LOS resultados oficiales de simulacro de elecciones parlamentarias en Venezuela, revelan que votó el 31% de los electores inscritos en el censo. (Esos son los datos oficiales), –los que ofrece la autocracia contados con las maquinitas mentirosas que tienen para hacer el escrutinio con los números a su gusto– que evidencian un 70% de abstencionismo. Pero fuentes independientes revelan que no fueron a votar entre el 82% al 85%. La mayoría de los cantones electorales se apreciaban vacíos. No es cuestión solo de ver las fotos y los videos elocuentes que se transmitieron por todos lados. Gobernadores, dirigentes comunales y coordinadores del partido oficialista reclamaban a sus activistas incapacidad de llevar más gente a votar. Pese a los premios ofrecidos a los centros que reportaran mayor participación. Y a la amenaza de “con el mazo dando” advirtiendo que “el que no vota no come”.
Ah, ya entrada la noche, ninguna sorpresa a lo que de antemano se anticipaba. Nicolás mete capote para llenar el Parlamento con adeptos suyos. Obtiene el 67.6% de los votos emitidos. Gran tunda le pega a los pocos candidatos opositores que participaron, con pasmosa ingenuidad, creyendo que la autocracia aflojaría el poder. Los partidos aglutinados en el mayor bloque opositor no participaron en la pantomima. Arguyeron que ir a una elección sin las garantías, la debida observancia y transparencia, era legitimar un proceso fraudulento. Sin embargo el nuevo Parlamento desplaza el florero de adorno controlado antes por la oposición. Decimos que se trata de un adorno, ya que funcionó solo para efectos simbólicos. Nicolás se encargó de nulificar toda resolución que de allí saliera. Utilizando a magistrados sumisos del judicial, pudo desmontar toda decisión emitida por el Parlamento Nacional. Cuando aquello no fue suficiente bochorno, le montó una Asamblea Nacional Constituyente en otra elección donde solo quedaron sus acólitos. Absorbiendo cualquier residuo de influencia que tuviese el órgano de diputados con mayoría opositora. El gobierno del opositor autoproclamado –reconocido por el grupo de Lima, países europeos y los Estados Unidos–quedó como frente de mampara parecido al Parlamento. Cuando los halcones no pudieron botar a Nicolás, la gente resignada a cargar eternamente ese mal sobre su adolorida espalda, no volvió a salir a las calles. Pese a las crecientes calamidades y a la vida insoportable, se acabaron las protestas.
En la OEA, por mucho pataleo, no hay forma de proceder contra la autocracia. Tiene suficientes votos –entre los satélites a los que suministra crudo y sus socios de izquierda– para que nunca alcancen la mayoría calificada requerida para invocar la Carta Democrática. Se desgalilló la Bachellet, a la cabeza de una oficina de derechos humanos en la ONU, denunciando violaciones del régimen. Sin que le hiciera cosquillas a la autocracia. Mientras cuente con el respaldo de sus fieles generales –con las prebendas concedidas por el régimen hoy cuentan con cargos importantes en la administración y el comercio de los principales recursos estratégicos del país– advirtieron que de allí no los sacan ni en ataúdes. Así que hay Nicolás para rato, mientras Guaidó se desquita acusando a Zapatero de parcialidad con el chavismo.