Isaac Asimov y sus bromas matemáticas

Por: Segisfredo Infante

Tengo la percepción que aquel hombre poseía virtudes enciclopédicas tardías, al publicar diversos textos que le son comunes a la literatura, la ciencia, la tecnología, la religión y a la ciencia ficticia novelada, concebida como futurología. Inclusive llegó a publicar un voluminoso tratado (o hipotético estudio) sobre la Biblia. Se puede sugerir, con cierto grado de certidumbre, que Isaac Asimov fue uno de los escritores que más publicó libros y artículos heterogéneos en toda la existencia epigráfica y bibliográfica de la humanidad, incluyendo colecciones de temas históricos específicos. A la par de Asimov, en cuanto a la cantidad de libros publicados concierne (cerca de quinientos títulos), podríamos colocar el nombre de Ryoki Inoue, el escritor brasileño-japonés que ha publicado más de mil novelas. Superándolo, con casi cuatro siglos de anticipación, el dramaturgo, poeta y novelista español Lope de Vega, con más de mil quinientas obras más o menos conocidas, y otras que se han extraviado. Habría que añadir, tal vez, los libros del filósofo y médico persa Avicena; los del novelista francés Honoré de Balzac; y los de unos pocos más.

Aparte de plausible me parece respetable la versatilidad científica y la fluidez estilística de Isaac Asimov. Un gran popularizador de la ciencia, a la par del científico Mr. Carl Sagan. Empero, considero que sus libros de “Historia” incurren en el error de ser excesivamente flojos e imprecisos. Es más, cuando él aborda el origen histórico de los números, suele caer en vaguedades, con algunos toques de petulancia, que son típicos de aquellos científicos euro-centristas que tienden a desconocer la ciencia histórica imparcial, sobre todo en lo que concierne a los aportes matemáticos de los antiguos sumerios, egipcios y fenicios, que es como una esfera de conocimientos que cuenta con un respaldo epigráfico documental muy sólido. Para nadie debiera ser desconocido que los fenicios inventaron el “alfabeto” originario de letras consonantes, a partir de la escritura cuneiforme de los sumerios. Alfabeto (nuestro alfabeto) al cual los griegos le sumaron las letras vocales.

Como contrapartida de lo anterior, cuando Isaac Asimov se involucra en el estudio de las civilizaciones recientes, se alza en el horizonte como un escritor más o menos sólido que hace gala de chistes matemáticos y de un excelente sentido del humor, tan necesario en estos tiempos de depresión individual y colectiva. En su libro “De los números y de la historia” (de noviembre de 1975), el autor relata situaciones divertidas como la relacionada con el supuesto número más grande, esto es, el famoso número “googol”, el cual fue sugerido por el gruñido de un bebé que era hijo de Edward Kasner o creo que de James Newman, ambos científicos de prestigio. También relata que un profesor había clasificado a los matemáticos, a los poetas y a los teólogos, bajo la etiqueta de seres místicos, en tanto en cuanto que todos ellos creen en los números que “No tienen realidad”. Asimismo, sugiere que un hombre, más una mujer, son como una ecuación algebraica cuyo resultado es un problema incógnito al revés de lo que sucede con las operaciones matemáticas normales ya despejadas. Y añade la broma que “uno por uno es igual a uno; gracias a Dios”.

Isaac Asimov (1920-1992) exhibía, hay que reconocerlo, la gallardía de confesar que él era incapaz de resolver acertijos numéricos y que, aunque adoraba las matemáticas, esta ciencia siempre había rehuido de su presencia, mostrándose indiferente con él. Ello me recuerda un pasaje de la novela “El Nombre de la Rosa” de Umberto Eco. Es muy chistoso, además, al relatar que en algún momento creyó haber descubierto (con pensamientos aritméticos elementales) la solución del último teorema de Fermat, para enterarse, cinco minutos más tarde, que había incurrido en una tontería. Casi todos sabemos que el famoso teorema de Pierre de Fermat fue demostrado, ahí por 1993-1995, por el matemático británico Andrew John Wiles, a quien le he dedicado cuando menos un par de artículos elogiosos, en ligamen con Fermat.

Igualmente hizo gala de humorismo, Mr. Isaac Asimov, cuando reprodujo la anécdota vinculada al gran matemático alemán Friedrich Gauss, a quien en el justo momento en que resolvía un problema matemático le informaron que su esposa se estaba muriendo, ante lo cual, cuenta la leyenda, Gauss murmuró: “Díganle que espere un momento a que yo termine”.

Dentro del libro arriba mencionado Asimov confiesa que si él creyera en la teoría de la reencarnación, desearía que su alma hubiese habitado en el cuerpo de Arquímedes. En primer lugar, porque se trata del “hombre de ciencia más grande de la Antigüedad”; afirmación que personalmente comparto. En segundo término porque Arquímedes, al igual que Asimov, era apasionado de los grandes números, a tal grado que en una ocasión el griego trató de calcular el tamaño del “Mundo”, según los datos de aquella época.