Álvaro Sarmiento
Posiblemente en el momento de la publicación de esta columna, el huracán Eta habrá provocado impactos negativos en la vida y la propiedad de la mayoría de los países centroamericanos. A los fenómenos naturales no les detienen las fronteras dibujadas por políticos hace doscientos años. Al final del día, Centroamérica guste o no, es una minúscula región, comparada con otros países y regiones, incluso en Latinoamérica, donde la integración, al menos económica no es opción y donde el apoyo mutuo es más bien una necesidad de supervivencia. Para muestra un botón, todos recordamos los aviones de la FAH aterrizando en los aeropuertos de nuestros países repartiendo pruebas del COVID-19, donadas por el Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE).
Durante la última Asamblea del BCIE, realizada en el mes de septiembre, se aprobó -entre otros- la Estrategia Institucional 2020-2024. También el financiamiento de US$400 millones para la compra de la vacuna contra el COVID-19. Seguramente dicha compra será regional y seguirá los mejores estándares internacionales de transparencia y eficiencia.
Si bien es cierto esta pandemia vino a “aguar” las celebraciones alrededor del 60 aniversario del BCIE, algo totalmente irrelevante en estas circunstancias, trajo un aporte sustancial y esperemos perdurable a la región, una visión fresca, moderna, equilibrada entre lo táctico y lo estratégico e incluyente de los temas necesarios para reconvertir a ese banco en una institución útil para la generación de riqueza y desarrollo equitativo en la región, bajo una perspectiva de dos ejes transversales; Sostenibilidad Ambiental y Social, y Equidad de Género.
Sería una temeridad tratar de comentar en una sola columna todo el documento, no solamente por su extensión, más bien por la importancia de los pilares que se definen, pero me adelanto a algunos puntos críticos.
Me ha llamado la atención el punto de arranque, 60 años de experiencia, buena o no tan buena. No es común encontrar la sabiduría para construir sobre bases que han puesto otras administraciones. Se vence la creencia -falsa- que todos los anteriores lo han hecho mal.
Dos de los tres ejes estratégicos son: Competitividad Sostenible, que busca intervenir en los factores que determinan la competitividad regional, un concepto complejo, ya que la mayoría de los policy makers únicamente tienen ojos para la competitividad nacional, y actúan de la misma manera que Caín, respondiendo “¿soy acaso el guardián de mi hermano -Abel-? Solo recordemos los recientes bloqueos de carreteras en algún país de la región y sus impactos en el comercio centroamericano. Es poco realista obviar las debilidades de los vecinos.
El segundo eje, la Integración Regional, a través de iniciativas regionales, en sectores específicos, del financiamiento y de la promoción de la región como un mercado integrado. Aquí el gran reto es definir, montar y concretar operaciones de financiamiento donde la responsabilidad crediticia es soberana para cada país. Se deben desarrollar esquemas financieros innovadores para proyectos con impacto regional. Un ejemplo reciente y seguramente emblemático para el BCIE será el Plan Maestro del Golfo de Fonseca. Otro reto importante podría ser el desarrollo del mercado eléctrico regional, cuyos efectos en competitividad son inmediatos.
Otro elemento especialmente relevante es la coordinación e integración de las prioridades de país y región con las prioridades institucionales. Asimismo, la alineación con los grandes objetivos de la Agenda Mundial de Desarrollo. Seguramente lo que se pretende es reafirmar la esencia de banco de desarrollo e integración y no reducir al BCIE a otra fuente relativamente barata para proyectos de infraestructura. Todo indica que el 2020 no solamente dejará la pandemia, sino más bien el replanteamiento de un nuevo banco de integración.