Dos amigos y un sobrino

Juan Ramón Martínez

Esta semana, la muerte hizo su trabajo. Certera, precisa y sin aviso. Dándole sentido a la vida, su finalidad; pero provocando dolor, por el vacío que provoca, su matemática eficiencia. Carlos Martínez, me avisó que había muerto Dagoberto Mejía. Dos días después, “Pocho” Morazán, llamó para informarme que venía del entierro de Mario Flores Theresin. El viernes, desde Olanchito me avisaron que, ese día, había fallecido Leonel Posas Núñez, querido sobrino, residente allá.

A Dagoberto Mejía, lo conocí en Olanchito, estudiando en el Francisco J. Mejía. Educado, simpático y sonriente, tenía natural vocación para caer bien. Era seguro; veía directamente a los ojos. Y muy cercano, conservando sus amistades, por medio de recuerdos persistentes que, cada vez que nos veíamos, recorríamos con enorme alegría. En el campo bananero, La Jigua, conocí a su padre y fui compañero de juegos de su hermano Wilson, la primera persona, que admiré por sus dotes futbolísticos. Era el mejor en el campo, por sus capacidades para mantener la pelota en sus pies, su velocidad y la precisión para colocarla fuera de la vista del portero desconcertado. En el Instituto, conocí a su hermano Iván y en Tegucigalpa, después supe que Marlon Mejía, era hermano suyo. Dago vino a Tegucigalpa a estudiar derecho e hizo de esa profesión, no siempre bien valorada, una actividad dignificante y con la cual, dio prestigio al foro nacional.

Fue director de fiscales, con enorme éxito y sin recurrir a los medios, para disimular errores o cobrar aplausos por tareas obligatorias. Siempre estuvo presente cuando, frente a las dificultades de la vida, le llamé para consultarlo; o para pedirle el apoyo inevitable. Fue generoso. Dos semanas antes había estado de visita en casa, hablando del pasado e inevitablemente, de Olanchito. Por lo que su muerte me causó un fuerte dolor, especialmente por lo sorpresivo y, porque nunca me habló de sus enfermedades coronarias. Siempre fue discreto en sus cosas personales, en proporción inversa a la apertura de sus recuerdos. Y, además, muy generoso. Cuando se empezó a hablar del Código Procesal Penal, y habiendo invitado a un especialista sobre el tema, llegó a la casa a celebrarme los conocimientos que había exhibido. A Gloria Chávez, su esposa, le di un fuerte abrazo en su funeral, y aquí, agrego mis respetos a su esposo y a ella, la compañera de toda su vida.

Mario Flores Theresin, era coronel de Ingeniería Militar. Graduado en Italia. Dos veces ministro en los gobiernos de Melgar (militar) y Paz García (constitucional). En SECOP y Defensa. Lo conocí hace 36 años en el Club Rotario, Tegucigalpa Sur, en donde destacó por su cordialidad, apertura a la amistad, como la suavidad del trato y la profunda conciencia que tenía de la realidad nacional. Conversamos cada jueves, sobre diferentes temas, especialmente sobre asuntos políticos y militares. Cuando entró disciplinadamente a las filas del silencio definitivo, lo hizo, con discreción, de forma que su muerte me tomó igualmente de sorpresa. La última vez que supe de él, fue por medio de la colega Nany Flores Theresin, quien me informó de su salud. Adicionalmente, un nieto suyo escribió unas notas interesantes, sobre la trayectoria militar de su abuelo. Mi cariño solitario a los Flores Theresin, por la muerte de un hombre bueno, que no buscó protagonismos desmesurados; y que pasó por la vida, haciendo lo que creía que era lo correcto, en cada momento.

La última noticia dolorosa la recibí el viernes pasado. Ese día en la madrugada había fallecido en Olanchito, de un ataque cardíaco, el ingeniero Leonel Posas Núñez, hijo de Hernán Posas –el hondureño que más sabe de bananos– y de mi fallecida prima hermana, Nelmy Posas Núñez Bardales. Leonel, era un encanto de personalidad: amigable, cariñoso y muy inteligente. Cada vez que le enviaba un artículo, me hacía comentarios puntuales y creativos. El último, hace diez días. La muerte le sorprendió, joven todavía, dejando en sus hijos un profundo vacío y un dolor tremendo a su padre, que vive en Sudamérica y el que me escribió, que el mayor dolor, es que no pudo acompañar a su hijo en su entierro. Leonelito, como lo llamaba, pasó por la vida, con una sonrisa abierta y sin hacerle daño a nadie. Su muerte, fue el último golpe de la semana.