“EL POTRERO”

TECLEÁBAMOS en la computadora –como de costumbre– el texto sobre el tema que pretendíamos abordar en este espacio editorial, cuando de pronto el nieto nos interrumpe con la noticia: “¿Supo? Acaba de morir Diego Armando Maradona”. (Opacadas todas las demás noticias nacionales e internacionales). Nosotros no somos seguidores del fútbol, él sí lo es. Sin embargo respetamos la pasión que el fútbol enciende en los espíritus. El nivel de dominio de la pelota de los jugadores; la técnica y la estrategia de las jugadas. Todo un espectáculo. Para muchos, hasta las potras donde tiran patadas a la diabla y manotadas a lo loco, son motivo de entusiasmo. Ninguna otra disciplina recreativa descarga la adrenalina de los deportistas con tanta intensidad o produce arranques de frenesí en los aficionados, como el fútbol. En los países donde el deporte se practica –más que la política o cualquier otra práctica– produce una sensación de identidad colectiva y devoción casi lindando con la religión.

Otra vez, Carlitos entra a la oficina –detenemos la secuencia de las líneas escritas– para continuar la plática. ¿Sabe usted por qué a Maradona lo idolatran tanto en Argentina? Ya dijimos que somos legos en la materia. Pero, esta vez, creyendo saber la respuesta, rápido contestamos: Sí, por aquel gol que metió con la mano. “Algo así –nos corrigió– pero fue por el desquite de las Malvinas”. Vaya –interesante, pensamos– el contexto histórico de la proeza. No recordábamos el detalle. Que aquello ocurrió en el Mundial México 1986, en el partido estelar contra Inglaterra. El primer tanto fue la atrevida “mano de Dios”, la anotación con la mano, sorprendiendo al portero. Sin que el árbitro –y nadie de primer momento– detectase la ilegalidad y la pillería. Una improvisación magistral, donde cabecea, para aparentar que se trata de un envión con la cabeza, pero le arrebata al guardameta la pelota con la mano. Y empuja el gol. Y como si aquello no hubiese sido suficiente, el argentino se consagra. “Acaba con las esperanzas inglesas minutos después, con un soberbio gol tras quitarse a medio equipo europeo desde la mitad de la cancha, denotando la calidad que siempre llevó en su pierna zurda”. “El fútbol –comentan los expertos– no se volvió a ver de la misma manera”. Pero retomando el episodio histórico de la guerra de las Malvinas. Cuando la Margaret Thatcher, esculpiendo sus perfiles de “dama de hierro”, se ensañó con la armada argentina –gobernaba una Junta Militar– tirándoles encima los poderosos buques de la marina británica.

Aunque –irónicamente, al margen del orgullo argentino herido– “el triunfo del Reino Unido precipitó la caída de la dictadura que condujo al restablecimiento del Estado de Derecho”. Sin embargo, para la vibrante afición del país suramericano, la revancha por la derrota sufrida en las Malvinas, la lograron en otro campo. No precisamente el de las trincheras militares, sino en las canchas de fútbol. De allí que el astro más brillante del fútbol argentino, a quien el mundo del balompié idolatró a estadios de santidad, adquiriese ese otro simbolismo. Visto solo bajo la óptica deportiva, los alcances del mítico gol tienen esta otra explicación: “Nosotros somos así: –comenta uno de los entendidos– el potrero es así”. “El potrero no aplaude al honesto, aplaude al atrevido, aplaude al pícaro; y aplaude a aquel que se sabe aprovechar de todo incluido el reglamento”. “Y luego aplaude el virtuosismo”. “Diego fue capaz de abarcarlo todo en dos jugadas”. “Difícilmente encontremos mayor argentinidad en ningún otro partido que en ese”. Con esto íbamos a concluir, si no es que nos ensimisma el diálogo entre Anthony Hopkins y Jonathan Pryce. En la película “Los dos Papas” –cuando el papa Benedicto XVI increpa la presuntuosa erudición con la que el cardenal Jorge Mario Bergoglio responde a cada una de sus reprimendas– el ahora papa Francisco intenta reducir la tensión recurriendo a una broma: “¿Usted sabe cómo se suicida un argentino?, se sube arriba de su ego y de allí se tira abajo”.