La nueva Revolución Disipada

Héctor A. Martínez (Sociólogo)

Conocí a Manuel, un investigador chileno que trabajaba con grupos LGBT, allá por 1998 cuando formábamos parte de un proyecto del Fondo de Población de las Naciones Unidas. Era la primera vez que escuchaba hablar de Jacques Derrida y de todo el proceso de deconstrucción del lenguaje, tema al que no le presté la debida atención por extraño y confuso. Manuel me explicaba que el nuevo orden mundial -capitalista, desde luego-, llegaría a su fin debido a las protestas silenciosas de miríadas de inconformes marginados que se aglutinarían para “destruir” el sistema republicano a través de un lento proceso que llevaría quién sabe cuántos años. Lo creí un loco idealista porque, a decir verdad, los proyectos revolucionarios ya habían pasado de moda. Hoy en día, las explosiones sociales en Chile comenzaron a darle la razón.

La idea de retar “silenciosamente” al poder procede del filósofo francés Félix Guatarri, para quien las revueltas del 68 no fueron más que intentos anárquicos de bajo impacto, y las revoluciones armadas guiadas por el marxismo no garantizaban la victoria final, pero sí un desgaste total en los contendientes. Por ello había que buscar otra alternativa, y Guatarri la encontró en el mundo de los inconformes y marginados del sistema, cuya población crece exponencialmente mientras los recursos disponibles lo hacen de manera aritmética: cada día hay menos para ofrecer a los más.

Le llaman la “Revolución Molecular Disipada”, cuyo objetivo es sembrar el “caos pasivo” aprovechando la baja oferta de empleo en el sector privado, y los pésimos servicios que ofrece el Estado de Bienestar, cuyos planes y programas excluyen a millones de seres humanos entre los que se cuentan, egresados universitarios, jubilados, amas de casa, comunidad gay, etnias, migrantes, y un gran etcétera cuyo denominador común es el deterioro de la calidad de vida y el miedo ante el futuro.

El tipo de organización reticular es aparentemente disipado, es decir pasan desapercibidos para la sociedad. Se trata de “moléculas” divergentes, individuos invisibles que protestan por la falta de agua, por la inseguridad en sus colonias, del pésimo estado de las escuelas y centros de salud, por el aumento al transporte, los salarios, precios del alquiler, o la falta de internet residencial, en fin: personas que, contadas por millones, comienzan a sentir el peso de los bajos ingresos y las limitantes en los patrones de consumo. Por ello, Guatarri propone “desterritorializarlos” para posteriormente “reterritorializarlos” dentro de la maquinaria capitalista, a través del uso de un lenguaje bastante sofisticado, poco entendible para el lego, incluso para los mismos inconformes. Se trata realmente, de una revolución con fachada de protestas inocentes, sin peligro aparente para el sistema, pero, en la práctica subyace -a manera de rizoma-, toda una escalada silenciosa con poder de convocatoria a través de las redes sociales, plazas públicas, música, grafitis, los chicos del barrio, etc.

Para impedir que crezcan en volumen, el sistema les permite dialogar, cederles espacios y hasta curules en el congreso, pero de nada sirve: los objetivos están trazados y la “infección” ideológica seguirá su curso hasta llegar a tomar las arterias viales y sitios estratégicos. Para cuando el sistema se percata del peligro, ya es demasiado tarde: el poder verdadero surge como hierba después de las lluvias, organizados en calles y plazas, con una logística que incluye agentes extranjeros, alborotadores profesionales, puntos de abastecimiento y atención médica para atender “gaseados”, fotógrafos y expertos blogueros que publican los atropellos contra los manifestantes. Esto sin contar el financiamiento proveniente de organizaciones y personajes que prefieren ocultar su verdadera identidad.

De modo que, mientras el poder duerme tranquilo, fuerzas oscuras trabajan denodadamente en procura de quitarles ese sueño apacible y el poder, desde luego. Y lo conseguirán, tarde o temprano. Manuel tenía razón.