Pido la paz y la palabra

Por: Segisfredo Infante

Este es un artículo comparativo a prueba de memoria, en tanto me parece que la expresión “Pido la paz y la palabra” procede de un poema del escritor español Blas de Otero. Pero también podría ser, forzando las cosas, de T.S. Eliot, el enorme poeta británico, de origen estadounidense. Por eso Jorge Luis Borges sugería, en un momento de autojustificación, que un libro, una vez publicado, pasa a ser de varios autores o de la humanidad. Tal vez con eso Borges se disculpaba por haberle usurpado un poema a un escritor hondureño. Claro, Borges era un literato genial. Pero quizás también era genial o exquisito el poema del autor catracho usurpado. Podría tratarse de un poema de Jorge Federico Travieso o de Jaime Fontana. Mi autojustificación, en este caso, es que en el momento actual no tengo, ni de cerca ni de lejos, mi colección de poesía de los múltiples autores, sean excelsos, buenos, regulares o malos. Ni siquiera tengo el libro de Bioy Casares en donde relata esta anécdota penosa del gran Borges.

Aquí me detengo a recordar que algunos cronistas del pasado, sobre todo de los tiempos antiguos, pero también de la extensa época medieval, incluyendo la colonial, sentían la enorme necesidad personal de registrar por escrito cada paraje del entorno; cada característica étnica; el sabor de una fruta; la configuración geográfica; la arquitectura; la belleza de las mujeres; el panteón mitológico; los conflictos grupales; la confrontación con enemigos valerosos; y la herencia verbal y escrita de los ancianos. Algunos inclusive copiaban los libros de las civilizaciones visitadas. Los antiguos griegos, como viajeros por el “Creciente Fértil” y por el “Oriente Medio”, dieron un ejemplo extraordinario con Heródoto a la cabeza. Por eso sostengo la tesis que Heródoto es el padre de la “Antropología Cultural”. Mientras que Tucídides es el padre de la “Historia” como ciencia imparcial. En el caso de Honduras se vuelven insoslayables los escritos del sacerdote y licenciado Cristóbal de Pedraza, “Defensor de Indios”, en los comienzos de la Honduras criollo-mestiza. En consecuencia, nosotros deberíamos rescatar por escrito, imparcialmente, todo lo que ocurre en nuestro país, en un claro equilibrio conceptual entre lo excelente, lo bueno, lo regular y lo malo, sin exageraciones. Y buscar la manera de resguardar esos escritos, en un lugar ultra seguro, para la posteridad.

Pero bien. Ahora sólo se trata de los recuerdos vagos de algunos versos sueltos, cuyas autorías son difíciles de precisar. Son como mosaicos quebrados de figuras “antiguas” grabadas en la memoria deleznable de un lector que tuvo excelente capacidad recordatoria, y florida, en su primera juventud. O de un jugador mental de ajedrez. Estos mosaicos históricos son ahora borrosos, pero sirven para reconstruir las verdaderas historias de los pueblos, sean habladas o escritas. Veamos: Thomas Stearns Eliot decía lo siguiente: “April is the cruellest month” (o “Abril es el más cruel de los meses”). Si Eliot hubiese vivido en nuestro tiempo, hubiera dicho que marzo es el más cruel de todos los meses, habida cuenta de la alerta mundial tardía del nuevo “coronavirus”. Pero también sus mejores poemas están consubstanciados con las tristes experiencias de la “Primera Gran Guerra”. Tal es el caso de su extenso poema “Tierra Baldía”, de donde podría ser el verso de “Abril”. (En otras traducciones aparece el poema como “Tierra Yerma”).

Si un poeta o filósofo genuino pide “la paz y la palabra”, hay que prestarle mucha atención, en tanto en cuanto que los pensadores por regla general son alérgicos a cualquier tipo de guerra, discusión estéril o conflicto social. Las únicas aventuras que les gustan a los pensadores son las del “Espíritu”. Y en el caso poético las aventuras literarias, porque la palabra es la única arma “que el poeta tiene a su alcance”. Cuando un poeta ha perdido todo, “le queda la palabra”, o la caligrafía de sus labios. Pues “Mis ojos hablarían si mis labios enmudecieran” (…) “Pero debo callar, y callar tanto”. Todos estos versos podrían ser, lo repito, de T.S. Eliot o de Blas de Otero, porque este segundo poeta poseía “un rigor insólito”, lacónico, un poco en la línea de Juan de Yepes, el místico español, patrono de los poetas.

Recuerdo unos versos de un tercer poeta, que cualquier persona podría exclamar en una situación de soledad hospitalaria: “Todo me pueden quitar// excepto mi soledad, mi amor y mi desnudez.// (Todo le pueden quitar// excepto su soledad.)”. Son unos versos que siempre me sugiere releer, directa o indirectamente, el doctor Josué Danilo Molina, físico de partículas y un buen poeta escorado. La verdad es que a un filósofo o a un buen poeta le pueden quitar todo. Excepto su soledad. Y su capacidad de derribar “las puertas de la muerte”, al zarpar sosegadamente “hacia el futuro”. Por de pronto conviene leer y escribir en serio, a pesar de las tempestades humanas y geográficas.