AL momento de escribir estas líneas dos acontecimientos mantienen en vilo al amable público. Como dirían los periodistas, se trata de noticias en desarrollo. Las elecciones en el país más poderoso del mundo y la amenaza de la torrencial tempestad. Ambas, en una u otra forma, afectan de manera directa a estos pintorescos paisajes acabados. El futuro de los compatriotas inmigrantes en los Estados Unidos –sus trabajos, su estabilidad, su seguridad y las remesas que mandan a sus familiares– depende de lo que suceda en las próximas horas. En juego –y en esto las predilecciones difieren– está la política norteamericana a los países hispanos. Diferenciada por las variantes entre administraciones demócratas o republicanas. El peso, la influencia, las repercusiones, para bien o para mal, de esa asimétrica relación, se sentirá tarde o temprano. Sin embargo, de momento, lo que transcurra a causa del fenómeno natural, es lo apremiante.
ETA, huracán categoría 4 con ráfagas de viento de 240 kilómetros ingresó a territorio del Caribe nicaragüense por puerto Cabezas. A su ingreso a Honduras –anticipan que su paso será atravesando la franja geográfica central, con ramificaciones en sectores orientales, occidentales y el litoral norte– ya degradado a depresión tropical. Calculan precipitaciones oscilando entre los 200 y 300 milímetros de lluvia. A los expertos –pero también a los legos– les encanta comparar una calamidad con otra. Digamos, el efecto gravoso en las economías por la pandemia –arguyen– es equivalente al sufrido durante la gran depresión. Quién sabe. Por dañina que resulte esta zambullida, dudamos que sea apocalíptica. La gran depresión casi lo fue. Basta revisar que no fueron únicamente los estímulos de Roosevelt –del New Deal durante sus tres períodos– que reactivaron los mercados norteamericanos o consiguió dar empleo al batallón de desocupados. Fueron otros los batallones. Paliar los efectos ruinosos de la depresión en todo el planeta requirió de muchísimo más. Tomó de una conflagración mundial. Echar a andar los motores industriales, tecnológicos y de intercambio –destinado a producir masivas toneladas de armamento, alimento, provisiones, bombas, pertrechos, tanques, aviones, buques, submarinos, vehículos de transporte, fortificaciones, combustible, etc.– de los países en guerra. Todos los recursos y la riqueza planetaria colocados al frente para paliar los efectos ruinosos de la gran depresión.
Dicho la anterior, si de equivalencias se trata, no es este el momento de equiparar una calamidad con la otra. Consta en referencias históricas –hasta donde pudieron ser cuantificadas y contabilizadas– los daños devastadores de aquel bíblico diluvio. La casi ruina total que sufrió el país. Nada abonarían los paralelismos en esta hora de tribulaciones. Cuando la atención completa debe enfocarse a salvar vidas, lidiar con la emergencia y la rehabilitación. A la reparación de los daños que pueda ocasionar esta tormenta al territorio nacional. Crítica en los centros urbanos. Pero especialmente nociva en el campo. El perjuicio a la cosecha. Lo que hasta el momento ha respondido con generosidad. Que los mercados no hayan padecido por falta de abastecimiento o carestía de comida. Dios quiera que el mal sea en proporciones manejables. Por supuesto, lo primero es lamentar la pérdida de preciosas vidas humanas. Inevitable sopesar que esta calamidad se suma al golpe destructivo a las actividades productivas propinado por el coronavirus. Pero bien. No hay que abrumarse en lamentaciones. Hay que valorar las herramientas con que se cuenta. Después de aquel bíblico huracán quedaron montados los sistemas de contingencia nacional. Bien equipados, adiestrados y estructurados. Dotados de los instrumentos necesarios de alertas y respuestas tempranas y de rápido auxilio. Redes de cooperación institucional, municipal, como de la sociedad civil para responder eficazmente al embate de la naturaleza. Las brigadas y cuerpos de socorro. Los soldados, la primera línea de respuesta en las operaciones de salvamento y asistencia, liderados por la generación de oficiales preparados durante aquella desafiante experiencia. A pesar del menoscabo, siempre habrá mucho más en el haber con que revertir los reveses. Queda la fe, que mueve montañas. Y la voluntad del espíritu para remontar la escarpada.