“Un millón de muertos”

“Un millón de muertos”, Cnel. (R) FAH
Francisco Zepeda Andino

No es una referencia al libro de José María Gironella, relato a veces crudo de la guerra civil española, abarcando ambos puntos de vista, el republicano y militar-nacionalista, desde sus perspectivas sociales, militares y políticas.
Si no fuese verdad, parecería un cuento de ficción y terror que alguien, hombre o mujer, haya sido responsable eventualmente del fallecimiento de más de un millón de seres humanos a nivel mundial en el transcurso del 2020. Eso es lo ocurrido con el/la paciente cero, en la ciudad china Wuhan. La pandemia Covid-19 no se inició con un ataque masivo a personas. Tiene que haber habido un solo ser con su enfermedad, desencadenando la contaminación a sus familiares, clientes, amigos o desconocidos. Pero la presencia de un/a paciente cero es innegable.

Si Covid-19 hubiera surgido hace 100 años como la gripe española, la velocidad en la cadena de contagio habría sido menor. El transporte aéreo, invención que revolucionó muchos aspectos de la humanidad, en esta ocasión se convierte en su peor enemigo. Ciudadanos chinos o extranjeros, llevando con ellos el virus, se desplazan al interior y exterior vía aérea o terrestre, diseminando la pandemia que no es reconocida como tal por la OMS en su etapa inicial.

La República Popular China, con el característico régimen restrictivo de libertades, comunes en otras naciones, por orgullo nacional, economía o geopolítica, no hace pública la amenaza que se cierne sobre el mundo y la gravedad implícita. Es hasta días después, en Europa, al empezar a morir rápidamente personas en su mayoría de edad avanzada, que las alarmas se encienden al nivel mundial. No podremos olvidar tan pronto las imagines de camiones militares en convoy transportando los ataúdes para ser cremados en otras ciudades fuera de Bérgamo, Italia.

Tampoco se tenía conciencia sobre la peligrosidad del virus para el personal médico atendiendo a los enfermos. Así, fueron miles de doctores, enfermeras, personal auxiliar u otros sectores fallecidos en la primera línea de combate. Para todos ellos, el reconocimiento y gratitud eternos. A sus familiares, nuestro Padre Celestial les conforte y dé resignación.

No hace falta resaltar que naciones altamente desarrolladas, con sistemas de salud modernos, flamantes facilidades y personal adecuado se vieron sobrepasadas en algún momento. La poderosa democracia mundial, Estados Unidos de América, ha soportado ya más de 200.000 fallecidos, cifra impensable bajo cualquier punto de vista. Países tercermundistas como Honduras tuvimos un reto enorme, desafiando inclusive, la estabilidad y paz social del país. Las medidas restrictivas de movilidad, reunión y trabajo, sometieron a grandes segmentos poblacionales al peligro del hambre o pobreza y si no hubiesen existido medidas como la entrega de alimentos básicos en áreas urbanas, pudimos haber sufrido una coyuntura inmanejable.

Nadie ignora la calamitosa situación del sistema de salud hondureño desde hace muchos años, aquejado por la corrupción, saqueo interno y negligencia, hacía prever una catástrofe. Perder una sola vida hondureña es lamentable y no digamos más de 2,000. Se evitó alcanzar niveles trágicos como en otras naciones con medidas recias aun cuando representaron un fuerte golpe a la economía familiar y nacional.

El cáncer de la corrupción pudo atacar el tejido social nacional en la emergencia sanitaria. Entendemos que hay varios procesos judiciales en curso para castigar los culpables. No obstante, “la justicia se administra en los tribunales y no en la calle o medios de comunicación”.

Todavía no hemos salido de la crisis. Si existiera una segunda oleada, no podemos cometer el error de cerrar los espacios económicos conquistados. Lo que se debe hacer es tener la consistencia legal, operativa y rigurosidad para castigar a los infractores del uso de mascarillas, guardar el distanciamiento social necesario, aplicación de gel, circular en los días autorizados y cualquier otra medida recomendada por quienes conocen el tema. Dios guarde a Honduras.

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