Quiero contarles una anécdota; es una historia de la vida real. Cuando mi hermano menor tendría unos cinco añitos, a mi casa llegó un periquito pichón; no recuerdo a quien se lo regalaron, era de esos pequeñitos, completamente verde. Lógicamente el más encantado con su llegada era mi hermanito. Se le compró al ave una jaula, comida, y todo lo necesario para una “agradable estadía” sin embargo, no podíamos ponernos de acuerdo acerca del nombre que tendría, había tantas opciones, pero ninguna podía convencernos. Un día, mientras todos estábamos en nuestros propios asuntos, se escucharon unos gritos de terror desde el patio de nuestra casa; era llanto y alarido a la vez, mi hermanito estaba colapsando, todos corrimos a lo que nuestras fuerzas nos daban para descubrir que producía esa reacción en él, en el camino lo encontramos a él, que venía corriendo hacia nosotros con el periquito en sus manos; el animalito venía con el piquito abierto y sus patas hacia arriba, estaba helado y duro como una piedra.
Mi mamá le preguntó nerviosa a mi hermano qué había pasado, él le dijo que sacó al perico de la jaula para darle de beber agua en la pila, luego se le ocurrió la brillante idea que probablemente querría bañarse y nadar un rato, así que lo metió totalmente al agua; cuando lo vio chapotear, su infantil deducción le dijo que se estaba divirtiendo a lo grande, así que lo dejó un rato para que disfrutara mientras él se ponía a jugar. Cuando recordó a su amiguito nadador, se asomó a la pila y lo vio flotando con las patitas hacia arriba, asustado lo sacó e intentó reanimarlo, pero el pobre animalito no dijo ni pío. Allí fue que comenzó el concierto de gritos y lamentos que nos había desconcertado a todos.
Mi mamá tomó al pajarito e intentó hacerlo reaccionar sacudiéndolo y procurando que sacara el agua que pudo haber ingerido, pero nada paso, eran momentos de tensión familiar, cuando mi mamá decía: “no reacciona” inmediatamente se escuchaba un grito infantil de angustia: “¡Aaaaaaay, es mi culpa!”, mi mamá no se daría por vencida tan fácilmente, dijo: “tráiganme una toalla” alguien corrió y la trajo, ella encendió el horno de la estufa a una temperatura baja y metió al perico envuelto dentro, todos observábamos expectantes… cuando ella calculó que era suficiente tiempo, lo sacó; pero el ave seguía inmóvil.
De nuevo escuchamos el pavoroso grito: ¡Aaaaaay, es mi culpa! El corazón de mi mamá se partía en dos; no solo por la mascota, si no por ver que a su bebé ya le daba un “paro cardíaco” literalmente, el se tiraba a una silla y ponía su manita en el corazón mientras gritaba. Mi mamá ordenó: “tráiganme la secadora de pelo” uno de los ayudantes corrió a traer el nuevo encargo, ella comenzó a aplicarle calor y a estimularlo con pequeños masajes, de pronto, el periquito comenzó a mover un dedo, luego dos y así fue incorporándose poco a poco; no tengo que decirles que cuando el pequeño culpable escuchó la noticia, de un brinco fue a ver a su víctima de cerca, ahora había una gran sonrisa en la cara de mi hermanito, estaba todavía enrojecido de la tremenda llorada que había dado, pero se notaba que no solo al ave le había vuelto el alma al cuerpo. Cuando el periquito ya estaba repuesto, mi hermano lo tomo cuidadosamente entre sus manitas y dijo: “¡ya se como se va a llamar! … ¡Lázaro! todos asentimos con la cabeza mientras reíamos nerviosamente después de semejante escena. El periquito (Lázaro) fue puesto nuevamente en sus “aposentos” y vivió allí hasta que nos dejó por muerte natural.
Ahora que soy adulta, tengo mi propio criterio acerca de las mascotas y su ambiente, para comenzar, esa pequeña avecilla, nunca debió haber llegado a nuestra casa y mucho menos pasar su vida encerrada, pero bueno, eso es un tema aparte.
Cuando recuerdo este episodio que les conté, no dejo de pensar en todos aquellos que han caído en las manos equivocadas y que, sin mala intención, los han sumergido en ambientes y ocupaciones que no eran las que estaban reservadas para ellos de acuerdo a sus características naturales. Pienso en los niños que nacen con talentos artísticos extraordinarios y que una sociedad, familia, amigos, etc. Los orillan a vivir una vida y experiencias asfixiantes que los condenan a una existencia tras las rejas de: “lo apropiado, lo común, lo lógico” o incluso “lo que te dará de comer” ¡pobres “Lazaros” nacidos para volar y revolotear por los cielos… que, aunque sus cuerpos físicos estén con vida, perdieron sus almas de artistas.