ÉRASE UNA VEZ Y LA VERDAD

AYER festejamos otro aniversario. Y de veras que 44 años de un retador camino recorrido no es poca cosa. Es, sin duda alguna, motivo de celebración. Por que la Providencia nos haya permitido disfrutar el privilegio de lo vivido. Por la indescriptible sensación de haber estado allí. Sin perdernos un tan solo momento. Sin titubear frente a los peligros. Sin regatear crédito a los aciertos. Sin encogernos de hombros ante las dificultades. O no apreciar las satisfacciones en toda su intensidad. A lo largo y grande de la inigualable travesía. Saboreando cada minuto del tiempo recorrido. Por la borrascosa, pero fascinante, historia de Honduras. Allí estuvimos, a cada paso –corto, dilatado, meditado o apurado– que la Patria diese. En cada uno de los irrepetibles episodios que han forjado su destino. No viendo hacia abajo el escenario desde el holgado balcón de cómodos espectadores. Sino como actores influyentes. Protagonistas activos del acontecer nacional.

Ejerciendo el periodismo ético, recto, veraz y orientador. Influyendo en la opinión pública con cimero sentido de responsabilidad. Presentes en las trincheras de batalla. En la primera línea del deber. Sin aflojar las fuerzas o desplomar el ánimo. Desafiando las adversidades y domando los altibajos. Arrumbando toda amenaza indeseable que osase entorpecer la construcción de esperanzas. Salimos a la luz pública en la coyuntura más oportuna. En plena alborada de la restauración democrática. Allí estuvimos, –junto a otros medios de comunicación independientes– dando las lides cívicas. Para que Honduras volviese a ver la luz del día después de un prolongado período de eclipse constitucional. Asistimos en la reconstrucción de su Estado de Derecho. Acompañamos, partiendo de anhelos, el trayecto ascendente del país por la empinada escarpada. Estimulando la alternancia partidaria en el ejercicio del poder. Con tristeza, compartimos junto al pueblo hondureño –y en especial sus sectores pobres y vulnerables que más resienten los desatinos de la clase política– los retrocesos, las crisis y los reprochables desencuentros. Con igual contrariedad condenamos la polarización que rompe el tejido social. La instigación al odio que erosiona el diálogo fecundo. Y los atentados a la unidad de la familia hondureña que fracturan la frágil institucionalidad. La prensa escrita es crónica documental de las memorias del país y de su pueblo. Parte esencial de los anales, de esta y de futuras generaciones. De modo que lo sucedido no desaparezca. Esfumándose en los volátiles espacios de lo etéreo.

Sin periódico escrito no hay relato trascendente de lo nuestro. El registro que permita a la curiosidad venidera investigar y explorar el pasado. Diríamos, como solían iniciar muchos cuentos, “érase una vez”. Y sin historia, no hay mañana, no hay porvenir, no hay posteridad. Hoy, a como eran los tiempos hace 44 años, diríamos que no son ni mejores ni peores, sino diferentes. Los problemas son distintos, las sociedades han cambiado, y los desafíos son otros. Quizás –coincidiendo con Bernstein, el galardonado periodista norteamericano– hoy la verdad se encuentra arrinconada. La misión sería restituir valores depreciados. “El reto de los medios convencionales, de la prensa, es buscar la forma, si la hubiere, de inducir en el universo de personas, un deseo de buscar y aceptar la mejor versión de la verdad disponible”. “Sin embargo en el mundo de las redes sociales, no estoy seguro que haya forma de cambiar esta forma horrible de transmitir y de mal informarse”. “Se trata de una guerra a la verdad”. “La verdad es la primera víctima de una guerra, y ello es lo que está sucediendo ahora”. Como decíamos ayer. Precisamente lo mismo que hemos sostenido en esta columna de opinión. Pero yendo más allá. La vaina es que la verdad es sosa. Lo falso, lo escandaloso, la guasa es lo que divierte a la afición. El auditorio quiere que le digan no lo que es, sino lo que quiere creer. En eso pasan, desde sus burbujas de ficción las “chatarras de los chats”.