Amigos

Por: Edmundo Orellana

Recibimos de nuestros padres la guía que nos sirve para encontrar nuestro sendero en la vida y nosotros hacemos lo propio con nuestros hijos. Somos, en gran parte, producto de nuestras familias.

También lo somos de nuestros amigos. A quienes seleccionamos no por accidente ni por instinto, sino por un proceso, estrictamente, racional. Si dos personas no se comprenden entre sí, difícilmente serán amigas. Para serlo, se requiere una compatibilidad que va más allá de las condiciones materiales que los aproximan. Quienes se saben compatibles pueden decir con solvencia que han experimentado la amistad, según Montaigne, “el último extremo de la perfección en las relaciones que ligan a los humanos”.

Los amigos surgen de las circunstancias, no de la sangre. El estudio, el trabajo, la política y ambientes similares son propicios para la amistad, que surge cuando la relación se vuelve cercana e imprescindible, y trasciende, elevándose por sobre las circunstancias y permaneciendo inalterable en el tiempo.

En la amistad se desvela lo que fuera de ella es elusivo e invisible. Al amparo de la confianza -como si se hablase consigo mismo, según Cicerón- se comparten convicciones, prejuicios y supersticiones sin pretender imponerlas, y nada se exige ni se condiciona, en respeto a quien tributa su amistad; todo en un plano de reciprocidad y de igualdad. No se pretende cambiar al amigo, se acepta tal cual es, sin juzgarlo.

“Oh, amigos míos, no hay ningún amigo”, frase atribuida a Aristóteles, evocada por Montaigne y con la que abriera Derrida cada sesión en el curso del año académico 1988-1989, parece dicha, siguiendo a Derrida, por quien, desconociendo la «amistad reina y señora» (sabía de esta amistad por experiencia propia el gran filósofo porque su amigo Miterrand, en 1981, logró salvarlo de años de cárcel en la Checoslovaquia de entonces, por una injusta acusación de tráfico de drogas) está atrapado en la “amistad vulgar, ordinaria o ligera”, de grado muy inferior, a la que aludía Cicerón, por lo que decide renunciar a sus amigos. Los amigos no abundan, ciertamente. Pocos son los que han experimentado “el último extremo de la perfección en las relaciones que ligan a los humanos”. Soy de esos afortunados. He sido bendecido por la amistad: tengo amigos.

Dos de esos entrañables amigos han partido hacia lo desconocido. Dagoberto Mejía Pineda y Napoleón Álvarez, con personalidades muy distintas, pero con cualidades en común, ambos apasionados de la vida, de fino humor, de irreprochable conducta personal y profesional, y solidarios en todas las circunstancias, favorables o desfavorables.

Con el abogado Dagoberto Mejía nos conocimos desde nuestros tiempos de estudiantes de Derecho, trabajando en los tribunales. Después nos encontramos ejerciendo la docencia en la Facultad de Ciencias Jurídicas de la UNAH y desempeñando, ya como profesionales, funciones en los tribunales (fue director de la Defensa Pública, cuando me desempeñaba como magistrado de Apelaciones), para convertirnos luego en compañeros de trabajo en el MP, en donde se desempeñó como director de Fiscalía. Fue un jurista indiscutido, de los pocos que en el Foro Hondureño pueden llamarse así: juristas. Enseñó en las aulas universitarias y ejerció su profesión con pasión y pulcritud, cuidando siempre su prestigio y dignidad. Fue para los fiscales un maestro que siempre estuvo a su lado, sin importar el día o la hora, orientándolos en los misterios del Derecho, especialmente los contenidos en los Códigos Penal y Procesal Penal, último este en cuyo proyecto original participó al lado de los juristas José María Tijerino, César Barrientos

Pellecer, René Suazo Lagos, José María Palacios, Joaquín Donato Alcerro y Jesús Manuel Martínez Suazo. Siempre estuvo dispuesto a auxiliar al amigo, sin importar el riesgo. Caballero en sus modales elegantes y en su vestir impecable. Nunca escuché que elevara la voz ni que se expresara en tono amenazante, aún en las situaciones más adversas.

El embajador Napoleón Álvarez era hermano de otro entrañable amigo que se nos adelantó, don Florentino Álvarez, quien se desempeñó como Fiscal General Adjunto del MP, y de quien puedo afirmar que es de las personas más íntegras que haya conocido en mi ya prolongada existencia. Con don Napoleón coincidimos en la Cancillería, cuando se desempeñó como director de Protocolo. Era el embajador por excelencia. Todo en él era expresión de su larga carrera diplomática. Conversador de vasta cultura, intenso y exquisito, nos deleitó con sus experiencias e ilustró con sus conocimientos en política internacional. Desde el golpe de Estado militó con entusiasmo juvenil en la política, declarándose abiertamente de izquierda, lo que celebraron unos y reprocharon otros.

Partieron. Pero seguirán viviendo en quienes recordemos su intachable trayectoria y las tertulias en las que disfrutamos de su amistad. Trascenderán sus existencias físicas porque en vida se les tributó respeto y admiración, debido a que hicieron suya la máxima del “honeste vivere, alterum non laedere”.

En estas fechas de recogimiento espiritual, declaro con fervor de amigo: fui honrado con su amistad y aprendí mucho de ellos; mientras viva vivirán conmigo.