Por: Otto Martín Wolf
Llegar a gobernar un país, ya sea por votación popular o por elección de los dioses (según lo han proclamado algunos monarcas a lo largo de la historia) no exime a nadie de la posibilidad de estar loco.
Calígula (Cayo Julio César Augusto Germánico) está catalogado por los historiadores y psiquiatras como el más loco de todos los gobernantes de todos los tiempos.
Vivió solo 28 años, pero fueron más que suficientes para demostrar que los jóvenes y poderosos también pueden padecer de la cabeza.
Hay mucho que contar sobre él, pero un solo hecho que puede dar muestra de su locura es que nombró a su caballo -Incitatus- para un cargo político en el Senado, además de convertirlo en cónsul y sacerdote.
Adolfo Hitler, megalómano y racista fanático, arrastró con su locura al pueblo alemán a una guerra que les costó a ellos y al mundo más de sesenta millones de vidas.
Sí señoras y señores, los gobernantes también se pueden volver locos (o llegar al poder ya siéndolo), como lo estamos viendo en la actualidad con el presidente de los Estados Unidos.
No me refiero solo al hecho más reciente, que no quiera reconocer que perdió las elecciones por más de siete millones de votos y en su locura se aferre a innumerables juicios y demandas, las cuales han sido desechadas por las cortes casi en el momento de presentarlas, incluyendo una ante la Corte Suprema de Justicia (tres de cuyos jueces fueron nombrados por él) que fue rechazada en solo 35 minutos.
Megalomanía, narcisismo, egocentrismo son condiciones mentales no tan extrañas en gobernantes y aún entre la gente común, pero negarse a reconocer que hay un virus que hasta el momento ha matado a casi trescientos mil de sus compatriotas!
Desde el principio, cuando se le notificó en forma privada que venía la pandemia, prefirió ocultarlo al público para “no causar pánico”, en lugar de poner a todo mundo en alerta, centenares de vidas se hubieran salvado.
Aún en la actualidad se niega a recomendar el uso de mascarillas y otras precauciones como el distanciamiento sanitario -recomendados por la Organización Mundial de la Salud.
En medio de la peor crisis de salud que ha enfrentado el mundo -y los USA- en los últimos cien años, en lugar de dedicar todo el tiempo a gobernar, emplea gran parte de este en jugar al golf.
Muchos de sus seguidores, obviamente influenciados por él, también son de la idea de que el COVID-19 no existe, aunque estén contaminándose y muriendo como moscas.
Si hubiera puesto atención al problema terrible desde el principio, posiblemente habría ganado las elecciones -porque en la parte económica no lo estaba haciendo tan mal- pero se aferró a la locura de negar lo que era evidente en el mundo entero.
De igual manera contradice a los científicos sobre el peligro innegable del cambio climático, al grado que abandonó el Club de París, organización internacional dedicada a tratar de frenarlo.
Dentro de pocas semanas, cuando deje el cargo (posiblemente lo saquen arrastrado de la Casa Blanca) y se pierda el temor a criticarlo en forma abierta, la prensa en general y muchos de sus compatriotas empezarán a reconocer que durante cuatro años fueron gobernados por alguien que no estaba en sus cabales y que tuvo a su alcance el botón nuclear con el que pudo haber terminado con la humanidad.
Nota: No quiero sonar pesimista ni alarmar a nadie, pero todavía le queda tiempo suficiente para armar una guerra.
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