APENAS unas horas atrás, el lento conteo en Nevada, con sus 6 votos electorales, parecía contener la llave del cofre del tesoro. Ello es, la clave para alcanzar los 270 votos con que se gana el Colegio Electoral. Pero, “nada está dicho hasta que cuentan el último voto”. Estas elecciones son confirmación del aforismo. Las cadenas noticiosas, valiéndose de la tendencia, ya adjudicaban Georgia y Pensilvania a Trump. Parecía que todo descansaba en quién se adjudicaría Nevada. En el último suspiro –con el 98% de los votos computados– Biden comienza a rebasarlo por escasos márgenes. ¿Cómo es eso posible? ¿Otra vez la magia de los votos rurales? Algo parecido. Los votos por correo que Trump –algo presentía– ha venido denunciando de ser una “patraña”. A estas alturas, Biden gana, si se adjudica por un mínimo de diferencia esos reñidos resultados.
Otra muestra que los dichos populares son torrente de ilustración. Del repertorio tomamos este otro: “Caballo que alcanza, gana”. (Esta no es carrera de caballos. Son otros los animales: El “burro”, símbolo de los demócratas, alcanzó al “elefante”, símbolo de los republicanos). Es lo que pareciera ocurrirá en esta elección presidencial de los Estados Unidos. Las encuestas que daban al candidato demócrata hasta más de 10 puntos de ventaja sobre su contrincante, fracasaron. No hubo tal contundencia como vaticinaban. Más bien finales de infarto en los Estados bisagra. Votaciones con diferencias bien apretadas. Pudo haber sido que en su momento Biden tomó una fuerte delantera. Sin embargo, Trump la fue estrechando en los últimos días de campaña. A fuerza de duros ataques a su adversario y numerosos mítines –hasta media docena de paradas en el lapso de 24 horas– en los lugares competidos. Trump ha recurrido a los jueces para que paren la cuenta de papeletas en algunos lugares. Ha exigido recuento de votos en otros. Dio una conferencia de prensa declarándose ganador y a la vez arguyendo que este era “el fraude” más grande jamás montado. Acaba de expresar: “Estas elecciones no han terminado”. Confidentes cercanos aseguran que no va a conceder la elección aunque se encuentre bloqueado. O sea que van a tener que arrancarle la presidencia porque no la va a entregar sin brusca pelea. Hay síntomas que dan una lectura. Saben que están en apuros. El primogénito de Trump la emprendió contra la dirigencia republicana dizque “ha sido débil en el apoyo a su padre mientras disputa la reelección”.
“La total falta de acción –subió a su cuenta de Twitter– de todos los aspirantes republicanos para el 2024, es vergonzosa”. “Nuestros votantes no van a perdonarlos si actúan como ovejas”. Los todólogos intuyen –bajo el supuesto que saben que perdieron pero no van a admitirlo– que el muchacho prepara el terreno aspiracional de la próxima contienda, dentro de 4 años. Bien para él –algunos le detectan esa apetencia– o para su hermana Ivanka. O podría ser un regreso (“I shall return”) del mismo Trump. Bien puede ser que politólogos gringos vean con sorna el tanteo de estas posibilidades. Más sin siquiera haber concluido sus cálculos sobre lo que sucedió en esta contienda. ¿Qué van a saber analizar –dirían– la complicada democracia norteamericana aquí en estos pintorescos paisajes acabados? Pues, no se extrañen que otros los entiendan más de lo que ellos se entienden a sí mismos. Quienes pasamos –en estos ejercicios periodísticos– desenredando enzarzadas madejas nacionales, hemos desarrollado alguno de los sentidos. Viendo desde un rincón tercermundista, los toros desde la barrera, nos guiamos por el olfato provinciano. Recurriendo a otro dicho popular: “Que los árboles no te impidan ver el bosque”.