TRES NOVELAS DE MEDINA GARCIA

Por: J. Enrique Cardona Chapas

Enrique Cardona Chapas
Académico de numero de la AHL

A principios de los años noventas del siglo pasado pude haber leído un cuento de Jorge Medina García en alguna revista que no recuerdo, o quizás fue la lectura de “Pudimos Haber Llegado Más Lejos” en algunas de sus ediciones o reimpresiones. Había algo llamativo en el título del cuento o del libro, que enlazaba con la imaginación narrativa, algún recuerdo de Juan Rulfo y tal vez una nueva promesa en el horizonte de los escasos narradores hondureños de aquel tiempo. Lo cierto, es que desde aquellos años hemos venido leyendo cada volumen publicado por Medina García sin haber sido defraudados en la tarea lectora, esta que es más genuina que la lectura profesional de quien busca las costuras y descosturas del relato, o de cómo se dicen las cosas.

El crítico español Antonio Sánchez Barbudo en un precioso libro sobre Antonio Machado decía que cuando se estudia una obra lo importante es decir lo que se ve, ya sea oscuro o claro, en un juicio más que todo subjetivo propio y que el crítico solo tiene una tarea en caso de que la tenga, que es la de ayudar a ver en claro. Agrega además que la crítica elogiosa es aburrida y completamente inútil.

Bajo estas premisas hemos leído tres novelas de Jorge Medina García: “Cenizas en la Memoria” (1994); “Memorial del Blasfemo” (2011) y “El Viento Que Sopla Los Carbones Apagados Del Amor” (2014) y sin pasar por alto las apreciaciones críticas de Julio Cesar Pineda, José D. López Lazo y Helen Umaña sobre la primera novela. Resaltando el texto de López Lazo lleno de intención y entendimiento y la opinión de Umaña en el sentido que el valor de esta primera novela recae sobre el hombre y la sociedad, a través de las escenas carcelarias, las disputas familiares y las falacias del discurso religioso. Este juicio es extensivo a las otras dos novelas de Medina García, ya que el contrapeso de los personajes tiende a fortalecer las tramas novelescas por encima de los escenarios sociales, en que viven insertos. En términos filosóficos este existencialismo humano con sus conflictos hace más valiosas estas novelas por encima de las formas, las estrategias narrativas o algunas facetas donde la lógica de la existencia puede resultar inverosímil o poco creíble en el mundo ficticio.

Debo decir, que he hecho la lectura de estas novelas por la última, terminando en la primera. En lo personal considero que en “Cenizas en la Memoria” hay una gran capacidad narrativa, en términos de un lenguaje poético como lo han señalado los tres críticos citados, que se asocia a la capacidad fabuladora donde el novelista se encuentra más lucido o consciente de que página tras página nos va diciendo algo, que sabe lo que está contando sin artificios ni excesos informativos inútiles por encima de la historia que se nos relata. Hay vitalidad. Hay vida. No deberíamos decir esto porque estamos suponiendo que el autor no conoce su oficio. Pero en este caso lo digo por mi oficio de lector, a quien como hemos dicho, debe satisfacer el novelista. Novela que incluso desde esta posición subjetiva, me gusta más que las otras dos, tal vez por la cohesión narrativa señalada en el marco de la ajustada brevedad de una novela corta.

Es posible que en la novela “El Viento Que Sopla Los Carbones Apagados Del Amor” haya un poco más de vitalidad, de más vivencias y un reflejo menos de los conflictos sociales para concretizar un poco más la acción de los personajes que lo acerca a “Cenizas en la Memoria”. Digo esto porque en “Memorial del Blasfemo” hay un alto reflejo social y de denuncia social que pone en peligro la ficción novelesca. En “El Viento Que Sopla Los Carbones Apagados Del Amor” la intención es distinta y es la de elevar la vida mediocre al heroísmo frente a la miseria humana. Esta novela es ligera, audaz, bien fabulada e irónica, ya que el humor en el autor es proverbial y sobre todo encontramos un camino a la esperanza (de todos modos, aquí se camina mucho a través de las montañas) y a los sueños. Por encima de la maldad humana, el desagradecimiento y la discriminación social.

