EL editorial de ayer “Acción de Gracias”, fue generosamente elogiado, ampliamente difundido y comentado por los amables lectores que nos siguen en esta columna de opinión. Aunque la reacción casi generalizada fue que “desconocían que hubiese una efemérides de esa naturaleza en Honduras”. Y con toda razón, si aquí no se le da seguimiento a ninguno de los emprendimientos que nacen de gestiones anteriores. Ojalá solo fuese a exhortaciones a la oración y a la fe, ya que ello cualquier devoto lo puede hacer, todos los días, en lo íntimo del seno familiar. Sin embargo sucede con todo lo demás. Recordamos, solo a manera de ejemplo, lo que le sucedió a la Estrategia de Reducción de la Pobreza, exigida por los organismos internacionales de crédito para otorgar el borrón y cuenta nueva de la deuda externa. Lo que el país pagaba en aquellos días como servicio de la jarana –casi un 30% o más de los ingresos presupuestarios era destinado al pago anual de la deuda externa– se destinaría a la inversión humana contenida en ese plan.
El gobierno afanoso entabló un largo proceso de concertación, en cabildos abiertos, en todos los municipios de la geografía nacional. Contando con la participación de autoridades locales, las fuerzas vivas, sectores sociales, organizaciones comunales, en cada lugar. Finalmente el plan, elaborado en ese contumerioso proceso de consulta ciudadana, contentivo de los anhelos de desarrollo humano y prioridades de cada localidad, fue remitido a los organismos internacionales de crédito. Fue aprobado y en base a esa estrategia social, el año 2000 Honduras alcanzó el punto de decisión de la condonación de deuda externa. Solo restaba continuar con las gestiones en el Club de París y obtener el visto bueno de los países más ricos del mundo para viabilizar los recursos. Sin embargo ya que la gestión presidencial estaba a punto de concluir, dejó la Estrategia de Reducción de la Pobreza a la administración entrante. A modo que de allí en adelante, una vez alcanzado el punto de culminación, pudiese ser implementada. Sin embargo, a uno de los poderosos ministros del nuevo gobierno se le antojó descartar lo recibido. Era menester, para que el plan llevase el sello del nuevo gobierno y no del anterior, montar su propio escenario. En eso estuvieron, en un dizque diálogo nacional, formulando otro plan, cuando un replanteamiento o revisión sucinta del anterior –que ya estaba aprobado por los organismos internacionales– hubiese bastado. Anduvieron, meses y meses, en peregrinaciones por todo el país, otra vez, trabajando en el documento. Tanto chinearon aquello que el tiempo se les agotó.
Nada de lo contenido en el plan lograron realizar. Así que, ya de salida, anunciaron que dejaban aquel tamagás como legado al gobierno entrante. El que entró, echó a andar su propia modalidad de diálogo nacional, y echó la supuesta herencia que recibía –el legajo de papeles– al cesto de la basura. Parecido sucedió con el Día de Acción de Gracias. ¿Qué va a recordar la gente 23 años después, si posterior a aquello nunca se le dio continuidad? Se quedaron celebrando el Thanksgiving de los norteamericanos dando gracias que los peregrinos del Mayflower compartieron la cosecha con los indios en Pymouth. (Así como se disfrazan y se encaraman en escobas de brujas para el Halloween). El mensaje reproducido en el editorial de ayer fueron las palabras pronunciadas por el mandatario de aquel entonces, –que lidió con el bíblico diluvio–informando a la ciudadanía la razón por la instauración de un día para dar gracias. “La nación hondureña –explicaba– ha proclamado el último domingo de octubre como Día de Acción de Gracias a Dios por una iniciativa de nuestro máximo líder espiritual, monseñor Óscar Andrés Rodríguez, quien hace un año nos propuso que pudiésemos también los hondureños celebrar una jornada anual de esta naturaleza”. “Para que jamás se nos olvide el bien que se nos hizo y que nosotros pudiésemos hacer”. “Para que nosotros y nuestras familias vayamos considerando el dar gracias como algo especial en nuestra vida individual y familiar”. “Para que podamos educar a las jóvenes generaciones en la gratitud, porque dar gracias no es cuestión solo de iglesias, sino de corazones”. “A partir de entonces y para siempre este es un día en que inclinamos nuestros rostros en respetuosa reverencia, y vaciamos nuestra mente y nuestros corazones de todo otro pensamiento y otros sentimientos, para dejar que se exprese únicamente la voz agradecida de nuestros espíritus y, en fervorosa oración solemne y limpia, lleguen nuestros ruegos a los pies de nuestro Creador”. (Pero lo anterior, como muchas otras cosas, solo es historia).