Debilidades y virtudes del espíritu humano

Por: Jorge Erasmo Bustillo

Al ver ese extraordinario milagro de su creación, donde había creado estrellas y planetas en el gran espacio sideral que llamó cielo, el Arquitecto del Universo observó que todo aquello era hermoso, y se admiró de lo que había hecho en el llamado planeta Tierra, en cuyas aguas que forman los mares, nadaban toda clase de peces, también en el suelo andaban diversos animales, asimismo, en el aire volaban multitud de aves dotadas de graciosas voces que animan el ambiente, y en las praderas los árboles y arbustos con hermosas flores, forman mágicos cuadros con su paleta de vivos colores.

Era tan maravilloso aquel armonioso panorama, que Dios pensó que debía conservarse, y que era necesario que alguien lo cuidara. Entonces con su poder omnipotente, creó al hombre y a la mujer, con las cualidades de la inteligencia, el sentimiento y el razonamiento, y hasta con la potestad del libre albedrío, además de sustancias espirituales como el alma, que, por ser inmortal, es capaz de entender, de querer y de sentir, y es la fuerza fundamental del ser humano. Y porque deseaba tener una comunicación con los seres notables que había creado, decide concederles su imagen y semejanza, que comprende parte de su poder, para que también puedan inventar las cosas que necesiten. Y los ama tanto que les entrega su gran regalo para que lo cuiden como su propia herencia. Les ordena que se multipliquen, que dominen todo aquello y disfruten lo que les ha entregado. Que todos convivan en armonía, para sostener ese júbilo que se llama felicidad.

Pero a pesar de haber sido la criatura elegida por su Creador, con el designio de ser el amo y señor de su gran obra, el ser humano defraudó ese propósito eminente, porque no supo comprender el plan provechoso para la convivencia humana, con las cualidades y sustancias espirituales con que fue agraciado. Las virtudes que son las gracias que lo determinan como el principal ente del génesis de la vida, las sustituye por las perturbaciones de la inmoralidad, que desorientan el actuar coherente de sus capacidades intelectuales, porque su ingenio fue envanecido por el encanto de los señuelos de la avaricia, y le hicieron cambiar su pensamiento libre, por el libertinaje que implica la práctica de actos deshonestos que repudia la sociedad.

De acuerdo con la disposición de Dios, el ser humano fue creado y congraciado con los dones que le hacen un digno ejemplo de la especie que concibe su voluntad, cuando actúa bajo las normas de la decencia que son los preceptos que deben guiar la actividad privada y pública. Como ejemplo, la probidad, es la concepción del quehacer de las virtudes. Es la plenitud que debe prevalecer en el actuar humano, junto con la integridad que es la fuerza que orienta los efectos de la fragilidad, que violenta la plena disposición de la persona. La bondad, que es la generosidad que aviva la conducta y la disposición para hacer el bien, y amar al prójimo. La afable caridad y la constante rectitud, que fortalecen el ímpetu ardiente del corazón, y la honestidad, que es la virtud de la conciencia que no ha sido contaminada por la inmoralidad.

Entre los vicios de la inmoralidad, se destacan la avaricia, la corrupción, la delincuencia, el racismo y el odio. La avaricia, que es el afán de obtener riquezas para atesorarlas. La corrupción es una de las perturbaciones más perniciosas, porque quienes la practican, no se inmutan ante los agravios de los que sufren por su maldad. Por el contrario, se vanaglorian de su sagacidad y vil astucia, porque lo consideran un logro de su “inteligencia”. La delincuencia, de la que se derivan varias agresiones, como el asesinato, el asalto, el rapto y otras violaciones. El racismo, que es el menosprecio de una clase presuntuosa, hacia otra a la que considera de menor prestigio y de vulgar linaje. El odio, que es un trastorno que confunde el entendimiento y puede inducir a quien lo padece, a cometer actos de violencia. Este es el desvío de las mentes enfermas, que sublimizan la arrogancia, porque desconocen la placentera recompensa de las virtudes.

La turbación de la convivencia humana, es una alteración del sentimiento que causa daño físico y moral a quien recibe la ofensa. Cuando la actitud grosera de la corrupción se convierte en una degeneración arraigada, porque algunos sectores políticos y económicos se confabulan y aceptan esta corruptela como una conducta normal en el quehacer de los funcionarios públicos, la política, que es la ciencia para gobernar, se convierte en la doctrina de la rapiña, y el Estado es la universidad en donde se gradúan los alumnos más “ingeniosos”. Y es por eso que existen sectores marginados, donde hay niños, mujeres, discapacitados y personas de la tercera edad que se les violan sus derechos, porque no reciben atención en su salud, ni en sus necesidades esenciales. Estas injusticias son la causa de las respuestas agresivas porque fomentan la organización de grupos de delincuentes, o pandillas que causan desorden social. Los pueblos pasan con la permanente secuela del sufrimiento, con esa angustia causada por el hambre y la miseria. Además, soportan la voracidad de algún sector económico que los esquilma en el salario por la fuerza de su trabajo. La avaricia y el abuso de poder, que es la ambición de obtener riquezas, fama y honores, quebrantaron los preceptos que son vitales para mantener la justicia, la paz y la seguridad en los pueblos del mundo.

Deseamos que después de que pase la crisis del coronavirus, que nos ha dejado una triste advertencia, una enseñanza para que aprendamos a sostener una relación de comprensión, de tolerancia y concordia, y como un nuevo milagro del Creador, sobrevenga una incontenible agitación en cada espíritu humano, con los elementos prodigiosos de la dignidad, que es la esencia de las virtudes, y que, nos permita enmendar las aberraciones anteriores, para transformar la vida colectiva del mundo en lo político, en lo social y en lo espiritual, para que podamos convivir en un nuevo ambiente de justicia, de amor, de paz y de seguridad, para que la jornada de nuestra existencia sea pertinente con la voluntad de Dios.