Juan Ramon Martínez
El año 2020 ha dejado valiosas enseñanzas. Dolorosas algunas; pero verdaderas, la mayoría. Sabemos mucho más de la calidad del hondureño; su comportamiento ante las crisis; la competencia de la burocracia; la moralidad e inmoralidad de los que, aprovechan las dificultades para su beneficio; la imagen gubernamental que proyectamos, la opinión internacional sobre el gobierno y los juicios que se han hecho sobre la calidad de todos. Y, posiblemente, lo más importante, nuestras limitaciones personales. De allí que el próximo año, tenemos claro lo que debemos hacer. Identificar prioridades de conformidad a las urgencias que enfrentaremos, la capacidad de los equipos, los círculos de cooperación útiles y necesarios a convocar, y los grupos que hay que evitar. E incluso rechazar. Lo más importante: evitar creernos que somos competentes en todo y que, en nuestras manos está –sin preguntarle a la población– el destino nacional. Renunciar a la idea que somos demiurgos; que podemos inventar realidades y, desarrollar, falsos cursos de acción, para engañar a los compatriotas, que poco creen en nosotros.
Además, de cara a los daños de la costa norte; los efectos de una caficultura migratoria, que destruye el bosque y desestabiliza los suelos, hay que aceptar que no tenemos tiempo. Estamos casi al inicio del último año de esta administración. Que no se pueden alargar los días y que, de verdad, hay que “hacer lo que se tiene que hacer”. Eso obliga, en obediencia a las prioridades, escoger entre gobernar al país, unificar a su pueblo para darle mayor coherencia a la reconstrucción; o, pretender, simultáneamente, dirigir al Partido Nacional, mantener dividida a la oposición y creer que es posible –como piensa Carlos Flores– que, se puede seguir dirigiendo al país, desde la colonia San Ignacio; fuera del Ejecutivo. O una cosa o la otra. Ambas, imposible.
Tampoco seguir imaginando que, al país solo se le sirve desde el Ejecutivo. Hay que recurrir a la humildad republicana, para aceptar que tenemos un tiempo y una oportunidad. Y hacer lo mejor posible, para que nuestro paso por el poder, quede señalado por el sentido del servicio público. Nada es eterno. La fragilidad del sistema institucional; la endeble gobernabilidad y los cambios externos, hacen que sea necesario, aceptar que, otras generaciones nos sucedan en la entrega de su voluntad de servicio a la patria que, nosotros ni representamos totalmente; ni somos sus guardianes.
Por supuesto, hay que saber que no se puede echar vino nuevo en odres viejos. Ante nuevas tareas, requerimos otras caras en las que, más que lealtad personal, o el “amiguismo”, se privilegie la competencia, la fidelidad a los objetivos nacionales –difusos, equivocados; pero levemente orientadores– para crear confianza que, es lo que más nos hace falta. Es urgente, –y doloroso por supuesto– aceptar que, no somos los salvadores del país, sino que simples humanos, “hijos de mujer”, llamados por las circunstancias, a desempeñar tareas, que superan nuestras capacidades. Herederos de la creencia que somos insustituibles, imaginamos que no tenemos nunca que entregar el poder. Por ello, es difícil el pacífico retiro. Y como se ha creado un mezquino interés por castigar y ejercer la venganza en contra de los que han tenido autoridad, confiar que lo que se ha hecho, resistirá las críticas de la historia, los embates de la oposición y la ansiedad de las masas, dañadas por un populismo de derecha, desproporcionado con las capacidades que tenemos, provoca ansiedad y miedo. La persecución, –dura, irracional–habrá que enfrentarla, estoica y valientemente.
Durante el gobierno de Azcona aprendí, corroborado por Trump, que dejar el poder es difícil. Se requiere humildad, para aceptar que otros, nos sucedan. Como la situación es exclusivamente política, la reconstrucción nacional, requiere del concurso de todos. La alternativa para salvar el cuerpo ante el juicio histórico, es la asunción de la responsabilidad, convocando a la unidad de todos. Y que, para ello, hay que renunciar al sectarismo –detrás del cual siempre hay una rural timidez–, dejando que la sucesión presidencial, transcurra normalmente, sin manipulaciones penosas o conductas infantiles. Sabiendo que, normalmente los juicios históricos sobre una gestión, se hacen sobre lo que al final se realiza. Por lo que, este último tramo del período presidencial, es la oportunidad para reconciliarse con el futuro, evitando los juicios históricos negativos. Y, conseguir respeto.