El poder en Honduras

Por: Edmundo Orellana

El poder en Honduras. “En todas las edades, cualquiera que sea la forma y el nombre del gobierno sea monarquía, república o democracia, detrás de la fachada se oculta una oligarquía”, sentencia Sir Ronald Syme.

Sentencia, que referida a nuestro país, adquiere carácter de cosa juzgada. El poder político es patrimonio de familias, cuyos apellidos suenan desde siempre en la historia política del país, pero también lo es el poder económico, con la diferencia de que en este ambiente suenan más los apellidos árabes y judíos.

Las conexiones entre estos dos grupos son políticas y económicas, en las que quedan atrapados los nuevos políticos, aunque prediquen ser independientes y contrarios a los poderes oligárquicos. Lo que explica la facilidad con la que se aprueban contratos cuyas leoninas estipulaciones saltan a la vista, sin la menor resistencia de los “honorables representantes del pueblo”, quienes, salvo honrosas excepciones, están más interesados en gozar del favor de la mayoría parlamentaria que del favor de sus electores, porque económicamente es más redituable.

Cuando la oposición es cuestionada por esa sumisa actitud, recurre al manido argumento -que sirve para justificar lo injustificable- de que la mayoría se impone ¡Y la mayoría es de la oposición! Cómoda salida que importunan aquellas voces, pocas, por cierto, que, cuando se enteran -lo que no es frecuente-, se alzan en contra de las siniestras maniobras que se gestan en el seno del parlamento. Los demás callan, como ocurrió con la denuncia de un parlamentario, de la oposición emergente, sobre supuestas comisiones pagadas por la aprobación de contratos leoninos, que fue ignorada hasta por su bancada y su partido. Desconocen o simulan desconocer que es su voz de protesta sostenida la que podría evitar esas truculentas maniobras, ¡que para eso son “parlamentarios”!

Cruel destino al que están condenados los que aspiran a ser parlamentarios y creen, ingenuamente, que ellos por sí solos podrán cambiar las reglas del juego que imperan en ese templo de adoración a la codicia, en cuyo altar se inmolan “honores, voluntades y conciencias”; prueba de ello es el silencio cómplice de aquellos parlamentarios que, cuando lideraban movimientos populares, gritaban, en las manifestaciones callejeras que convocaban con un ardiente fervor ideológico, hasta desgarrarse sus gargantas, consignas en contra del sistema, al que hoy han convertido en su becerro de oro.

Dos partidos de oposición y han sido incapaces de lograr acuerdos parlamentarios para enfrentar la corrupción y el autoritarismo del gobierno. Sin embargo, lo han logrado en otros temas, muy distantes de aquellos que al pueblo conciernen e interesan, como es el caso de la integración de los órganos electorales, que, ahora se reconoce, no garantiza cambio alguno en el proceso electoral, y que jamás habrían logrado sin la aquiescencia del gobernante, lo que supone negociaciones en las que este algún provecho obtuvo.

Ese comportamiento responde a los intereses de la oligarquía que siempre está “detrás de la fachada”, como consecuencia del mandato que surge del juramento para acceder a los altos cargos públicos, pero no del prescrito en la Constitución, sino del que, según advierte Aristóteles, es propio de las oligarquías: “Seré enemigo del pueblo y decidiré contra él todo el mal que pueda”. Solo así se explica el inconmensurable daño al pueblo que el Congreso ha perpetrado, desde el 2010 y sin interrupción.

No se trata, sin embargo, de una simple oligarquía la que está detrás del poder, sino de una inmensa red de corrupción que el binomio MACCIH-UFECIC puso al descubierto, integrada por políticos, empresarios, sociedad civil y hasta algunas iglesias.

El futuro no es nada halagüeño, porque quienes lo prometen son los mismos de siempre. Revise las planillas de diputados, estimado lector, y comprobará que o bien pretenden reelegirse los actuales o regresar los que estuvieron antes; culpables, la mayoría, por acción u omisión, de la cesión de soberanía y territorio, de las masivas privatizaciones y de otras siniestras maquinaciones, que hoy constituyen la pesadilla del hondureño.

En este universo legislativo dominado por la codicia y la indiferencia nadie, individualmente, hará la diferencia. El nuevo parlamentario que no se pliegue se convierte en paria, porque la fórmula para tener éxito en el Congreso es mostrar absoluta sumisión a la bancada primero y al partido después, pero nunca al pueblo que lo eligió, al que convierten en víctima. No olvide, atento lector, los casos de diputados que se robaron los subsidios o financiaron sus campañas con fondos públicos, descubiertos por el binomio MACCIH-UFECIC, y que para evitar las acciones penales dictaron leyes otorgándose inmunidad, es decir, impunidad; por lo que debemos, sin cansancio, decir: ¡BASTA YA!

Y usted, distinguido lector, ¿ya se decidió por el ¡BASTA YA!?

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