MIENTRAS estos pintorescos paisajes acabados luchan como gato panza arriba por defenderse de los crueles zarpazos de la peste, los entes internacionales sanitarios y financieras, salvo contadísimas excepciones, siguen bajo los efectos de la anestesia. No reaccionaron. No han podido responder sino con lentitud e insuficiencia al gigantesco tamaño de la crisis que le cayó al mundo encima. El sistema multilateral, todavía ahora después de varios meses transcurridos de la emergencia, que ya ratos debió despabilarse, sigue impávido. Impactado por el susto inicial pareciera no salir del azoro. Paralizado, como venado en la noche que, al cruzar la carretera que atraviesa el espeso bosque, de pronto se ve alumbrado por los focos de un carro y, cegado por las luces, se queda inmóvil a medio camino sin saber para dónde agarrar. Allí sigue acurrucado. Con las palmas de las manos juntas, en resignación cristiana, implorando al cielo misericordia divina. Nada reprochable, si las oraciones de fe siempre son elixir para el espíritu en momentos de tribulación.
Pero ya es tiempo que debieron ir más allá. De las palabras a las acciones concretas. De los presagios apocalípticos a las soluciones viables. La pandemia del coronavirus –acaba de decir la búlgara directora gerente del FMI en vísperas de otra tertulia programada con el G-20– ha puesto al mundo “patas arriba” con la pérdida de más de un millón de vidas y un impacto económico tan profundo en los países de bajos ingresos que “nos enfrentamos al riesgo de una ‘generación perdida’”. Sí, ello es así. Pero el trance no empezó con la pandemia. La peste solo lo agudizó. En la medida que metieron retroceso a la globalización, cada cual a refugiarse en su cueva, desataron la tendencia aislacionista. Las superpotencias –enfrascadas en otra guerra fría– solo han acentuado la carencia de solidaridad. La ausencia de cooperación internacional, en el penoso momento cuando más era necesaria. Cuanto menos correspondencia haya, mayor la soledad del sálvense quien pueda. Cada cual a la mano de Dios. En esta sequía de recursos, menos mal que el nivel de ingresos en concepto de remesas familiares no ha disminuido. De parte de los peregrinos que –por tragedias y siniestros domésticos o falta de oportunidades– se fueron en migraciones anteriores. Antes que colocaran los muros, los candados, las amenazas y las sanciones para trancarles el paso. Pese a las tremendas adversidades que afligen a nuestros compatriotas en el exterior.
Consecuencia de la contracción económica ocasionada por la pandemia y el efecto negativo que ello tiene en los trabajos como en la seguridad del empleo y su permanencia. Pese a la persecución de la autoridad migratoria. Al hostigamiento que sufren por las nuevas políticas inmigratorias. Resistiendo, con el alma en la mano, la terminación, la suspensión y la abolición de los programas de protección que antes les garantizaban sustento. Nuestros connacionales no han dejado de enviar a sus familiares la cuota mensual acostumbrada. Retomando lo del “patas arriba”, nada que no se supiera ha dicho la búlgara del FMI. Nada más que la pandemia solo vino a darle otra vuelta de carnero a algo que ya estaba patas arriba. Enderezarse requerirá más que la titánica tarea de lidiar con lo que se vino abajo. Darse vuelta, pararse, poniendo los pies en la tierra, precisa de franco reconocimiento y de pronta corrección de lo que estaba mal desde el principio.