COMPORTAMIENTO ELECTORAL

NO hay forma de entender el comportamiento electoral en las naciones latinoamericanas y el Caribe sin profundizar en las enraizadas causas de la dependencia. Escudriñar la histórica supeditación de vastos sectores poblacionales al paternalismo estatal y a las dádivas gubernamentales. No se pueden analizar patrones de conducta de las sociedades tercermundistas, partiendo de paradigmas solo aplicables a las naciones desarrolladas. Con raras excepciones, –y las hay en distintos grados y tonalidades– el conjunto latinoamericano evidencia un atraso estructural, una debilidad sistémica institucional y una inveterada carga de pobreza endémica. La inequidad no es desigualdad de proporciones tolerables como sucede en las grandes economías de la abundancia. Más bien es un mal insoportable, de abismales asimetrías.

Los pueblos, por lo general, actúan más en consonancia a sentimientos, impulsos y emociones –reaccionando a esos factores– que influenciado por la lógica del raciocinio. Los mueve aquello que responda mayormente a sus instintos primarios y a sus necesidades básicas. Se identifica con el simpático y el amable no el antipático y amargado. Con quien le genere esperanza no al que asocie con sus males y sus tristezas. Prefiere al que le da, o aparente que puede darle. No a quien percibe que va a quitarle, aun bajo el supuesto que lo hace por su propio bien. Juzga aborrecibles los programas de ajuste del Fondo Monetario. Detesta que le exijan más sacrificio. Y no hay gobierno bueno a menos que sea generoso y benefactor. Poco entiende de teorías macroeconómicas y bastante de las microesencialidades atinentes al estómago y a los apremios. Las observaciones anteriores son valiosas a la interpretación del caso boliviano. Pero igual aplican a otros del entorno regional. El prolongado interinato, el desgaste por el desastroso desempeño y manejo de la pandemia, hizo a muchos electores –indecisos varios hasta el último momento– recordar los tiempos de la bonanza económica y de la redistribución. Cuando había qué repartir por los buenos precios del gas y de otros recursos minerales. Sopesaron –con todo y la corrupción atribuible al pasado y al presente– que comparada a la calamidad de hoy su situación antes era mejor. Durante estuvo Evo. Obvio contrastar lo duro de la realidad actual, a los obsequios, los subsidios, las ayudas recibidas a lo largo de esos años. Además, un toque de personalidad. Lucho y David, lucen simpáticos.

A Mesa –bastante subidito y de apariencia enojada– no le perdonan que cuando tuvo el poder renunció. Poca entereza y persistencia si el bullicio de una escaramuza le sacó barajustada. Quizás si la elección hubiese sido unas semanas después, al fragor de la escandalosa salida de Evo cuando cayó, la psiquis en la sociedad, bajo el liderazgo de una oposición unida, hubiese dado un desenlace distinto. Pero la oposición dejó que se le escurriera de las manos una de esas oportunidades que raras veces se presentan. Ahora, toca al nuevo gobierno lidiar con una sociedad muy dividida. Obligado no a la revancha sino a la reconciliación. A lidiar con la crisis gigantesca que dejará la peste, ya sin recursos frescos y abundantes que repartir. Parecido a lo que nos espera aquí en el patio doméstico. Con la economía colapsada, los ingresos familiares consumidos y cientos de miles buscando trabajos que dependen de un pronto restablecimiento. Y de la readaptación a una nueva normalidad. Sin la válvula de escape a la desocupación –por la vía migratoria– que había antes. Las olas migratorias no se dan porque los peregrinos quieren ir a aprender inglés, sino porque en un ambiente de carencias, en un clima de zozobra, la necesidad obliga. Todo lo anterior, son ingredientes de un caldo en ebullición en este proceso electoral.