DESAFÍO MULTIDIMENSIONAL

EL Informe Mundial del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), presentado en Colombia, hace exactamente un año, introdujo el concepto de “pobreza multidimensional”, fenómeno vinculado en forma directa a países como Honduras, y muy probablemente a otros del subcontinente latinoamericano. En el uso periodístico cotidiano podríamos decir que se trata de un problema multifactorial, que debe ser abordado desde diferentes ángulos, sugiriendo varias trayectorias de posible solución.

Pero aquel “Informe” se conecta con las realidades y visiones propias del año 2019, antes de la pandemia y de los dos huracanes que en fechas recientes han azotado a Nicaragua, Honduras, Guatemala e incluso El Salvador. El decrecimiento económico vaticinado por organismos financieros y de prospectiva internacional, se entrelaza con un probable crecimiento exponencial de la pobreza, y con unos desafíos que no estaban nada previstos en ninguna agenda regional, continental y mundial. Así que el nuevo gran desafío, especialmente para Honduras, que ha sido el país más devastado por los huracanes, por de pronto resulta multidimensional, o “inconmensurable”, si se nos permite utilizar este último concepto cuasi místico.

Lo de multidimensional se presenta como algo abrumador, por encima de nuestras capacidades inmediatas. Sin embargo, como sociedad devenimos en la obligación de afrontar los nuevos y laberínticos desafíos, con un sentido realista, más o menos pragmático, sin perder las ilusiones y la capacidad inalienable de soñar con una Honduras mejor, hoy sumergida en una circunstancia completamente adversa, respecto de la cual algunos de nuestros aliados, con la excepción de unos pocos ejemplos, no tienen ni la menor idea. Un cambio tan drástico de la cruda realidad nacional y regional, implica una modificación sustantiva de las agendas internacionales, incluyendo el concepto de “integración”, para beneficio de nuestros pueblos de base, que todavía están muy lejos de integrarse.

Tal parece que lo único que realmente nos integra como región, son los terremotos y los huracanes. Ni siquiera la pandemia hizo que aflorara la solidaridad centroamericana, en tanto que cada país ha estado sumergido en sus propias estadísticas. Incluso ha habido un país hermano en donde pareciera que ocultaron la expansión del coronavirus, hasta el colmo de bautizar con otro nombre a la horrible enfermedad. Y aunque fuimos un modelo de integración regional para los políticos, teóricos y técnicos europeos, en los ya lejanos tiempos del Mercado Común Centroamericano, el proceso integracionista de nuestros países ha demostrado ser históricamente zigzagueante, resquebrajado y trunco, sobre todo porque siempre hemos incurrido en el error de manejar ese proceso desde arriba, con unas élites que muy pocas veces han estado interesadas en socializar, pacíficamente, los proyectos con las bases de cada uno de nuestros pueblos, y muy propensas a dejarse absorber por corrientes de violencia que son alimentadas en otras latitudes. A veces porque así es la moda internacional. Y otras veces porque así son las ideologías.

Es obvio que en el caso inmediato de Honduras lo que debemos hacer, además de reparar la infraestructura vial, es sembrar las milpas de postrera y otros cultivos agrícolas, para sacarle ventajas a lo negativo. Ahora mismo las tierras de los valles y laderas están como “inundadas” de un limo fértil, propicias para cultivos y cosechas frondosas, tanto de aquellos que realmente trabajan en grandes extensiones de tierra, como de los pequeños minifundistas y agricultores itinerantes.

Por otro lado, en la esfera cultural, tanto individual como colectiva, las transformaciones se vuelven indispensables. Se deben transformar los grupos dirigentes, la sociedad civil, el sistema educativo, etc., siempre y cuando sea para favorecer a las mayorías que articulan el heterogéneo conglomerado nacional. No podemos salir de la miseria con malas costumbres y enseñando ideologías de odio a los estudiantes.