Por: Segisfredo Infante
No tengo la menor idea cuándo fue la primera vez que mencioné el nombre de la filósofa española María Zambrano. Tampoco cuándo fue que escribí el artículo primigenio relacionado con ella. Poseo la clara conciencia, eso sí, del primer volumen de esta autora que vino a parar a mis manos. Me refiero al libro “El Hombre y lo Divino”, que escudriñé allá por el año 1986. Aquel libro fue como una revelación para mí, tanto en lo relacionado con la calidad de la prosa de una mujer magnífica que escribía en el mejor castellano, como en las posibilidades de la gran Filosofía de comprender y hermanarse, nuevamente, con la mejor Poesía, que se han abrazado y que se han dado las espaldas, con amistades y enemistades simultáneas, desde los tiempos de Sócrates y Platón, hasta nuestros días.
Después de leer “El Hombre y lo Divino”, pasé a estudiar “Hacia un saber sobre el alma”, de la misma María Zambrano. Con estos dos libros la filósofa española presentaba ante un círculo de lectores exigentes, su método novedoso de la “Razón Poética”, con el cual lograba, por fin, madurar su propio estilo y distanciarse un poco del descreimiento religioso de su maestro José Ortega y Gasset. Por ahora evitaré referirme a los primeros libros publicados de la joven Zambrano, encaminados hacia la búsqueda de esa “Razón Poética” antes aludida.
“El Hombre y lo Divino” es una intensa búsqueda desprejuiciada de lo “sagrado”, desde la Filosofía, para diferentes momentos históricos y culturales. Así que la impresión originaria que derivé de sus páginas es que María Zambrano legitimaba, nuevamente, la llamada “filosofía de la religión”, que encontramos en otros autores clásicos, incluyendo la teología derivativa de Aristóteles y de Maimónides, y, más tarde, en plena modernidad, en algunos postulados de Immanuel Kant y de Guillermo Hegel. Doña María Zambrano sugiere la tesis novedosa (y asombrosa) que, cuando Friedrich Nietzsche se empeña en reafirmar que “Dios ha muerto”, es porque en el fondo necesita recurrir a la noción de lo “sagrado”, tal como los científicos positivistas de los siglos diecinueve y veinte lo hicieron, con la idea de un progreso infinito hacia un futuro desconocido, endiosando al hipotético y esperanzador “Futuro”. Hasta la “Nada” de los existencialistas cobra algún sentido sacro, según mis interpretaciones, en un proceso inverso a lo que se proponen. Si María Zambrano viviera en estos días, hablaría probablemente del endiosamiento de las nuevas tecnologías y de los mercados financieros volátiles.
Revivir la vida en que la creencia era algo viviente “en múltiples formas indefinibles, incaptables ante la razón, levanta la vida humana.” Se puede, según lo sugiere otro autor español, realizar “una recreación poética de aquellas situaciones”, hasta identificar el “lugar de aparición de lo divino”. Aun cuando esto ocurra sobre ruinas históricas, como suele suceder a partir de las excavaciones arqueológicas y descubrimientos epigráficos, desde el siglo diecinueve hasta nuestra fecha.
María Zambrano es una persona rara en la vida cultural española. No digamos en el mundo de los filósofos, que los hay de diversos tipos. Ella estaba sumergida en la soledad por decisión propia, diríamos que metodológica. Es más, ella sugiere que “Escribir es defender la soledad en que se está; es una acción que sólo brota desde un aislamiento comunicable en que, precisamente por la lejanía de toda cosa concreta, se hace posible un descubrimiento de relaciones entre ellas”.
En otros términos, haciendo caso omiso de los chismes o de las palabrerías vacuas, Zambrano convoca a la búsqueda de secretos comunicables que son los que mueven al verdadero escritor, el cual puede ser definido como “un ser sediento y solitario, que necesita el secreto para posarse sobre él”. (…) “En esta soledad sedienta, la verdad aún oculta aparece, y es ella, ella misma, la que requiere ser puesta de manifiesto”.
Esto me recuerda un poco al proceso de desocultamiento de la verdad esencial de Platón que proponía un filósofo alemán del siglo veinte. En coherencia con este pensamiento Zambrano propone la humildad filosófica, como renuncia de “toda vanidad” y de la “soberbia” de la cual hacen gala otros escritores y pensadores occidentales. En tanto en cuanto que el conocimiento filosófico y poético habrá de permitir que el hombre jamás se separe del Universo y sus misterios, “conservando intacta su intimidad”.
Sobre estos temas hemos conversado con el doctor Dagoberto Espinoza Murra, alejándonos de los manualitos de materialismo histórico y dialéctico. Incluso en algún momento le hice una copia de “El Hombre y lo Divino”, que una trabajadora doméstica le desapareció. Inclusive pensábamos montar un conversatorio, en su residencia, sobre la filosofía de Immanuel Kant. Pero hoy por hoy el amigo se encuentra en reposo por problemas de salud. También he invitado, seriamente, a tres amigas para que estudiemos las obras de María Zambrano y de Hannah Arendt. ¡!Sea!!