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Cnel. (R) FAH
Francisco Zepeda Andino
El concepto “república bananera” no es solo la impresión de una nación cuyo principal rubro de exportación son los bananos. Va más allá. Es la expresión de pretendida superioridad moral, educativa, racial y alto contenido religioso derivada de la “doctrina del destino manifiesto”, aparecida en los Estados Unidos de América formalmente en el artículo “Anexión” del periodista John L. Sullivan, revista “Democratic Review” de Nueva York, julio-agosto, 1845. Sullivan aseguraba: “El cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la providencia, para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno”.
William M. Weeks, historiador, hace evidente tres temas que utilizan seguidores de la errónea concepción norteamericana como base de su idea cuando afirma: “1. La virtud de las instituciones y los ciudadanos de Estados Unidos. 2. La misión para extender estas instituciones, rehaciendo el mundo a imagen de los EE UU. 3. La decisión de Dios de encomendar a los EE UU la consecución de esa misión”.
En 1912, el presidente estadounidense William Taft aseguraba: “El hemisferio, todo nos pertenecerá, como de hecho, ya nos pertenece moralmente por la virtud de la superioridad de nuestra raza”.
Como podrá apreciarse, esas ideas de superioridad y hasta mandatos de Dios parecen todavía predominar en diferentes sectores.
Para hacer efectivo ese pretendido dictado divino, se recurre al uso de fuerza militar. Son innumerables las ocasiones donde por diferentes razones o excusas, Estados Unidos interviene militarmente alrededor del mundo. Considero innecesario hacer un recuento de las múltiples ocasiones de acciones militares norteamericanas en América Latina u otras áreas.
Derivado del ambiente imperante en los EE UU y consecuencia del “destino manifiesto”, el filibustero William Walker llega a Nicaragua en 1855 donde, con la complicidad de políticos locales, se proclama presidente. La intención evidente de los filibusteros era conquistar toda Centroamérica y convertirla en una extensión del sur esclavista norteamericano.
A principios del siglo XX, compañías norteamericanas se expanden en la costa norte hondureña sobresaliendo la United Fruit Company y la Standard Fruit. La inestabilidad política local es aprovechada por esas empresas para incrementar su influencia usando recursos económicos, apoyando revueltas civiles para quitar o poner dirigentes adeptos a sus ambiciones. Pero partiendo de la huelga de trabajadores, 1954, empieza una progresiva decadencia de los monopolios bananeros que tiene su último capítulo en abril, 1975, cuando el jefe de Estado hondureño Oswaldo López Arellano es destituido por las Fuerzas Armadas debido a su involucramiento en el escándalo conocido acá como “Bananagate”. El nuevo pensamiento nacional reflejado en el Consejo Superior de las Fuerzas Armadas, hace posible la derogación de las concesiones bananeras mediante Decreto Ley # 253, agosto 1975, algo considerado impensable.
No comparte la reacción de algunos compatriotas que se muestran complacidos, aplauden y hasta defienden cuando somos denigrados por personajes extranjeros razonando que con la diatriba foránea se debilita el gobierno nacional. El hondureño es haragán, negligente, ignorante, taimado, irresponsable, son algunas de las falacias manifestadas. Por lo general, se trata de apologizar lo negativo como si fuese una condición extensa, generalizada y propia solo en Honduras. Los migrantes hondureños, aportando un porcentaje significado del ingreso de divisas, han recibido los efectos negativos de la descalificación generada a veces por nosotros mismos. Un escritor suramericano aseguró en una ocasión que la estatua del General Francisco Morazán ubicada en el Parque Central de Tegucigalpa, era la del francés Mariscal Ney, sin la menor prueba fehaciente de ello y eso es solo un ejemplo de situaciones similares.
La autoflagelación social humillante, propia de otras culturas, a la cual nos sometemos, reduce autoestima, identidad nacional, patriotismo y afectos por la tierra natal. Si alguna acción emprendida tiene éxito, los negativistas aseguran que sucedió o se llevó a cabo por orden de la Embajada Americana o el Departamento de Estado. No se le concede al hondureño la mínima capacidad o iniciativa para resolver sus problemas. Ese enanismo mental nacional no hace nada más que perdurar la idea de “república bananera”.
La historia le demuestra a cualquier ciudadano primermundista u hondureño resentido que conflictos electorales, violencia política, corrupción y desigualdades no son exclusivas del sur global.
Al expresidente Bush le recomendamos que cuando tire piedras a su vecino, se asegure que su techo no sea de vidrio.