CUALQUIERA que de pronto se levante de un largo período de hibernación y sintoniza el bullicio de los últimos días contra la fiabilidad de los votos depositados en la elección, no adivinaría que se encuentra en los Estados Unidos. Si esa es la democracia referente de occidente. ¿Cómo allá puede ser posible ese debate enrarecido de chanchullos, trampas y conspiraciones para robarse el poder? ¿La viabilidad siquiera de un entramado fraudulento hábilmente tendido para defraudar a los ciudadanos? ¿Una conspiración cubana –y vea los chinos no tengan las manos untadas– contando con la malicia del dictador venezolano, experto en triquiñuelas electorales para eternizar en el poder? Disponiendo del último grito de la informática y de la tecnología para el jaqueo de computadoras. La manipulación del software y los algoritmos que quitan y ponen votos a conveniencia. El trastoque de las máquinas electrónicas de votación y de escrutinio y de los sistemas de transmisión de resultados.
Pensaría extrañada –esa persona– que ha despertado en otro lado. Quizás en medio de la frondosidad selvática tercermundista. Donde los pataleos por supuestos fraudes montados, no son la excepción sino la costumbre. A nadie asusta una narrativa como esa en ambientes absolutistas. Y hay que decirlo, con tristeza y resignación cristiana, en la atmósfera neblinosa de desconfianza, de dudas y de sospechas de muchos de estos pintorescos paisajes acabados. Sin embargo, pareciera que ya afloran signos que la entretenida función está por acabar. En un mensaje de Twitter, POTUS señala “que el cambio de posición de la GSA (Agencia Federal de Administración de Servicios Generales) tiene su visto bueno”. “(Pensando) en el mejor interés de nuestro país, estoy recomendando que Emily y su equipo hagan lo que necesite hacerse en relación con los protocolos iniciales y le he dicho a mi equipo que haga lo mismo». Ello, hasta donde un mensaje como ese podría entenderse, todavía no constituye un reconocimiento de la derrota o que intenta conceder la elección a su contrincante, ya que a renglón seguido agrega: «Nuestro caso continúa con fuerza. Vamos a seguir dando una buena pelea y creo que vamos a vencer». Sin embargo, los demócratas y el presidente electo celebraron jubilosos lo que a su juicio es lo más cercano a una concesión. Hasta ahora POTUS ha contado –por acción u omisión– con el apoyo de gran parte de la dirigencia del Partido Republicano.
Sin embargo en las últimas horas voces de líderes republicanos de peso –como Chris Christie, exgobernador de Nueva Jersey– calificaron de “vergüenza nacional” la actuación del equipo de abogados de la campaña oficialista. Con exhortaciones a abandonar las impugnaciones. El equipo de campaña de Trump ha concentrado sus impugnaciones en un puñado de estados bisagra sin que hasta ahora haya logrado revertir ningún resultado. Parecido llamado hicieron varios senadores del partido oficial. Aducen que llegó el momento de “pensar en los intereses del país e iniciar el proceso de transición”. Unos 160 líderes empresariales suscribieron una carta abierta urgiendo reconocer a Biden como presidente electo ya que “evitar que un gobierno entrante acceda a recursos e información vital pone en peligro la salud pública y económica, así como la seguridad de Estados Unidos». Así que, para efectos de este trance, la transición ya comenzó.