FÍJENSE en lo que sucede en el vecindario, para que aquí ni se les ocurra estropear el proceso electoral. Esta es la única luz de esperanza democrática que le queda al amable público para hacer cambios en paz y salir de las crisis. La vaina es que el nuevo escenario político que comienza a correr, a partir de la convocatoria a elecciones primarias e internas, está atestado de los mismos actores que ya tuvieron al país en alas de cucaracha. La fe no se pierde –por sus obras los conoceréis– que algo hayan cambiado, con espíritu de superar las malas prácticas y los mismos nocivos resabios que han tenido a la nación al borde del despeñadero. El caso venezolano es la nítida fotografía de una tragedia inacabable que se agudiza con cada acto desfachatado del gobierno autoritario. Los sufridos venezolanos parecieran no tener escapatoria; hasta que salga la autocracia enclaustrada como pertinaz condena, o termine acabando con lo poco que les queda de país.
Sin embargo hay otros dos lugares amenazados con el doble zarpazo de la crisis sanitaria y económica, consecuencia de la peste, y de una crisis política amagando destartalar el endeble sistema político que los cobija. Bolivia, a partir que despacharon al jefe autóctono –que con trampa intentaba perpetuarse– no sale de su calvario. El gobierno de transición dos veces ha pospuesto la fecha prevista para nuevas elecciones, pretextando la pandemia. Por las vísperas tampoco el conflicto quedará dilucidado para cuando finalmente concurran a comicios. El candidato de MAS (el partido del que corrieron) o el opositor Mesa –que hace años sustituyó al depuesto Sánchez de Lozada, renunció al cargo acorralado por los cortes de carretera, y pavimentó el asenso de Evo al poder– quedarían en primero y segundo lugar. Sin la diferencia legal requerida para imponerse en la primer tanda, ambos disputarían el balotaje. Probable que en el repechaje los dispersos partidos eliminados se hagan un nudo votando contra quien más mal les caiga. Así que el escritor y periodista que años atrás colgó los guantes asediado por las trancas y cortes de carretera de Evo, posiblemente regrese. Aunque a un escenario parecido al que dejó, cuando los cocaleros, en las calles, le hagan la vida a cuadritos desestabilizando su gobierno. Perú es el segundo teatro de inestabilidad. Allá, como en otras partes, salpicados por escándalos, no hay presidente que les dure mucho tiempo.
Las coimas de Odebrech y Lava Jato pringan políticos y tumban gobiernos. El actual jefe de Estado peruano era el segundo abordo –becado en un cargo diplomático– hasta que renunció PPK (no la pistola alemana sino que Pedro Pablo Kuczynski, en prisión preventiva). Amparado en una súbita alza de popularidad, enfrentado a la malquerida clase política, disolvió el Congreso, como lo hizo Fujimori. Nada más que esta vez la caída de los legisladores fue motivo de celebración en las calles. Las elecciones presidenciales y legislativas están convocadas para abril del próximo año. El choque entre Legislativo y Ejecutivo se produjo en horas recientes cuando el Congreso aprobó someter a un juicio de destitución por «incapacidad moral» a Vizcarra. Ello ha desatado el bullicio sobre la intención del Congreso de dar un golpe de Estado. Mayor el ruido con la denuncia de un complot, por llamadas del jefe del Legislativo a los jefes militares para informarles sobre el proceso seguido al mandatario. Eso sucede allá. Ojalá acá nadie esté queriendo complotar contra el proceso electoral.