Pasado, amarguras y reclamos

Juan Ramon Martínez

No es fácil entender el pasado. Y más, utilizarlo para explicar el presente y desde allí, prefigurar el futuro. Menos si la amargura lo orienta; lo acompaña la incultura y se hace sin el instrumental requerido. Por ejemplo, no toda la documentación del pasado es legítima; ni confiable. Ni todas las opiniones de los protagonistas, están fuera de duda. Las Casas –hombre bueno, que buscaba lo mejor para los indígenas–, por defenderlos, atropelló la verdad. Y, es responsable, por alentar la esclavitud africana. Para defender al indio de la explotación de los encomenderos, recomendó la esclavitud africana. Y él mismo, fue dueño de esclavos. Pero es que las cosas, hay que juzgarlas con los conceptos de su tiempo, de forma que descalificarlo, es una forma injusta de entender los hechos del pasado.

La conquista misma no puede ser analizada con los criterios morales y éticos del presente. Todas las conquistas –desde las que se hicieron en los primeros imperios que han existido en la humanidad– han sido actos de fuerza, ejercicio de violencia. Desde las acciones de Atila, para poner un punto de partida: la expansión del imperio romano, las invasiones de los árabes en contra de España, las colonizaciones belgas, francesas, alemanas, italianas e inglesas en África, la anexión de Centroamérica a México, han sido actos de violencia –Filísola invadió Centroamérica, integrándola al imperio de Iturbide–, en que, los fuertes, se impusieron sobre los débiles. Claro, unas conquistas fueron más violentas que otras. Y de consiguiente, su análisis tiene que hacerse, no con los mismos criterios, olvidando las circunstancias con que se manejaron, valorando los resultados y el uso que se hace de las lecciones aprendidas, para con ellas, mejorar el presente que nos ayude a proyectar en el futuro, un estado de bienestar y respeto para todos.

La conquista española es fácil satanizarla. La leyenda negra fue alimentada por ingleses y franceses, no para defender a los nativos, sino que para disputar los territorios conquistados. Los emigrantes europeos: alemanes reformistas, ingleses marginales, produjeron los Estados Unidos, exterminando a los indígenas; menospreciando a los negros y rechazando, ahora, a los pobres que pretenden establecerse allí, en la misma forma que lo hicieron los primeros blancos que buscaban el ejercicio de la libertad religiosa. A España no se le puede juzgar con los mismos criterios. Incluso en el caso de la conquista de México, estudios modernos establecen que la conquista, no fue tal, sino que el aprovechamiento de la “guerra civil” entre las facciones indígenas que, dominaban a su territorio y que explotaban ferozmente a sus adversarios. Cortés utilizó el poder de unos, para derrotar a los otros.

España, después de 1492 se encontró con un imperio y unas tareas para las que no estaba preparada. Sobre la marcha, forzó su integración apresuradamente. Y emprendió, la misión civilizadora que nos dio el cristianismo, el español, un mundo nuevo. Desarrolló visiones y conceptos ejemplares. Richard Moore, en “El espejo de Próspero”, estudia lo que llama la “dialéctica del Nuevo Mundo”, diferenciando la cultura sajona y la ibérica que, echaron las bases del nuevo mundo. “La autoridad fundadora fue Tomás de Aquino, a través de la reelaboración efectuada por los neoclásicos españoles, en especial Francisco Suárez”. España no destruyó para construir. Nuestros antepasados eran españoles y los indígenas fueron defendidos en sus derechos. Las Casas es un ejemplo. Los criollos descuidando su aplicación, favorecieron el caudillismo patrimonial que nos mantiene paralizados.

Usar la amargura y el rencor, para explicar los problemas actuales de España, –con total ignorancia, y olvidando la forma cómo en Estados Unidos se trata a nuestros compatriotas–,  es una forma impropia de enjuiciar los hechos del pasado. La obra de España, con todo y sus fallas es ejemplar, desde las circunstancias que enfrentaron, porque nos dio una cultura que no hemos terminado de desarrollar. Sin sus acciones, posiblemente los Estados Unidos, –como presagiaba Marx–, hubiese exterminado a la población indígena que los españoles protegieron y vía el mestizaje, crearon un continente que, por momentos, fue el de la esperanza.

Exigir disculpas, al Rey de España, al Papa, o a López Obrador, no tiene sentido. Porque si de reclamos se trata, pocos tienen las manos limpias. Muchos en el presente, hacen lo que critican en el pasado.