Por: Héctor A. Martínez
(Sociólogo)
¿Cuál debería ser la postura de un escritor frente a los desmanes e irregularidades cometidos por el poder político: la indulgencia, la apología o la denuncia? Con gobiernos y sistemas institucionales cada vez más concentradores y autoritarios, los intelectuales se encuentran frente a la disyuntiva de convertirse en herejes o en apologistas de los gobiernos, dependiendo de la solidez de su ética y el arrojo para denunciar los desmanes cometidos por el poder.
La historia reciente registra una amplísima lista de escritores que blandieron el sable de la crítica en contra de regímenes despóticos: desde Alexander Solzhenitsyn en la antigua Unión Soviética, hasta Czeslaw Milosz, cuya poesía permaneció proscrita de las universidades polacas durante los tiempos de la Guerra Fría. De mis preferidos latinoamericanos: Guillermo Cabrera Infante, intransigente adversario del régimen castrista; y los poetas Virgilio Piñera y José Lezama Lima, los dos últimos penalizados con el ostracismo institucional, -el peor de los castigos para un intelectual disidente-, por su tendencia homosexual, un pecado imperdonable para los barbudos de la inquisición revolucionaria. Desde luego, las cosas han cambiado ostensiblemente en Cuba.
Detallar las circunstancias de la inconformidad intelectual, requeriría un voluminoso florilegio para ser registrado en varios tomos. Por inconforme entendemos, no el apóstata que provoca con sus escritos el vandalismo en las calles, sino a los libertarios como Voltaire, que, a diferencia de Danton y Robespierre, apelaba más al razonamiento que a la violencia institucionalizada. Su pluma lanzaba sin piedad los obuses contra el sistema, en una época donde la iglesia lo abarcaba cada todo, asfixiando las libertades más fundamentales del individuo, mientras la nobleza disfrutaba de una vida regalada auspiciada por la ideología de la ascendencia divina.
Creo que la concienzuda discrepancia del escritor debe ser un ejercicio permanente y consecuente, como decían los izquierdistas de antaño, no por vanidad, sino porque la interpelación destapa los subterfugios que suelen engañar al público. Se ejerce con la intención de fortalecer la democracia y mostrarle al público un panorama muy diferente al que, de manera incompleta nos ofrecen los discursos oficialistas. El escritor no puede permanecer enmudecido frente a la injusticia y los excesos de los gobernantes, porque, de otra manera, los sistemas políticos permanecerían petrificados en el tiempo, con gobiernos más preocupados por aferrarse al poder que por el bienestar de los ciudadanos. En cada escritor pervive el apologista, el decorador y el disidente con causa. Los dos primeros pertenecen al mismo género. Hay obras que son verdaderas lisonjas literarias, mientras que otras transmiten un enredo filosófico para no despertar la malquerencia colectiva hacia el poder. El tercer caso es el del arquitecto de la palabra; el que reuniendo las piezas de la verdad escindida, acopla los fragmentos desperdigados para presentar un acabado muy diferente a la “verdad” oficialista.
Desde luego que muchos de los escritos no obedecen a otra línea que no sea la incondicionalidad y la fidelidad, a cambio del reconocimiento y los laureles otorgados por el soberano. Porque resulta más cómodo y seguro rubricar los pensamientos bajo los auspicios del poder que disparar las puyas satíricas o los razonamientos concienzudos que desnudan los designios absolutistas de un soberano. Pero ya no se trataría de un intelectual ni de un analista de las ciencias humanas, sino de un hincha, un militante o un apologista del zar. Torcido de esta manera, el arte cede a la política partidista, y los escritos se convierten en tristes alabanzas rastreras que desdibujan el “ethos” del escritor. Al final, la condena para el intelectual que recurre al encomio o al maquillaje a favor del poder, es la desconfianza y la eterna sospecha que siembra entre sus admiradores y colegas.