Recuento

Por: Carolina Alduvín

Llegó diciembre, nunca pensamos que tan rápido, y aquí están las señales navideñas, tratando de alegrar los corazones en medio de los distintos grados de desolación que se filtran en los ánimos de las personas. Un año atípico está por finalizar, el flagelo que lo ha teñido de miedo e incertidumbre no está por irse, si bien los medios han minimizado su protagonismo, dos fuertes fenómenos climáticos lograron que se bajara la guardia y que otras cosas más tangibles nos preocupen y acaparen esfuerzos, como los intentos de ayudar a la población doblemente damnificada, aquellos que aún permanecen hacinados en albergues, quienes perdieron sus bienes materiales y alguna muestra de solidaridad les mantiene la vida y la esperanza.

Para ellos hay buena voluntad y toneladas de ayuda humanitaria, que ha salido de los hogares y bolsillos de sus compatriotas más afortunados y de otras naciones tanto vecinas como lejanas. La población que logró organizarse para prestar auxilio en variadas formas, vio entorpecida su misión por la inoperancia gubernamental en todos los niveles, con traslados masivos de víveres y ropa retenidos en los puntos de control por los mismos encargados de contingencias cuyo deber es facilitar su distribución. Muchos materiales aún no terminan de llegar a los realmente necesitados, se esconde en bodegas donde buena parte se malogró y en casas particulares, más que todo de algunas autoridades y mandos medios, cuya ambición y negligencia se vuelven más voraz que en tiempos de relativa normalidad.

Un año de pérdidas de empleos, de comercios establecidos, de oportunidades de negocios, de becas, del patrimonio construido durante una vida de esfuerzos y privaciones, de la precaria salud individual y colectiva, de la exigua producción nacional, de las recaudaciones, de las inversiones, proyectos e ilusiones. Y las más dolorosas, las vidas humanas, las que se fueron sin un último adiós, las que terminaron en crematorios y fosas comunes, el luto que no se disipa entre abrazos que no se dan “por prudencia”, los “festejos” que tuvieron lugar a través de una pantalla, la cuestionable enseñanza a través de una plataforma virtual, a la que materialmente no se tiene acceso, los conocimientos que se trataron de impartir, pero que no se captaron ni aprovecharon del otro lado y sin embargo hay que dar por aprobados.

Por otro lado, prosperaron las entregas a domicilio, la forma de sobrevivir de las ventas de comida, no así los negocios de hospitalidad que cerraron poniendo fin a toda una tradición, hicieron su agosto los distribuidores de material de protección sanitaria, negocio en que se privilegió la mala calidad y el bajo costo, también quienes luego de adquirirlo lo han revendido a precios de oro, en detrimento del personal en la primera línea de batalla en los centros de salud. El resto de los padecimientos se han vuelto invisibles, no prioritarios, registrados con otros. Prosperaron quienes venden o hacen las pruebas, ahora obligatorias o al menos recomendadas para casi todo, en cuenta viajes, reuniones, reingresos y control y más control.

Se anuncian las vacunas, no faltan los paranoicos de conspiración, pseudocientíficos y detractores, quienes con medias verdades y regodeándose en la ignorancia general, pretenden sembrar miedo, confusión y rechazo hacia la única publicitada esperanza de volver a lo que hasta hace un año llamábamos normalidad. Eso no resta el entusiasmo a quienes se han tragado la ilusión de una panacea inyectable, que no sabemos aún cuán efectiva es en realidad, por cuánto tiempo otorgará una relativa protección, cuáles serán sus efectos no previstos tanto en la salud como en la economía de las personas, los sistemas de salud y los pingües negocios lícitos y de los otros que se harán con su obtención, distribución, preservación y aplicaciones tan selectivas y discriminatorias como cualquier otro insumo mercantil.

Y corre diciembre, los huracanes pasaron y los damnificados siguen, los pordioseros pululan en las intersecciones, la vida continúa, la pandemia también; la segunda ola llegó a Europa que se cierra en invierno con la esperanza de abrirse al turismo en verano; por estas latitudes, es lo que menos preocupa. El gobierno que nos encerró durante meses, relajó las medidas y la propagación del miedo, para que confiados salgamos a derrochar lo que no tenemos y sus arcas puedan volver a llenarse, ya sabemos para qué y para que los bancos sigan prosperando y esquilmando.