¿Qué vamos a hacer en La Lima?

CARLOS MEDRANO
PERIODISTA
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2020 será un año para olvidar, un año destructor, devastador, un año de luto y dolor, de hambre y de llanto.
Lastimosamente se cruzaron tres fenómenos que han dejado a este país prácticamente de rodillas, comenzando por la pandemia del COVID-19 y ahora las tormentas ETA e IOTA.

La COVID-19 fue el primer golpe a la endeble salud de los hondureños y a la economía que ya venía maltrecha, producto de un sistema económico que no está funcionando, lejos de eso, está provocando más pobreza en una sociedad que no tiene fórmulas propias y originales que nos saquen de este hoyo profundo.
Después seguimos con dos meteoros que entraron por Nicaragua y llegaron a territorio hondureño, depositando una cantidad de agua como nunca antes vista, desbordando los ríos, riachuelos, quebradas, las cuencas y cualquier cauce en donde corriera el preciado líquido.

El poderoso río Chamelecón comenzó a recibir tal cantidad de agua y disparó inicialmente la alerta máxima en La Lima y San Manuel, cuyos pobladores estaban ya en zozobra por temor a que se desbordaran tanto el Chamelecón como el Canal Maya, su ramal de alivio.

La pesadilla e impotencia de sus pobladores se reactivó cuando una fisura en el Canal Maya comenzó a anegar varias viviendas de la colonia Santa Martha y La Mesa.
Estuvimos en la zona cero, en la colonia Sitraterco en La Lima, departamento de Cortés, una de las regiones destruidas por los fenómenos naturales que inundaron las zonas bajas del Valle de Sula y que destruyeron cuanta resistencia se les atravesaba y acabó con la esperanza de miles de compatriotas que tenían sus viviendas y menaje bajo lodo.

Al llegar al lugar, todo está pintado de café, color de la mezcla entre la tierra y el agua, que corría y corría por La Lima, sin que nadie ni nada lo pudiese impedir, hay basura esparcida por los cercos y los techos, hay lodo fresco en las calles y avenidas y el olor de la zona es penetrante y pestilente, a pesar de las dos mascarillas que llevábamos en nuestra cara.

Los rostros de los niños, jóvenes y adultos reflejan una tristeza indescriptible, todavía muchos no saben qué hacer ni cómo llegar a sus casas, mucho menos cómo irán sacando toda la podredumbre que se alojó en sus viviendas, después del paso de estos destructores fenómenos.

Ya hay tractores limpiando las calles de La Lima, apartando árboles completos que sucumbieron frente a los vientos huracanados, registrados a principios de noviembre, además de vehículos inservibles, basura, piedras gigantes, en fin…

La gente todavía llega en busca de ver si pueden accesar a sus casas para recuperar algo que el meteoro les dejó, alguna ropa, algo de valor que les ayude a comer en medio de los albergues que ya son insuficientes para la necesidad existente.

Frente a este panorama sombrío, nos preguntamos, ¿qué hacer en La Lima, que se inunda cada vez que pasan los huracanes por Honduras?
Me parece positivo ayudarles a estos ciudadanos a tratar de volver a la realidad, a la nueva “normalidad”, proporcionarles lo básico para que puedan rehacer sus vidas, una estufa, una refrigeradora, un par de camas y frazadas, comida básica y dinero.

Que se construyan las represas que la indolente mano de los políticos no ha permitido, pero que se haga un censo y que se busque otro lugar donde vivir, en una zona más elevada, en donde el cauce del río no impacte, para evitar más tragedias que siembran un dolor que penetra en lo más profundo del corazón.