• El Hijo de Dios tuvo por cuna un pesebre en que se daba de comer al ganado
• La simpatía divina hacia la dura suerte del pobre
Autor: Luis Alonso Gómez Oyuela
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DANLÍ, El Paraíso. La Navidad de los pobres. “El cielo y la tierra no están más alejados que cuando los pastores oyeron el canto de los ángeles. La humanidad sigue siendo hoy objeto de la solicitud celestial tanto como cuando los hombres comunes, de ocupaciones ordinarias, se encontraban con los ángeles al medio día, y hablaban con los mensajeros celestiales en las viñas y los campos. Mientras recorremos las sendas humildes de la vida, el cielo puede estar muy cerca de nosotros. Los ángeles de los atrios celestes acompañarán los pasos de aquellos que vayan y vengan a la orden de Dios.
La historia de Belén es un tema inagotable. En ella se oculta la ¡profundidad de las riquezas, de la sabiduría y del conocimiento de Dios! Nos asombra el sacrificio realizado por el Salvador al cambiar el trono del cielo por el pesebre, y la compañía de los ángeles que le adoraban por la de las bestias del establo. La presunción y el orgullo humanos quedan reprendidos en su presencia. Sin embargo, aquello no fue sino el comienzo de su maravillosa condescendencia”. (El deseado de todas las gentes).

La Navidad de los pobres, fue y siempre será para los pobres. Muchos de nosotros nacimos en un petate asistidos por una partera y envueltos en rusticas mantas. Otros tuvieron la dicha de venir al mundo en condiciones mejores que la de muchos pobres que nacen en los villorrios, en cuarterías insalubres; otros en clínicas de lujo y los otros, en las salas de hospitales carentes de lo más elemental, pero al final, ricos y pobres llegamos al mundo desnudos y desnudos nos iremos de este mundo.
Volvamos la mirada a otro ser especial que vino al mundo entre los pobres. Jesús, el Hijo de Dios, nacido en un pesebre. ¿Alguien más entre nosotros nació en un pesebre? Posiblemente no, las circunstancias son diferentes. El mundo es igual, tanto ayer como hoy. Los seres humanos todavía no hemos comprendido hasta dónde llega el amor de Dios y, hasta dónde llegamos nosotros con nuestro espíritu solidario para con los pobres. El poeta Roberto Sosa, en su poema “Los pobres”, dice: “Los pobres son muchos y por eso es imposible olvidarlos”. Lo maravilloso es que Dios no los olvida y por eso envió a su Hijo para compartir con los pobres ese maravilloso regalo de aquella primera Navidad entre los pobres.

Aquel nacimiento de hace más de 2 mil años tuvo características diferentes, estaba planificado en el trascurso de los siglos y llegado el tiempo de su nacimiento; dos seres solitarios caminaron por los polvorientos caminos de Galilea para cumplir con un edicto del gobernador romano y así, José y María habrían de cumplir el plan de Dios para la humanidad. Viajaron a Belén y una vez allí, buscaron alojamiento en el “mesón”, posiblemente un sitio público para alojamiento o un cuarto para huéspedes en una casa particular. El viaje desde Nazaret, a pie o lomo de burro debe de haber sido largo y duro para una mujer próxima a dar a luz.
A falta de campo o espacio en el cuarto para visitas, atestado temporalmente de otros que habrían llegado antes que ellos, tuvieron que alojarse en el establo. Llegó el momento sagrado, y el Hijo de Dios tuvo por cuna una artesa en que se daba de comer al ganado. ¡Que dé luz arroja esto sobre la simpatía divina hacia la dura suerte del pobre y su desprecio del esplendor humano! Cuando llegaron los pastores y dieron sus noticias, sin duda que se les brindaría a José y a María lo mejor que la casa tuviera.

“En Navidad no hay ricos ni pobres”, es uno de los villancicos que escuchamos durante esta época. Siempre y cuando se trata del mensaje de Dios al mundo, no existen las diferencias. Desgraciadamente, nosotros hacemos la diferencia y marcamos a los pobres, porque el amor se despierta solamente con el amor.
“Bienaventurados los pobres porque ellos verán a Dios”, palabras de Jesús en el Sermón del Monte, que jamás perderán vigencia, como también aquellas cuando vio las multitudes con hambre y dijo a sus discípulos, “denles de comer”. Los pobres siempre estarán entre nosotros. En esta Navidad como lo escribió el poeta Sosa: “Seguramente ven en los amaneceres múltiples edificios donde ellos quisieran habitar con sus hijos”. Verán las luces de colores, los adornos y escucharán los villancicos, mientras ellos cargan con la desventura rumiando ilusiones, buscando entre los desperdicios un bocado de comida. Regresarán a sus covachas, cansados y friolentos para despertar a un nuevo día sin perder la fe y la esperanza.

En esta Navidad sintamos el dolor de los que sufren. De aquellos que sin haber sido pobres, hoy están desamparados al perder sus casas, sumidos en la miseria y en espera de una mano generosa que se extienda en un acto de solidaridad. Los niños que no tendrán el regalo de costumbre y tampoco podrán celebrar con sus amigos el nacimiento del Hijo de Dios. Hoy más que nunca, aquel mensaje compasivo de Jesús cuando vio las multitudes hambrientas, “denles ustedes de comer”, debe ser una expresión genuina de amor y solidaridad. Hasta entonces: Cristo habrá nacido en tu corazón.