El narrador omnisciente (recordando que hay otras voces narrativas) de esta novela al igual que el narrador de “Cenizas en la Memoria” conoce el principio y el fin de la historia novelada, que con un guiño Quijoteano, autoanaliza su oficio de narrador, de cronista, porque en alguna medida la novela tiende hacia la crónica o hacia el reportaje periodístico en razón de los hechos de la novela. Este narrador es un dios omnipresente, irónico y perverso. El cual, como decimos, acompaña a los personajes en un largo camino en dos líneas circunstanciales hacia un solo lugar que podemos definir como la esperanza, la salvación, el amor y el sueño utópico. Uno víctima de un secuestro equivocado y otro huyendo de un robo bancario. El secuestrado encuentra su destino en dos facetas: heroísmo y amor, pues, termina en una relación con una joven secuestrada de la alta sociedad, de quien se enamora y que al mismo tiempo libera del secuestro, a pesar de ser un anodino y cobarde mecánico. El ladrón en construir una especie de comunidad utópica, esa utopía entrevista a lo largo de la historia humana, donde busca encauzar al ser humano a un destino mejor tanto en el bienestar social como cultural. Estos dos destinos humanos principales se entrelazan y resultan el fin para uno de ellos. En este caso para el personaje Quijotesco de la utopía social, que como un Moisés Bíblico apenas vislumbra la tierra prometida. El secuestrado no está exento del fin trágico, pero no en el presente del ladrón bancario, sino en otra etapa de la vida, cuando descubre una nueva verdad amorosa de los hechos pasados. Su compañera secuestrada que al ser liberados no vuelve a ver, por amenazas de un padre, la encuentra ya entrado en años en un avión donde se entera de la existencia de un hijo y de la verdad amorosa, pero ya es todo tarde como para un recomienzo, pues, ambos son víctimas de un accidente aéreo. En esta novela Medina García está en su mejor forma y quizás, la historia que nos relata no está a la altura del lenguaje narrativo.

Algo parecido sucede con “Memorial del Blasfemo”. Las estrategias narrativas son similares a sus otras novelas, pero encontramos que la bien expuesta identidad social de ciertas clases sociales hondureñas, le quita peso a la fábula. La novela roza el ensayo sociológico o el análisis político. El problema es saber a qué le damos más importancia, si a una tesis social o a una tesis narrativa. Independientemente de esto los hechos políticos contados tienen una conexión con hechos históricos identificables e incluso con personajes reales reconocidos. Por ejemplo, el personaje central de la novela Trigo de Jesús Vindel Bonilla tiene un guiño identificable con cierto escritor nuestro. Ya que el personaje si bien es cierto es periodista, tiene ciertas dotes para la escritura y escribe una especie de memorias repulsivas y blasfemas, digamos, donde refleja todas nuestras taras e idiosincrasias sociales. En algún punto el blasfemo quiere redimir nuestra sociedad contándonos quiénes somos y contándonos quien es el autor hundido en la abyección para salvarnos; pero al fin quien se salva es el mismo Trigo de Jesús, de la tragedia social que nos señala.

Podríamos decir que la novela resiste a través del conflicto psicológico del personaje central Trigo de Jesús Vindel Bonilla, cuya vida desesperada, desordenada y peligrosa, surge en un conflicto intrafamiliar originado por cierta madre infiel, que no le demuestra el amor maternal como a un hijo ni a él ni a su padre como esposa, lo que lo hace rechazar la imagen de su madre y a su vez la del padre por su debilidad frente a las supuestas infidelidades de la mujer. Al final se descubre la verdad de las acciones de la madre a través de su propio padre, que le permite a Trigo de Jesús reconciliarse consigo mismo y su entorno, dándole un nuevo rumbo a su vida personal, para después llegar a un absurdo final trágico. La tragedia es común en las tres novelas de Medina García. Los finales trágicos sirven en beneficio de quienes quedan como personajes secundarios de la novela, como si estos fuesen Cristos crucificados para la salvación de otros.

Hay mucho que decir de la obra de Medina García, baste por ahora, lo que hemos dicho y baste saber que tenemos un gran narrador nacional que requiere ese destino de todo escritor: que lo leamos, que podamos reconocernos en su obra y no desperdiciar su fina ironía, esa puerta a la felicidad lectora.