña un Congreso que afortunadamente controla, aunque con un margen muy estrecho y que, luego de las escenas de hace un par de semanas, tendrá que repartir sus primeras jornadas entre las audiencias de ratificación del gabinete presidencial y el juicio político a quien arengara el asalto a sus instalaciones, transmitido en vivo y en directo a todo el mundo. Es lógico pensar que los primeros asuntos que atenderá, son los relacionados con el bienestar inmediato de su propia población, como los estímulos económicos y una vacunación masiva que tiende al caos.
La salida del racista, misógino y políticamente torpe inquilino de la Casa Blanca, hace pensar a muchos que, la política hacia nuestros países cambiará de la noche a la mañana, el nuevo mandatario hizo esas promesas, son las que han funcionado en otras campañas, dada la composición de la base de votantes de su partido relativamente progresista, y aún con la experiencia de no haber sido atendidas prioritariamente por la anterior administración demócrata, de la que el caballero fue segundo al mando, ni los hondureños de aquí, ni los de allá dejan de soñar que mágicamente las puertas del paraíso se abrirán a su paso. En el mejor de los casos, cuando llegue el momento, apenas se aliviará la presión sobre quienes ya cruzaron el Río Bravo.
Tampoco la ayuda fluirá a borbotones como ocurrió en tiempos del Mitch, no solo porque allá tienen sus propios problemas, sino por la desbordada corrupción que impera en nuestros gobiernos, misma que no necesita ser probada en tribunales para que se retengan los desembolsos, tal como ha sucedido desde hace varios años; mucho menos, somos elegibles para nuevas asignaciones. Apenas un rayo de esperanza en las declaraciones de la única congresista nacida en Centroamérica, quien señala que, de conseguirse recursos, no se canalizarán a través de los gobiernos, habrá que encontrar mecanismos para que lleguen a los verdaderos necesitados, no en forma de dádiva, sino en programas de creación de empleos u otras formas de ingreso, en forma conjunta con los recursos propios de cada país.
Las redes sociales reflejan otro entusiasmo, dado que nuestros tribunales se parcializan a la hora de impartir justicia, los ilusos locales también creen que, con el cambio de otro gobierno, los corruptos del patio terminarán en las jaulas de la urbe de hierro; aunque así fuera, eso no cambiará la mentalidad de quienes esperan que todo caiga del cielo y, por ende, la situación económica y social imperante. Los expertos afirman que la política exterior de los Estados Unidos no la marca el presidente, sino que está ya trazada, independientemente del partido en el poder, que quienes monitorean el pulso en estos países son funcionarios de tercera categoría, con poco acceso al de mayor rango. Por cierto, seguimos sin que se nombre a un embajador.
Las caravanas de migrantes, cuyas dolorosas escenas se agravan con cada nueva edición, parecen servir únicamente de festín para la amarillista prensa que padecemos, imponen presión ya no solo sobre México, en cuyas ciudades fronterizas se viven dramas de separación, esperanza y explotación de la misma. Ahora el tercer país seguro es Guatemala y se está tomando en serio su papel, aun sin estar preparada para la presión que se ha puesto sobre sus recursos. Seguramente nos estaremos librando de los discursos de odio y de las amenazas del palurdo que gobernó el país del norte, pero el temor y la desconfianza seguirá ahí, mientras que las amenazas se verán cumplidas de una u otra forma. Lo que nos queda entonces es seguir trabajando para mejorar las condiciones de nuestros conciudadanos y organizarnos para tal fin.