LAS mesas electorales en las ciudades y condados que recontaron los votos –a exigencia del partido perdedor– volvieron a ofrecer los cómputos sin cambio significativo que alterase el resultado preliminar. Resistiendo las presiones de la campaña republicana de postergar las certificaciones, los Estados bisagra certificaron los votos. Los juzgados botaron todas y cada una de las querellas presentadas por el equipo de abogados liderado por Sidney Powell y Rudy Giuliani. El más alto tribunal desestimó los suplicatorios de revertir resultados o esquivó involucrarse en la controversia política. El leal fiscal general, William Barr, quien se negó a reconocer que haya habido el fraude masivo denunciado por los republicanos, fustigado por una andanada de tuits de su jefe, interpuso su renuncia. No ha pegado ninguno de los intentos de revertir la elección. Finalmente, también se disipó la incertidumbre sobre si representantes del Colegio Electoral a última hora cambiarían su mandato.
El lunes, en horas tempranas de la noche, el Colegio Electoral dio su veredicto definitivo. 306 votos para Biden y 232 para Trump. Esto debió poner punto final a la disputa. Pero no. El primer mensaje de Trump en su cuenta digital parecía aceptar el resultado: “Él ganó porque la elección fue amañada. No permitieron observadores electorales”. “El voto fue tabulado por una compañía de la izquierda radical, Dominion, de muy mala reputación, con equipo chatarra que no calificaba ni en Texas (donde gané por montón); la prensa fake y silenciosa, y mucho más”. Sin embargo hora después vino la aclaración: “VAMOS A GANAR”. “NO CONCEDO NADA”. “YO GANÉ LA ELECCIÓN”. En la trinchera local el líder republicano del Senado, Mitch McConnel expresó: “Ha hablado el Colegio Electoral; así que hoy quiero congratular al presidente electo Joe Biden”. En el campo internacional, tres personajes que no habían dicho ni pío, Putin, AMLO y Bolsonaro, finalmente ofrecieron su reconocimiento. Con la decisión del Colegio Electoral, quedaron agotados prácticamente todos los recursos legales y avenidas electorales en que cifraba su esperanza la reelección presidencial. (Queda un último cartucho. Pero de remoto alcance. Más bien sería una especie de cachinflín. Que la Cámara Baja y el Senado decidan darle vuelta a la elección). Como decíamos ayer. Mucho de lo que pueda deparar el futuro a este, como a otros pintorescos paisajes acabados, dependerá de lo que sucede en los Estados Unidos.
La reactivación de la economía doméstica –golpeada por la crisis sanitaria y las dos tormentas tropicales– sus exportaciones, el sector de las maquilas, el ingreso de las remesas familiares que sostienen la relativa estabilidad del lempira, descansa en la recuperación del gran mercado norteamericano. De la política en materia inmigratoria del gobierno que está próximo a inaugurarse. Y de un viraje en las relaciones bilaterales que guarde respeto al interés de ambos lados. Ya dijimos que el plan de desarrollo integral mexicano para sus vecinos del sur fue patarata. Igual al trato, poco solidario, que reciben los compatriotas que en su lucha por sobrevivir, llegan en tránsito a aquel país. Así que solo queda el plan económico de asistencia al Triángulo Norte que quedó pendiente de la pasada administración demócrata. Cuyo alcance era enfrentar las causas de los flujos migratorios –inseguridad, falta de trabajo, vulnerabilidades e inestabilidades– en los lugares de origen. Seguirá el trance, pero ya casi llegando a Pénjamo.