José Zelaya (Tegucigalpa, 1998). Ha sido ganador de diversos concursos a nivel nacional e internacional bajo el género literario del microrrelato. Ha publicado sus textos en revistas en Guatemala, El Salvador, Argentina, España y México. Es miembro en representación de Honduras en el Colectivo Internacional “Minificcionistas pandémicos”, grupo de escritores integrado por los países de: Venezuela, España, Estados Unidos, México, Colombia, Nicaragua, Panamá, Chile, Argentina, Marruecos, Bolivia y Ecuador. Recientemente fue invitado a la lectura de uno de sus textos como apertura de bienvenida a un encuentro folclórico entre Honduras y Panamá por la Asociación Nacional de Voluntarios de Arte y la Cultura (ASOCIARTEHN). En agosto formará parte del “Festival de las Culturas 2020” organizado por la UNAH.
Reclusión
Las voces que provienen de la calle. Me producen un sentimiento pávido muy similar a la angustia.
La soledad de la noche es infinitamente silenciosa. La puesta del sol se ha desvanecido bajo el horizonte perdido en la desgracia. Solo el tiempo firmará mi sentencia. Descifrando el enigma que se disputa entre vida y muerte.
Muerte asintomática
Ricardo vivía en un barrio de Tegucigalpa junto a su esposa. Despertándose una mañana encendió la televisión deteniéndose en el canal de su preferencia. Presenció la ola de muertos que había dejado el vil asesino del oriente. Su estómago rugió como un león hambriento. Se dirigió a la cocina donde abrió el refrigerador con temor a no encontrar nada. En efecto, estaba vacía como su billetera.
Por la tarde, decidió cerrar la puerta de aquella oscura habitación color vino con franjas negras en el suelo. Tomó tres pastillas de “curar frijoles”. Teniendo así un descanso eterno. Este fue el resultado de dicha enfermedad de la cual nunca presentó síntomas.
Un juego irreparable
Tan solo era un niño ausente de amor que no entendía lo que sucedía.
Mi madre me decía que todo mejoraría que solo tenía que dejarme y no dolería. Mientras ella se alejaba de mí, en un cuarto oscuro, una sombra que nunca pude observar se acercó en silencio para atacar mi divina inocencia.
Sentía que ya no era un niño. Luego que todo terminaba, mi madre volvía llorando con dinero en su mano y expresaba “hijo hoy vamos a poder cenar”.
Amor prohibido
La sangre los unía por las venas de sus cuerpos. Se escondían en la tercera habitación de la casa por la noche. Su madre, al darse cuenta, los corrió de la casa por el acto tan abominable que los encontró haciendo.
La metiche
Un hombre sacaba las llaves del bolsillo. De frente forjaba el cerrojo de la puerta. De espalda al callejón entre las casas. Una mujer se le acercó y le dijo: “¿Ha perdido usted la cabeza?”. A lo que se dio la vuelta y respondió: “Sí, ¿me ayuda a buscarla? La dama se desplomó de un susto.