Aldo Romero
Periodista y catedrático universitario
Tras un histórico plebiscito, Chile dio muestras al mundo de verdadera solidez democrática al aprobar por abrumadora mayoría la redacción de una nueva Constitución, que supere los traumas del pasado y consolide el proceso de recuperación de la legitimidad política, mediante la participación ciudadana y la garantía de que se atenderán sus principales problemas a través de la sinergia y la empatía con su liderazgo político.
¿Deben los países latinoamericanos seguir el ejemplo chileno? Qué gran interrogante. Y la respuesta es que definitivamente sí, en especial aquellos cuya fragilidad institucional y altos niveles de corrupción, no permiten fortalecer la democracia, crear prosperidad y generar desarrollo humano.
A lo largo de los años, el concepto de democracia ha venido sufriendo innumerables transformaciones que incluso han sido utilizadas de manera contradictoria por sistemas políticos y de gobierno, ejerciendo acciones y prácticas totalmente opuestas a las democráticas.
Para conceptualizar, entenderemos “democracia” como un proceso amplio y creciente de participación e integración ciudadana en la vida política, social y económica del Estado y que su finalidad es la participación popular en la toma de decisiones, particularmente en aquellas que afectan directamente su entorno.
La democracia no consiste simplemente en acudir cada cierto tiempo a procesos electorales para elegir autoridades, por el contrario, es un medio que garantiza verdadera libertad y calidad de vida, que se sustenta en el correcto equilibrio de poderes y en la alternancia en el ejercicio del poder.
Tomando como ejemplo el caso de Chile, vale la pena retomar los criterios de estudiosos de la ciencia política al plantear que para que un país alcance niveles de verdadera democracia debe reunir como mínimo tres características fundamentales:
Inicialmente, la igualdad en el acceso al voto. Se refiere a la participación equitativa y en igualdad de condiciones, la auténtica expresión ciudadana manifestada mediante el ejercicio del sufragio libre de manipulación y extorsión política, se trata de la opinión pública expresada voluntariamente en las urnas.
Una segunda característica es la igualdad de participación en la toma de decisiones, en este caso hablamos de democracias maduras y liderazgos socialmente comprometidos con el bienestar colectivo y no el propio, más que políticos demagogos se requieren estadistas abiertos a figuras reivindicadoras como el plebiscito, referéndum, la iniciativa popular o la revocatoria del mandato.
En tercer lugar, elecciones transparentes, plurales, que rompan con el abstencionismo y que sean representativos de los diversos sectores de la sociedad, procesos libres, imparciales, que se realicen al menor costo posible y liderados por instituciones capaces de generar confianza electoral antes, durante y después.
¿Utópico verdad? Parece un sueño o una aspiración inalcanzable en democracias fallidas como las nuestras que son caracterizadas por la centralización y el mal uso del poder, el individualismo, la politiquería, la influencia y los abusos, entre tantos vicios practicados por falsos líderes cuya consolidación y fortaleza se concentra precisamente en las prácticas populistas y antidemocráticas.
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