DE LA PATRIA A LO AJENO

CREÍMOS que dos días seguidos defendiendo los símbolos nacionales de los trasteadores peleados con las metáforas utilizadas por los poetas era más que suficiente. De los hurgandillos ofendidos por el símil, como figura literaria, de la nieve con la blancura de la franja central de la bandera. De los indignados con la poesía figurativa –y esta es colaboración de un amigo comentando el editorial– dispuestos a quitar la nieve y colocar arena sobre los nacimientos y los árboles de Navidad. “Porque allá en Belén, según San Lucas, Jesús no nació en invierno, y la fecha de la Natividad bien pudo ser a inicios de la primavera o a mediados de otoño”. Aunque nada extraño ese pleito de las chatarras de los chats con la literatura, si pocos leen algo productivo; todo el día la pasan divagados en la superficialidad de su correspondencia. Sobre los “muertos” del himno, dijimos que obviamente alude a actos heroicos tributados a la patria. Se trata de lo más sublime que hondureño alguno pueda dar a su nación en momentos de peligro por agresión extranjera.

Creyendo haber dado lección suficiente a los metidos a trastocar versos, estábamos a punto de voltear la página, cuando entró otra reacción: “Bonito mensaje –escribe– aunque los tiempos han cambiado en el sentido que disputas por territorio con enemigos externos ya no existen”. Eso nos lleva a lo otro. Ojalá y así sea, y ni lo quiera la Virgen. Pero el amigo –socio contribuyente del club de las redes sociales–seguramente estará informado que el vecino nunca ha aceptado la sentencia de la Corte Internacional de Justicia reafirmando el derecho de Honduras a la línea de soberanía –partiendo de la bocana de Golfo–extendida a lo largo de las aguas del mar Pacífico. Incluso, ganosos de cambiar el cauce de los ríos tal como pretendieron hacerlo en el recurso de revisión; que La Haya declaró inadmisible, necean con apoderarse del islote Conejo, que es hondureño. Ahora bien, la alusión a lo extranjero, elevado a un sentido superior, más amplio, sobre lo que nos sucede. Ya no tanto a enemigos extranjeros sino a la influencia que lo ajeno ejerce sobre lo nacional. Tema propicio para este mes de la patria. Si allí, en esa dependencia, yace otro de los tremendos vacíos de identidad. En la triste falta de autoestima –que tantas veces hemos deplorado– cuando hasta la confianza hay que pedirla prestada afuera. Hay una especie de culto a lo extraño menospreciando lo doméstico. En demérito del talento nacional. De la capacidad y del recurso interno. De lo propio.

Nadie aquí es merecedor de confianza, y por ello los políticos estuvieron más de un año solicitando un árbitro extranjero para mediar en un diálogo, que a nada llegaron por desconfianza, sobre problemas solo atinentes al hondureño. ¿Cuánto hemos arado en el mar inútilmente queriendo alentar la sociedad a privilegiar lo hecho en casa? A preferir lo elaborado por manos hondureñas. A apoyar el trabajo de trabajadores hondureños. Sí, importar lo sumamente necesario, la materia prima, lo que aquí se carece, pero apreciar y escoger lo que el país genera. Ni en el sector público ni en el privado, hay conciencia. Ni siquiera solidaridad de muchos empresarios –lo que pueden traer del extranjero lo importan por ahorrarse centavos o al amparo de franquicias– desdeñando el fruto del sudor nacional. Las leyes tampoco protegen lo elaborado en el mercado doméstico. ¿Cuántas compras gubernamentales se hacen al exterior, de cosas que se encuentran en la localidad? En esa guerra de guerrillas atacando al enemigo, ni la producción del material utilizado es creatividad original; es copia, repetición, tomado de afuera. Como en el mes de la patria, el patriotismo se pone en boga, ¿no les parecería que de ahora en adelante –como diría Valle– la preocupación exclusiva de todos debiese ser demostrar mayor aprecio por lo que Honduras tiene?