¿Harakiri en Honduras?

Por: Segisfredo Infante

La pandemia y los dos huracanes que han devastado nuestro territorio y la tranquilidad de millones de familias hondureñas durante el fatídico año 2020, son fenómenos exógenos que han puesto casi de rodillas a nuestra sociedad; pero que al mismo tiempo han levantado los ánimos de los hombres y mujeres de buena voluntad, a fin de eliminar los escombros; llevar un bocado a los hambrientos; medicinas a los enfermos; y colocar un nuevo ladrillo ahí donde haga falta. Con la salud marchita ha sido necesario comenzar a reactivar la economía, corriendo riesgos inimaginables, tal como ha ocurrido en el seno de los mismos países europeos. Una esperanza, de la cual hemos venido hablando desde comienzos de la alerta roja tardía relacionada con el nuevo virus, ha sido el trabajo intenso de los científicos y laboratoristas que han buscado sistemática, y silenciosamente, “la vacuna”. La otra esperanza es Dios Eterno.

En la esfera lugareña, algunos supuestos paisanos han aprovechado las debilidades de nuestra sociedad concebida como un todo, para externar toda clase de incoherencias contra el gobierno, contra las instituciones del Estado y contra Honduras. Es decir, contra ellos mismos, habida cuenta que son supuestos hondureños. Híbridos e ideologizados hasta la médula del hueso. Pero hondureños. En tanto que han acumulado sus caudales numismáticos en Honduras, apoyados, en distintos momentos, por el mismo Estado que difaman, y por la ingenuidad del pueblo que nada sabe de sus verdaderos propósitos.

Algunos también se han aprovechado de la ignorancia terminológica, en que suelen confundirse los conceptos de “Estado” y “gobierno”. No comprenden, ni desean comprender, que los gobiernos democráticos son y deben ser transitorios, y que el Estado, por su misma naturaleza, necesita perpetuidad. Las Fuerzas Armadas del país; el Banco Central; varios hospitales; los institutos de jubilaciones y pensiones semi-privados; la represa hidroeléctrica del “Cajón”; las escuelas, universidades y colegios públicos, son instituciones del Estado, es decir, del pueblo. Lo anterior es sólo para traer a colación ciertos ejemplos puntuales sobre el asunto vidrioso del Estado. Así que muchos de los que pasan hablando pestes contra el Estado, y que les apetecería que los damnificados se murieran de hambre y de frío, pertenecen al Estado mismo. Lo que también incluye a todo el territorio nacional. No me vengan con “historietas” superficiales. Tengo, hasta este momento, una bibliografía más o menos amplia sobre el tema, desde los tiempos de Sócrates y Tucídides hasta llegar a nuestros días, con libros monumentales como la “Teoría General del Estado” de R. Carré de Malberg. Para solo mencionar un autor.

Conozco la historia de varios países que han atravesado calamidades económicas, morales y políticas peores que las de Honduras. Pero rara vez esas personas han salido al exterior a calumniar y difamar a sus propios Estados. Mucho menos a sus patrias. A no ser que se haya tratado de aquellos proyectos en donde se pretende destruir un Estado para sustituirlo por otro. En el caso del siglo veinte las sociedades más o menos democráticas de tendencia positivista o liberal, fueron sustituidas por “Estados totalitarios” de extrema izquierda y de extrema derecha. Cuando percibo tantas censuras contra el Estado me pregunto si en el fondo los detractores son anarquistas inconscientes, o son totalitarios disimulados, como a veces ha sucedido en América Latina y otras latitudes. O tal vez son “demócratas” ingenuos que caen en las trampas de los conspiradores. Especialmente de aquellos que parecieran haberse especializado en salir a difamar a su propio país cada vez que se les presenta la coyuntura de una declaración pública internacional. Les fascina el “harakiri” sin poseer la cultura del suicidio. Pero son incapaces de agarrar una pala o regalar un pedazo de pan, de sus propios bolsillos, a las personas más necesitadas. Nunca dicen que ellos, y ellas, han sido y siguen siendo parte de la élite que tan extremadamente difaman, con evidencias o sin ellas. En consecuencia, esconden una profunda corresponsabilidad histórica en los temas de la pobreza, la corrupción, la vulnerabilidad, el analfabetismo institucionalizado y futbolero; o del atraso estructural y cultural de Honduras, circunstancias que incluyen a los terratenientes y ganaderos depredadores, lo mismo que a los incendiarios de bosques de pinos y a los promotores de la violencia criminal.

Pareciera existir una campaña nacional e internacional teledirigida a despedazar Honduras. Que es como golpear a un inválido en la calle. No quieren comprender la diferencia sustantiva entre Estado y gobierno. Tampoco les interesa informarse que la mayoría de hondureños son “micronegociantes” honestos, urbanos y rurales, que se ganan la vida con el sudor de sus frentes. Y que Honduras está por encima de todos. Es decir, por encima de las egolatrías descomunales de algunos individuos de acá y de allá. (En esta ocasión deseo dedicar mi artículo a los damnificados de La Lima y de los alrededores de San Pedro Sula y Choloma).