Por: Mario Hernán Ramírez
Presidente Vitalicio Consejo Hondureño de la Cultura Juan Ramón Molina.
“Bella, indolente y garrida, Tegucigalpa allí asoma como un nido de paloma en una rama florida…”.
Cuando asomamos al mundo hace cerca de noventa años, vimos el cielo azul y la radiante luz del sol que ilumina Tegucigalpa, parece que elevamos una plegaria al Creador por habernos regalado como cuna esta capital, cuya población por entonces a comienzos de la década de los treinta de la pasada centuria, a lo mejor ya apostaba a los 50 mil habitantes, por supuesto, con su gemela Comayagüela, juntas.
Tegucigalpa se presentaba ante los ojos del mundo como una ciudad modelo, ya que su tranquilidad y hospitalidad de sus habitantes era admirada por cualquier foráneo que la visitaba; su clima exquisitamente bondadoso y su agua procedente de El Picacho, posiblemente la mejor del mundo, porque, para entonces, no se utilizaban químicos de ninguna naturaleza para purificarla, ya que sus vertientes estaban protegidas por los enormes árboles de pino, roble, encino, grevilleas, cipreses, caobas, cedro y hasta guayabos que abundaban por los cuatro puntos cardinales de la ciudad, siendo la zona de El Picacho la más afortunada en este campo, de tal forma que en 1945 se inauguró en la cima del mismo el parque de las Naciones Unidas, participando así en las celebraciones de la creación de esta organización que para entonces tomó fuerza en la ciudad de Nueva York.
Y así, continuó creciendo Tegucigalpa, hasta llegar al año 2020 en que su crecimiento poblacional y demográfico es sencillamente impresionante, ya que cálculos a groso modo establecen que su población anda cerca de los dos millones de habitantes, con más de dos mil barrios y colonias que conforman su geografía; sin embargo, a la par de este desbordamiento, producto de su desarrollo y embellecimiento físico, lamentamos profundamente el deterioro manifiesto del ecosistema, ya que, en este descomunal desarrollo ha crecido enormemente el parque vehicular y son notorias la gran cantidad de fábricas de diferente naturaleza que también contribuyen a este deterioro, sobresaliendo la tala inmisericorde y los incendios forestales que anualmente minan su medio ambiente, sin que halla poder humano que detenga esta feroz e insidiosa mala costumbre que durante las últimas décadas nos ha flagelado terriblemente a los capitalinos, con consecuencias tan graves como el desaparecimiento caudaloso de los ríos que la cruzan, convertidos en la estación seca en verdaderas “quebradas” que lastiman el corazón y la mente, ya que las riberas de estos afluentes también han sido deterioradas con la tala y el robo de las piedras naturales que contribuyen a la conservación de los caudales acuíferos.
Sin embargo, no todo está perdido, y este año, año de gracia, nos ha llenado de optimismo, alegría y fe, una ciudad que posiblemente retorne por los fueros de antaño, pues, algunas instituciones poderosas económicamente y la comunidad internacional, a través de la cooperación, sobre todo de Alemania, nos han brindado las mejores perspectivas para creer que Tegucigalpa volverá muy pronto a reverdecer. Veamos porqué:
“Banco Ficohsa y Larach & Cía., dos empresas socialmente responsables, anunciaron recientemente en este mismo rotativo el gigantesco proyecto de reforestación con el que apoyarán a la zona de Cofradía, en el Parque Nacional La Tigra, actividad donde se espera como meta plantar 10 mil árboles a través de la participación virtual de todos los hondureños, por medio de una campaña de recolección de likes en la página de Facebook de Larach & Cía., en combinación con la organización Amitigra de quien se recibió un taller de concientización sobe la importancia del cuidado de los bosques…”.
Simultáneamente en el mismo rotativo, a grandes titulares aparece otra reconfortante información la que reza de la siguiente forma:
“…Alemania impulsa proyecto “Una ciudad verde” en la capital. Con el apoyo de la embajada de Alemania a la alcaldía del municipio del Distrito Central, se impulsa el proyecto “Una ciudad verde”, que consiste en plantar dos mil árboles en un área urbana de la capital. Se trata de una apuesta de Alemania, en su cooperación bilateral de casi 60 años en Honduras en materias de la protección del medio ambiente y adaptación al cambio climático…”.
Con estas dos halagüeñas noticias los que hemos sembrado nuestro ombligo en esta floreciente comunidad, además de sentirnos sumamente agradecidos, nos complace que haya instituciones y países amigos interesados en la suerte de una capital que está cumpliendo 140 años de subsistencia y como tal debe protegerse desde todos los ángulos de su composición geográfica.
Vale la pena recordar que para que este gigantesco proyecto prospere y veamos a corto y mediano plazo sus resultados, tienen que mancomunar esfuerzos instituciones del Estado como la propia Alcaldía Municipal, el Instituto Hondureño de Reforestación, el benemérito Cuerpo de Bomberos, el SANAA, la ENEE, Policía Nacional, Fuerzas Armadas y otros organismos con capacidad de protección y solidaridad con la población a la cual están ineludiblemente obligados a servir y proteger, porque, independientemente de lo anterior debemos recordar que detrás de todo esto hay poderosos tentáculos criminales que en lugar de construir, destruyen todo lo que bondadosamente nos regala la naturaleza, protegen las autoridades y los pobladores, todos estamos en la obligación, más bien como un deber patriótico de cuidar celosamente esto que tanto dinero y esfuerzo está costando a quienes lo impulsan y a quienes también debemos felicitar y apoyar porque esta monumental obra en favor de la capital se lleve a feliz término.