ANTES que la peste condenara al mundo entero al confinamiento, ya las potencias imperiales habían metido el cambio de retroceso a los procesos de integración. Los ingleses fueron los primeros con su BREXIT. Se zafaron del bloque compacto de mercados que tomó a Europa años construir. Bueno, todavía no han logrado salirse del todo. Siguen agarrados de las greñas el primer ministro británico con la autoridad de Bruselas, cada cual, esta mula es mi macho, enconchados en los términos de la salida definitiva. Los socios de la UE han amenazado llevar a Boris a las instancias judiciales. Los norteamericanos se sumaron a la procesión escapista. Denunciaron la OTAN, pretextando el monto de aportaciones de los demás socios al escudo estratégico de defensa. Salieron del Tratado de París del Cambio Climático. Anunciaron su retirada del Tratado de Cielos Abiertos arguyendo incumplimiento de Rusia. Igual, suspendieron por tiempo indeterminado el Tratado de Fuerzas Nucleares de Rango Intermedio firmado por Reagan y Gorbachov.
Rompieron los pactos nucleares con Irán. POTUS participó en varias cumbres de los países ricos donde prácticamente quedaron desintegrados antiguos compromisos, sobre distintos tópicos comunes, con sus aliados europeos. Abandona el “hipócrita y egoísta” Consejo de Derechos Humanos de la ONU cuando Venezuela logra infiltrarse en la dirección con votos de sus padrinos de otros gobiernos autoritarios y de los no alineados. Zarpan del WHO, la Organización Mundial de la Salud, acusándola de incompetente en el manejo de la pandemia y de parcialidad hacia los chinos. Aquí en la región, la misma tendencia regresiva. Lástima que, exceptuando al BCIE, la integración hoy es quimera. SICA apenas reúne cancilleres. Con poco seguimiento a los asuntos. No hay cumbres presidenciales. El bastón de la pro témpore se traspasa sin pena ni gloria. Creyendo ser harina de otro costal, los jefes de Estado del Triángulo Norte ni las caras se han visto. AMLO, temeroso de las sanciones arancelarias de POTUS convirtió el territorio mexicano en un muro impenetrable para atajar migrantes. A la SIECA mandaron al negociador del DR-CAFTA responsable de la ruina de las actividades del campo. Si eso así estaba antes que cayera la peste, ¿qué futuro depara, cada cual encerrado en sus linderos fronterizos, sin que nadie quiera extender al otro una mano piadosa de auxilio? Resignarse al instinto de subsistencia del sálvese quien pueda.
No hay duda de los efectos nocivos derivados de la involución en los cánones de cooperación que, hasta ahora, regían las relaciones internacionales. Pero a esa contagiosa estampida aislacionista se suma otra tóxica fatalidad. El comportamiento del sistema multilateral, diseñado para reaccionar a tragedias como estas, ha sido una vergüenza. La crisis sanitaria fue agudizada por fallas en los protocolos de la OMS de advertir a tiempo sobre la naturaleza contagiosa de la enfermedad. Tampoco los países más vulnerables recibieron los recursos suficientes ni las herramientas necesarias para lidiar adecuadamente con el flagelo. La pachorruda burocracia internacional, que debió dar urgente financiamiento, rescates y alivios, ha decepcionado. Reaccionando lenta, ineficaz y torpemente, sin creatividad alguna frente a la emergencia. Encusucados y sin reflejos. Encasillados en sus oxidados rituales. Son más los vaticinios apocalípticos que pregonan que acciones concretas para evitarlos. Poco de lo esperado ha llegado a estos pintorescos paisajes acabados. Cuando más abundante debió de ser la cooperación, más escasos los colaboradores.