Por: Segisfredo Infante
Con el maestro Carlos Héctor Sabillón, en el curso universitario de “Geografía Física Especial” (¿1982?), comprendí que el relieve de lo que hoy es América Central, en términos evolutivos, es mucho más reciente que el norte y el sur de lo que ahora conocemos como continente americano. Esto significa que la franja centroamericana, hace alrededor de veinte millones de años, según opinan los expertos, era inexistente. Poco a poco fue emergiendo, por presiones tectónicas, desde el fondo del mar. Me dice el doctor Sabillón que el macizo más antiguo de Honduras se encuentra en el departamento oriental de Olancho, ahí por el río Plátano. Y el peñasco más alto, como todo mundo lo sabe, en la extensa sierra de Celaque, en el occidente del país. Es más, Celaque crece algunos centímetros todos los años.
La juventud geológica comparativa de Honduras y del resto de países hermanos, se puede traducir en lo siguiente: Las rocas volcánicas, calcáreas y sobre todo sedimentarias, continúan todavía en proceso de formación. No son tierras ni rocas tan sólidas como en los viejos continentes, que sin embargo experimentan terremotos. Es el caso que en Honduras observamos, todavía, muchísima tierra de aluvión, que de hecho es cultivable, pero prohibitiva para construir colonias y poblados. Con cualquier aguacero se deslavan y provocan las tragedias que ya conocemos. (Tales son los casos de la vieja colonia Soto en Comayagüela, y del barrio El Edén en Tegucigalpa). No digamos con los huracanes que suelen arrasar con todo, especialmente en el valle de Sula.
Si la geología centroamericana es joven, los ríos, riachuelos y quebradas son mucho más jóvenes de lo que podríamos suponer. La característica principal de los ríos evolutivamente inmaduros, es que son correntosos, peñascosos y poco caudalosos como el “Río Grande o Choluteca” que pasa por Tegucigalpa. Y de igual forma la mayoría de los torrentes que se observan por todos lados cuando viajamos hacia el interior de nuestro país, que se perciben sin agua, o con poca agua, durante las estaciones secas. Por supuesto que debemos hacer excepción con los ríos Ulúa, Chamelecón, Aguán o Romano, Tinto o Negro y el río Patuca, a la altura del “Portal del Infierno”. Con estos últimos ríos percibimos una cierta madurez geológica, aunque insuficiente si la comparamos con la antigüedad del río Nilo, el Rin, el Danubio, el Volga, el Ganges, el río Amarillo y el pequeño y angosto río Jordán, el cual desemboca en el Mar Muerto, la depresión geológica más profunda de todo el planeta. Son ríos caudalosos, con cauces más o menos definidos; o dibujan meandros (corrientes sinuosas) como lo hace el legendario e histórico río Jordán. Los ríos jóvenes son casi directos y carecen de meandros.
Dadas las características geológicas de nuestro país, respecto de las cuales hemos estudiado (por nuestra propia cuenta) algunas de sus configuraciones estratigráficas y sus potencialidades productivas, incluyendo sus limitaciones reales, la gran mayoría de hondureños nada sabemos al respecto. Por eso construimos casas sobre tierras de aluvión, en faldas resbaladizas o en el lecho de los mismos ríos, sin tomar las debidas precauciones arquitectónicas y sin mirar estratégicamente hacia el futuro. En esto los japoneses vuelven a ser uno de mis ejemplos favoritos. Como ellos saben que el relieve de Japón es, por así decirlo, de manufactura sísmica, y que todos los años se registran mini-terremotos en aquel importante archipiélago, en consecuencia, construyen todas sus casas y edificios tomando en cuenta las graves turbulencias sísmicas. Quizás para lo único que los amigos japoneses no estaban nada preparados, era para enfrentar el gigantesco maremoto de la ciudad de “Fukushima”, con sus secuelas radioactivas.
Me he referido en forma apretada y un tanto ligera, a la joven y vulnerable estructura geológica de Honduras. Nada en el futuro (de mediano y largo plazos) debe hacerse sin tomar en consideración estos detalles claves internos en el proceso de reconstrucción y transformación nacionales. En cuanto al capítulo externo es urgente subrayar que los huracanes del Mar Caribe nunca han surgido en Honduras. Se originan en el Océano Atlántico, un poco más allá de Las Antillas, por recomposiciones atmosféricas normales; pero también por gigantescos disturbios climatológicos provocados (lo hemos expresado varias veces) por causa de una industrialización desbocada durante la mayor parte de los siglos diecinueve y veinte, tanto en las sociedades poderosas capitalistas como en las llamadas “comunistas”. Las chimeneas que arruinan el ozono y nuestro oxígeno, jamás han hecho diferenciaciones ideológicas. Los países del “Cuerno de África”, Bangladesh y Honduras, son tal vez los que más sufren las ausencias de agua dulce; o, por el contrario, las arremetidas monzónicas y huracanadas. Debemos aprender a arreglar muchas cosas sobre la marcha, táctica y estratégicamente. En otro momento habré de referirme, si Dios Altísimo y Eterno lo permite, al manejo indispensable de los parques maquileros y de los bosques sobrevivientes de pino.