Segunda vuelta

Por: Carlos López Contreras
Ex Canciller de la República

Es sin duda un tema político de actualidad; consolidado en algunos países con estabilidad política relativa, en América y en Europa; asimismo vigente en países que no son muy estables. Como todo en política, la segunda vuelta tiene partidarios y adversarios, a veces apasionados.

En Honduras, algunos sectores han planteado la posibilidad de establecer la segunda vuelta, con pasión, pero no siempre con examen profundo del tema. Se afirma que la segunda vuelta traería mayor representatividad al gobierno electo, pero no basta que la segunda vuelta esté de moda para hacer un mimetismo político. Hay que ver la experiencia en otras democracias.

Comencemos por Chile, su primera ronda fue el 19 de noviembre de 2017, participando 8 candidatos, resultando Sebastián Piñera con el 36.64% de los votos válidos y Alejandro Guillier con 22,70%, y una abstención del 53.3%. Así Sebastián Piñera obtuvo una ventaja cercana al millón de votos (14%) y, en segunda vuelta obtuvo el 54.58% y Alejandro Guillier el 45.42%, una ventaja de 9% o de 600,000 votos, presumiéndose que se produjo un mandato claro y que habría un gobierno estable, fruto de la mayoría en dos vueltas. La abstención fue del 50.98%.

Sigamos con Costa Rica, donde participaron en primera vuelta el 4 de febrero de 2018, 6 candidatos presidenciales, resultando Fabricio Alvarado con 505,214 votos (24.91%) y Carlos Alvarado con 439,388 (21.66%), y una abstención del 35%. En la segunda vuelta, Carlos Alvarado obtuvo 1,322,908 votos (60.59%) y Fabricio Alvarado 839,092 (39.34%), una diferencia del 20%, de nuevo presumiéndose un gobierno estable en vista de una ventaja muy robusta.

Veamos ahora el caso de Colombia, que en primera vuelta el 27 de mayo de 2018 tuvo 7 candidatos, pasando a la segunda Iván Duque, 7,569,696 votos (39.14%) y Gustavo Petro con 4,851,254 (25.08%). En segunda vuelta, Iván Duque obtuvo 10,373,080 votos (53.98%) y Gustavo Petro 8,034,189 (41.81%), es decir, una ventaja de 12% o dos millones trescientos mil votos. Se trata de una representatividad aplastante para augurar un período presidencial estable. Pero se trata de un resultado curioso porque Iván Duque obtuvo en primera vuelta 14% ó 3 millones de votos por encima de quien resultó ser su contendiente en la segunda vuelta. ¿Merecía ir a segunda vuelta en estas circunstancias? ¿Lo merecía Sebastián Piñero? En ambos casos, es claro que jurídicamente estaban obligados a la segunda contienda, pero, la pregunta es ¿se justificaría en Honduras que un candidato presidencial que gana por 14 ó 20% tenga que ir a segunda ronda? Las elecciones son caras, en particular en países con apuros económicos.

En el caso de El Salvador, fueron a primera vuelta 8 partidos el 3 de febrero de 2019, obteniendo el Partido GANA 1,434,856 votos (53.10%), con una abstención del 48.12% y, obviamente, no fue legalmente necesaria la segunda vuelta.

En todos los casos citados, se auguraban gobiernos estables, pero no ha ocurrido así. La inestabilidad en Costa Rica, Colombia, Chile y El Salvador ha sido patente. Obviamente no se pueden meter todos en el mismo saco.

En cada uno de ellos hay causas endógenas y exógenas. Pero lo que hay que retener es que los gobiernos que resultan de una sola vuelta o de dos, no necesariamente aseguran gobiernos estables, aunque sean democráticos y representativos.

En el caso de Chile, realmente la convulsión social ha asumido dimensiones sin precedentes y, aunque no se reconozca oficialmente, ha habido mano de terrorismo exterior asociada con grupos antisistema en ese país; piénsese que la destrucción del 80% del metro de Santiago no es resultado de protestas pacíficas. La semana pasada, enmascarados incendiaron la Iglesia de la Asunción y la de San Francisco de Borja, conmemorando el aniversario de las protestas. Todo esto ocurre en el marco de la pandemia y de la puja en el plebiscito por redactar nueva Constitución.

En el caso de Colombia, es más visible la intervención extranjera, si se toma en cuenta la coordinación entre el remanente de la insurgencia armada y el régimen de Venezuela que durante 20 años ha apoyado a las guerrillas.

El caso de Costa Rica es más sorprendente, pues no se conocía que las fuerzas de seguridad anunciaran asonadas para derribar al gobierno. Aparte de los problemas internos de ese país, de orden económico e insatisfacción social, unido a la pandemia, desde el Comando Sur de los Estados Unidos han puesto la alerta que Costa Rica se ha convertido en ruta de estupefacientes venezolanos. En Honduras conocemos de primera mano los efectos destructivos del narcotráfico.

El caso de El Salvador es el producto de un fenómeno mediático que alcanzó la presidencia sin tener partido, logrando a última hora inscribirse en el partido GANA, ganando las elecciones en primera vuelta, pero sin representación significativa en la Asamblea Nacional y, en consecuencia, busca compensar esa ausencia apoyándose en las bayonetas de los militares, lo cual no es lo más recomendable, sobre todo en el primer año de gobierno. La situación social y política de El Salvador se ha visto fuertemente afectada por la pandemia. Recientemente el gobierno ha militarizado la frontera con Honduras, explicando que lo hace para evitar la entrada por puntos ciegos de habitantes desde Honduras, por el peligro del COVID-19. Los municipios salvadoreños fronterizos han denunciado acremente esa militarización.

En Honduras deberíamos tomar en cuenta que se haría un mal servicio a la democracia si una hipotética segunda vuelta descalificara una ventaja del 14 ó 20% sobre el contendiente inmediato, como en los casos de Chile y de Colombia. Otro aspecto a considerar es el de la proliferación de partidos, en los que con frecuencia surgen candidatos improvisados, que estructuran alianzas a cualquier precio para una elección y luego desaparecen, dejando un vacío institucional. El pluripartidismo fomenta las reformas a la segunda vuelta, pues están convencidos que no tienen ninguna oportunidad electoral en la primera.

Creo que el régimen bipartidista, donde se gana por mayoría simple, ofrece una respuesta más institucional que la improvisación, el oportunismo y la falta de coherencia entre multitud de partidos en alianza que en común no tienen más afinidad que disfrutar de una cuota de poder. Sus propuestas suelen ser irresponsables, pues terminada la elección, desaparecen sin dejar rastro.

La segunda vuelta es un tema delicado y debería considerarse sin apasionamiento. En Estados Unidos de América, que es uno de los modelos más representativos de democracia no hay segunda vuelta.